Jesús, Lucifer y la arquitectura del sentido ante la tragedia
Frente a la crudeza de la realidad, el ser humano se aferra a explicaciones que le devuelvan estabilidad. La ciencia describe, pero no abraza. La lógica ordena, pero se quiebra ante el golpe inesperado. En ese instante surge la creencia mágica, no como negación del mundo, sino como primer auxilio del alma: un modo ancestral de tejer sentido donde solo quedan ruinas.
“Dios tiene un plan.”
“Jesús protege.”
“El mal viene de afuera.”
Estas frases no son dogmas: son vendajes. No buscan verdad, buscan supervivencia. Para no desintegrarse, la psique proyecta hacia afuera la causa del daño y hacia arriba la fuente del consuelo. Jesús y Lucifer se convierten así en los dos pilares de esta arquitectura de emergencia: uno concentra la promesa de orden, el otro explica el desorden.
Desde una lectura lacaniana, este gesto cumple la función del sinthome, ese punto de amarre simbólico que mantiene la estructura cohesionada cuando la tragedia afloja los nudos entre lo Real, lo Simbólico y lo Imaginario.
Es la férula que inmoviliza la fractura para que pueda comenzar a soldar.
Pero ninguna férula puede acompañarte para siempre. Con el tiempo, descubres que no puedes vivir indefinidamente en un mundo partido en blancos y negros. El consuelo inicial empieza a sentirse hueco. Las explicaciones simples tropiezan con la complejidad del dolor real. La vida, tarde o temprano, te presenta una herida que ninguna doctrina alivia por completo.
Entonces aparece una bifurcación:
quedarse en la seguridad infantil de la dicotomía,
o atravesar la angustia de una comprensión más profunda.
Es aquí donde los símbolos se abren. La oposición entre Jesús y Lucifer no es un mapa del cosmos; es un mapa del alma. La historia de las religiones lo confirma: esta división tajante fue tardía. En los primeros siglos del cristianismo, lucifer, “portador de luz” era un título que la tradición aplicaba también a Cristo, como aún conserva la Escritura al llamarlo “lucero de la mañana” (Ap 22:16). No había antagonismo, sino dos modulaciones de lo luminoso: una luz que acoge y una luz que desvela.
Y esta ambigüedad atraviesa a ambos. Jesús no es solo el consuelo; también es quien afirma no haber venido a traer paz sino espada, obligando a una ruptura interior. Y Lucifer, en ciertas tradiciones etíopes y gnósticas, no cae por maldad pura, sino por exceso de claridad o de amor.
La sombra, entonces, no nace del odio: nace del desbordamiento.
Cuando esto se hace carne, el relato deja de ser refugio y se vuelve taller.
La creencia mágica ya no protege: dialoga.
Ya no expulsa la sombra: la traduce.
A partir de aquí, los símbolos dejan de actuar como escudo y se vuelven herramientas para reconstruir la intimidad después del derrumbe. Ya no se trata de culpar a un demonio externo ni de esperar redención de un protector lejano, sino de integrar lo que antes parecía incompatible: fragilidad y fuerza, caída y luz, herida y sentido.
Jesús se convierte en la metáfora del gesto que abraza el dolor sin negarlo. Lucifer, en el símbolo del coraje de mirar lo que quema. Uno enseña el cuidado; el otro, la claridad. Ambos son modos de sostenerte en la intemperie.
La tragedia no se vence: se habita.
Y para habitarla sin desmoronarte, necesitas una simbología capaz de contener la paradoja de vivir. El sentido no nace de elegir entre la luz que consuela y la que revela, sino de aprender a sostenerlas juntas en el mismo espacio interior.
Allí, cuando la doble luz deja de asustar, comprendes que la verdadera fuerza no proviene de ser salvado por una claridad externa, sino de atreverte a producir significado desde tu propia herida. Jesús y Lucifer dejan entonces de señalar direcciones opuestas y comienzan a nombrar dos gestos complementarios de una misma operación del alma: el abrazo y la revelación, la ternura y la verdad.
Y entonces aparece lo esencial, con una nitidez que ninguna tragedia puede borrar: no se trata de quién salva o quién condena, sino de qué te permite seguir vivo por dentro. Allí, en esa doble luz, ya no pides ser salvado: pides seguir deseando desde el centro mismo de la caída.
Comments
Post a Comment