Cuando el Mundo Desparece.
¿En qué momento un objeto deja de operar como una pregunta y se convierte en un fantasma?
No es que el objeto desaparezca físicamente; es que deja de producir un efecto en nosotros. Sigue ahí, visible, pero ya no nos mira. Esto ocurre cuando una cosa o un símbolo se presentan como completamente conocidos, cuando se cree que ya se sabe todo de ellos. El aburrimiento no aparece por falta de presencia, sino por exceso de certeza. El objeto deja de interrogar porque ha sido reducido a un significado.
El problema de nuestra época no es la ausencia de sentido, sino su saturación.
Todo está ya dicho.
Todo explicado.
El mundo se ha vuelto un sistema de instrucciones que se acatan o se ignoran. Todo funciona, pero nada nos toca como individuos. Participamos como actores en una obra repetida hasta el cansancio, mientras el lugar donde algo de nosotros podría aparecer queda fuera de escena. No actuamos. Somos movidos.
Un objeto solo opera verdaderamente en quien lo recibe mientras mantiene abierta una distancia, una separación mínima entre lo que se muestra y lo que se cree que significa. Cuando esa distancia se cierra, cuando el objeto se vuelve transparente, deja de exigir una lectura. Ya no hay nada que mirar, porque se supone que todo está visto.
Cuando significante y significado coinciden demasiado bien, el par se sutura y el espacio del deseo, entendido como el movimiento del sujeto para producir sentido, desaparece. Nada queda por añadir desde el sujeto, porque todo parece ya dado.
Necesidad, demanda y deseo
Para precisar esta lógica conviene retomar la distinción de Lacan entre tres registros que no se superponen, aunque a menudo se confundan, y que organizan el movimiento del ser humano en su relación con el mundo y con los otros.
- La necesidad responde a una exigencia biológica o funcional. Su circuito es cerrado. Se actúa para restablecer un equilibrio y, una vez satisfecha, la necesidad se extingue sin dejar resto. No interpela a nadie ni implica al Otro.
- La demanda introduce al Otro. Puede formularse como un pedido concreto o aparecer disfrazada bajo múltiples formas, pero siempre dice más de lo que enuncia. En un síntoma, por ejemplo, la demanda se encarna como una pregunta o una exigencia dirigida al Otro: ¿me quieres?, ¿me reconoces?, ¿tengo un lugar para ti?, dame lo que necesito de ti, esto es lo que me corresponde. Curiosamente, la respuesta nunca se obtiene en el objeto pedido. No porque falte algo en ese objeto, sino porque lo que está en juego no es el objeto mismo, sino el lazo con el Otro. La demanda apunta a una confirmación, no a una satisfacción, y por eso ninguna respuesta logra cerrarla del todo.
- El deseo no se confunde ni con la necesidad ni con la demanda. Surge en la distancia entre lo que se dice y lo que se quiere decir. Es un resto irreductible que no encuentra una respuesta adecuada ni definitiva. Cuando la demanda se cierra sobre una respuesta fija, el deseo queda oculto. No desaparece, pero pierde su posibilidad de aparecer como pregunta singular.
El deseo se pone en juego allí donde el sentido no está cerrado. Una palabra como amor, por ejemplo, no remite a un significado único. Quien la escucha la completa con su historia, sus imágenes, sus afectos. Del mismo modo, un objeto como un vehículo no se desea solo por su función, sino por lo que en él se proyecta. No se desea el objeto en sí, sino el valor imaginado que lo acompaña.
El desierto de lo previsible
Observa a un peatón cualquiera. Camina por la acera, cruza por las líneas blancas, se detiene ante el semáforo y avanza cuando la luz verde lo autoriza. No hay error en su recorrido. El sistema funciona. Es seguro y eficaz. Pero en esa secuencia perfectamente regulada no hay hiato.
El acto de caminar coincide exactamente con su significado social. El gesto no desborda la norma, la ejecuta. El cuerpo no inventa, obedece. No hay riesgo simbólico porque no hay vacío. Y sin vacío, no hay deseo.
El sujeto se mueve dentro de un circuito de necesidad y regulación. No es que reprima un deseo de caminar de otro modo. El punto es más radical. Cuando la única forma de seguir una regla es acatándola, el gesto deja de ser una elección y se convierte en ejecución. No hay apropiación posible del acto, solo cumplimiento.
Incluso si el peatón intenta desviarse, el tejido social corrige de inmediato la disonancia. La coincidencia entre gesto y sentido se restablece. El mundo se vuelve perfectamente transitable y, precisamente por eso, profundamente inhóspito.
Los significantes suturados
Lo que en el peatón aparece como ejecución corporal sin deseo tiene su correlato en el nivel simbólico.
Cuando un significante y su significado se presentan como evidentes, naturales o incuestionables, aparece un sentido suturado. El par deja de abrir preguntas y comienza a funcionar como equivalencia cerrada.
- Casa = paz
- Trabajo = seguridad
- Ciencia = progreso
- Nombre = identidad
- Pareja = completud
- Caminar por la Acera = Derecho
Cuando estos pares no cumplen lo que prometen, no se abre una pregunta, sino que se produce decepción, frustración o desencanto. El sentido estaba dado de antemano y, al fallar, no deja espacio para la elaboración subjetiva. La demanda ya está instalada como expectativa.
Allí donde el sentido está cerrado, el vínculo con el mundo no se organiza por el deseo, sino por la demanda.
Este mismo mecanismo opera en símbolos institucionalizados que ya vienen con un sentido garantizado. En el caso de la cruz, por ejemplo, el dolor tiene nombre antes de que el sujeto encuentre sus propias palabras. El símbolo deja de operar como interrogación y se convierte en punto de apoyo. No introduce una duda, sino una orientación previa.
El deseo no se articula allí como pregunta propia, sino como demanda dirigida al Gran Otro. El sujeto no habla desde lo que no sabe de sí, sino desde un lenguaje ya autorizado para pedir aquello que supone que el Otro espera de él.
La cruz no simboliza algo nuevo ni exige interpretación. Se acomoda como una demanda reconocible. Y en esa demanda no queda resto. No hay un excedente simbólico que obligue a inventar una palabra nueva. El mundo se vuelve legible, pero mudo.
La potencia de lo incompleto
Si pensamos en un objeto distinto, como un triángulo, ocurre otra cosa. El triángulo no tiene una historia obligatoria que cierre su significado. No señala un acontecimiento único ni promete salvación. Es una forma simple e incompleta en cuanto a lo que puede llegar a significar.
Precisamente por eso, no fija el sentido. No expresa una necesidad ni articula una demanda. Mantiene abierto el deseo como movimiento.
El triángulo no contiene significados. Los convoca. El significado no está dado de antemano, se desplaza, prueba, insiste, hasta que algo resuena en quien lo mira. Y solo entonces, de forma provisional, se forma un par significante significado. No porque el sentido se haya cerrado, sino porque algo encontró dónde alojarse.
No es que el triángulo sea mejor que la cruz. Es que no exige obediencia. Exige mirada. Y mirar implica siempre exponerse a no saber del todo.
Los símbolos y las palabras operan por lo que callan. Significan porque remiten a una ausencia, a un punto donde el sujeto no coincide consigo mismo. Es en esa falta donde el mundo vuelve a aparecer.
Eso es lo que sostiene buena parte del arte contemporáneo. El sentido no está en la obra como objeto cerrado, sino en el encuentro entre la obra y quien la mira.
La ética de la grieta
Si el mundo contemporáneo nos empuja a ser peatones de nuestra propia existencia, circulando por rutas de sentido ya trazadas, la tarea no es destruir las aceras ni derribar los símbolos. La tarea es otra: habitar el intervalo.
Sostener un vínculo, realizar un trabajo o mirar un objeto sin pretender agotarlo con significados es hoy una forma de resistencia silenciosa. Es lo que Simone Weil llamaba atención sin retorno al yo.
Aprender a ver otra vez no es recuperar una inocencia perdida. Es renunciar a la tentación de entender demasiado rápido. Aceptar que el deseo solo respira allí donde algo se nos escapa.
Tal vez vivir, en el sentido más radical de la palabra, consista en proteger ese resto mínimo de incertidumbre. Porque solo allí donde el sentido falla es donde el sujeto puede empezar a hablar en primera persona.
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