Cuando el tiempo transcurre, pero no acontece
La predicción del futuro parece un acto arrogante. Se asocia con la astrología, con las profecías, con delirios de control. Pero si uno se detiene un momento, descubre algo extraño: el futuro inmediato es trivialmente predecible. Basta con observar que el mundo continúa.
Newton lo formuló con brutal claridad en su Primera Ley: todo cuerpo permanece en reposo o en movimiento uniforme mientras ninguna fuerza externa lo obligue a cambiar su estado. Esa frase, presentada como un detalle escolar de la mecánica clásica, es en realidad una estructura ontológica. No describe solo cómo se comportan los objetos; describe cómo se sostiene la realidad.
Nuestra estabilidad psíquica depende de esa regularidad mínima. Si cada segundo fuera una lotería en la que las leyes físicas pudieran alterarse arbitrariamente, no existiría continuidad subjetiva posible. Colapsaríamos.
En este mismo instante, cualquiera que lea estas lineas puede estar razonablemente seguro de que el próximo segundo será extremadamente parecido al anterior. No porque la vida sea segura, sino porque la continuidad es la regla. El cambio es la excepción. Predecir el futuro inmediato no es adivinar el caos, sino reconocer la persistencia de un marco estable.
Esta lógica funciona incluso después de un accidente. Si uno se golpea un dedo, el dolor aparece como una ruptura. Pero el mundo no colapsa. El segundo siguiente llega igual. Duele, sí, pero el cuerpo sigue ahí, la gravedad actúa, el aire fluye. El sistema no se ha roto; ha incorporado una perturbación. La continuidad del dolor confirma la continuidad de las leyes. Acción y reacción. Cada momento encadenado al anterior.
Aquí aparece una distinción interesante. El tiempo, para los físicos, es una medida del cambio. Sin cambio no hay reloj. Pero el tiempo que experimentamos como sujetos no depende de cualquier variación, sino de aquellas que alteran nuestro marco de sentido.
El presente nunca desaparece. Siempre hay experiencia. Pero no todo presente cambia lo que creemos posible, lo que esperamos que ocurra o quiénes creemos ser. Hay presentes que se suceden sin alterar nuestras coordenadas vitales. En esos tramos, el tiempo se vive, pero no deja huella. Al recordarlo, se comprime hasta quedar reducido a una anécdota o a una imagen suelta.
El reloj avanza, a veces con esfuerzo, sudor y lágrimas. El cuerpo trabaja, la experiencia ocurre, pero nuestra posición en el mundo permanece intacta. Nada se redefine. Nada se desplaza. El tiempo transcurre, pero no acontece.
Y sin embargo todo cambia todo el tiempo. A escala microscópica, los electrones saltan de estado, las moléculas vibran, la materia se transforma. El universo está en variación constante. Pero la mayoría de esos cambios no cuentan para nosotros. No porque no existan, sino porque no modifican nuestras posibilidades reales de acción. Son ruido de fondo.
Nuestra conciencia funciona como un filtro. Solo registra aquello que altera lo que podemos hacer, esperar o decidir. Percibimos estabilidad porque ignoramos casi todo lo que varía. Si midiéramos nuestra vida con el reloj de las estrellas, muchos de nuestros conflictos perderían toda relevancia. No todo lo que ocurre se convierte en acontecimiento.
Aquí conviene distinguir dos niveles en los hechos que marcan nuestra experiencia del tiempo.
Hay cambios que no alteran nuestras coordenadas vitales. Son incidentes. Pueden doler, inquietar o incomodar, pero no modifican lo que creemos posible ni la dirección general de nuestras acciones. Hay un antes y un después, pero no hay ruptura. La continuidad se mantiene.
Por otro lado, hay cambios que sí reconfiguran nuestras posibilidades reales. Son eventos. En un sentido cercano al que han propuesto Deleuze y Badiou, el evento no es simplemente un hecho intenso, sino aquello que inaugura un nuevo régimen. Algo que vuelve insuficiente el marco anterior y obliga a reorganizarlo.
La dificultad es que esta distinción solo se vuelve clara en retrospectiva. En el momento de vivirlo no sabemos si estamos ante un incidente pasajero o ante el punto de quiebre que transformará nuestra trayectoria. Algunos incidentes pueden acumularse y convertirse en evento. Pero la mayoría se disuelven sin alterar nada esencial.
Esa incertidumbre es una fuente profunda de angustia. No tememos solo al cambio. Tememos no saber si lo que está ocurriendo cambiará todo.
Una discusión, una llamada que no llega o una noticia ambigua pueden alterar el ánimo sin modificar la dirección de nuestra vida. Incluso un rechazo puede doler sin alterar nuestras decisiones fundamentales. Todo continúa bajo las mismas condiciones generales.
Un viaje, en cambio, puede parecer un evento porque introduce novedad y rompe la rutina. Cambia el paisaje, las sensaciones, el ritmo. Pero si al regresar nuestras posibilidades siguen siendo las mismas, fue una expansión de la experiencia, no una ruptura real. Solo se convierte en evento cuando el regreso ya no encaja en la vida que teníamos antes.
El evento ocurre cuando algo obliga a un giro irreversible: la firma de un contrato que compromete años, una mudanza a otro país, una separación definitiva, un diagnóstico grave, un despido inesperado, la muerte de alguien cercano. Es el punto en el que algo deja de ser posible y algo nuevo se vuelve inevitable. Cuando lo que parecía una opción se convierte en una condición.
Si la estabilidad dependiera de controlar los eventos, sería imposible. El evento, por definición, irrumpe y obliga a cambiar de dirección.
La seguridad no proviene de evitar la ruptura, sino de saber que incluso después de ella la continuidad persiste. El mundo no se desintegra. Cambia el rumbo, pero no desaparece el suelo que lo sostiene.
Después del evento comienza otra inercia. En otra dirección, sí. Pero nuevamente estable.
Esa continuidad tiene un precio.
Nuestra biografía no se escribe con los momentos que simplemente transcurren, sino con las rupturas que nos obligan a redefinir lo que creemos posible. La rutina sostiene la identidad, pero se comprime en el recuerdo. El evento, en cambio, densifica la memoria. Cuanto mayor es la reorganización que exige, mayor es su inscripción en el tiempo vivido.
Sin embargo, no todo evento libera. Algunos se integran y abren trayectorias nuevas. Otros quedan fijados como advertencia, como herida o como repetición. Cuando la ruptura no se elabora, reverbera. Y esa reverberación altera la percepción del tiempo: instala la ansiedad, anticipa peligros, convierte el futuro en amenaza.
La estabilidad protege. La ruptura transforma. Ninguna de las dos basta por sí sola.
Una vida puramente inercial se vuelve casi invisible en la memoria.
Una vida saturada de rupturas se vuelve inhabitable.
Una vida sin rupturas puede ser tranquila, incluso envidiable. Pero corre el riesgo de no dejar huella en quien la vive. Y si al final hubiera un instante para recordar, podría haber muy poco que reorganizar, muy poco que narrar.
La vida es ritmo entre inercia y ruptura.
No somos la suma de los días que pasan, ni tampoco solo de las fracturas que nos marcaron. Somos el movimiento entre continuidad y cambio. Entre lo que se sostiene y lo que se rompe.
Y en ese ritmo se juega nuestra forma de estar en el tiempo.
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