Culpable, No culpable y la Tercera Vía.
“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
(Marcos 15:34; Mateo 27:46)
No es una súplica. Es la constatación de que el pacto se ha roto.
Leída sin dogma ni devoción, la historia de Jesús es la crónica de un despojamiento progresivo y radical. Comienza con la pérdida de la comunidad y la incomprensión de la familia, que llega a creerlo fuera de sí; continúa cuando sus amigos se dispersan y es traicionado; y culmina cuando las leyes religiosas y políticas retiran cualquier forma de amparo. Se le quita incluso la última frontera de su identidad civil: sus ropas, repartidas como restos de un naufragio. Inmovilizado en la cruz, el grito final no es una acción, sino el crujido de una estructura simbólica que se colapsa.
En el momento decisivo, Jesús entrega incluso a su madre al cuidado de un tercero, certificando que ya no queda refugio ni siquiera en el origen materno. Este despojo no es el preludio de un milagro, sino el instante en que el sujeto descubre que el Gran Otro, supuesto garante del sentido, no responde ni va a responder. No va a venir a rescatar. No va a reparar en el último minuto.
El grito certifica que el despojamiento ha terminado. Una vez arrebatadas la pertenencia y el reconocimiento, se arrebata también la respuesta, dejándolo en el silencio. Pero el sistema no lo deja caer en el anonimato: lo fija. Sobre la cruz se coloca una inscripción oficial, el cargo político que justifica su ejecución: “Jesús Nazareno, Rey de los Judíos”. No es un nombre en el sentido humano, es un veredicto. Ya no queda un sujeto, queda un sarcasmo, una causa de muerte tan absurda como irrevocable.
Y es precisamente ahí donde comienza a aparecer el sustituto más eficaz para no volverse loco frente al sinsentido: la culpa. Si el Gran Otro calla, si no hay rescate, si no hay interrupción del castigo, entonces el pensamiento queda atrapado en una inferencia terrible: quizá el veredicto era cierto. Quizá el sufrimiento era merecido. Quizá el abandono era la prueba.
Preferimos sentirnos culpables a aceptar que estamos solos. La culpa es el último intento de salvar al Gran Otro: si uno es el que falló, entonces el mundo sigue teniendo leyes. Pero si no se es culpable y aun así el sistema descarta, entonces el abismo es total.
La historia de Jesús encuentra un paralelismo inquietante con la historia de Job. Job es un hombre ordinario, con familia, bienes y posición social, que lo pierde todo de manera igualmente progresiva. En el relato bíblico, lo decisivo no está en la restitución final, que puede leerse como una sutura reparadora, sino en el tiempo insoportable en que Job permanece sentado en la ceniza, reducido a ruina, escuchando a sus amigos, que no vienen a consolarlo, sino a defender la lógica del sistema. Job debe haber hecho algo mal para merecer la tragedia, debe ser culpable de algo, porque si es inocente y sufre, entonces el mundo deja de tener orden, y la idea de un Dios protector, benevolente y justo pierde coherencia.
Ambos relatos, Jesús y Job, exponen lo mismo: un punto en que el fracaso deja de ser accidente y se convierte en sentencia. No se trata de perder cosas o personas, sino de perder el lugar simbólico que esas cosas y esas personas garantizaban. Aunque no sepamos qué pensaban Job o Jesús en su hora más oscura, los textos dejan entrever un quiebre interno: cuando se derrumba el sostén simbólico, la experiencia ya no es solo dolor, sino caída de posición. Y en esa caída se activa una búsqueda imperativa de significado. Responder a la pregunta “¿por qué me pasa esto a mí?” o “¿qué hice mal para merecer esto?” se vuelve un pensamiento obsesivo. La pregunta se convierte en una segunda tortura: la interna.
Cuando la culpa aparece, aparece siempre como veredicto de un tribunal interior. No como explicación, sino como condena.
El Orden Simbólico y la Desactivación
Lacan llamaría a ese universo social en el que vivimos el orden simbólico. Allí nada existe simplemente como cosa: todo significa. Y si todo significa, entonces la tragedia también debe significar. Debe tener un origen, una razón, un culpable: Dios o el diablo, el otro o uno mismo. Todo apunta a un lugar dentro de una red de equivalencias, jerarquías y reconocimientos. Esa red, silenciosamente, produce identidad. Por eso, cuando algo cae en el universo del sujeto, no solo se sufre: se queda nombrado como el que cae. El dolor no es solo un hecho, es una inscripción. El fracaso no es solo una pérdida, es una forma de ser.
Vivimos bajo un régimen binario. Dentro o fuera. Válido o descartable. Visible o inexistente. El éxito y el fracaso han sido ontologizados: ya no describen situaciones, sino estados del ser. Ante el fracaso, el sistema ya no castiga. Simplemente desactiva.
El excluido, el desempleado, el marginal, se vuelven un residuo que ya no cuenta, una sombra que ya no registra datos en la máquina social. Y no son los únicos.
Queda fuera el deprimido porque no produce energía.
Queda fuera el viejo porque ya no produce deseo.
Queda fuera el feo porque no produce imagen, porque no aporta capital estético.
Queda fuera el migrante que existe físicamente pero no jurídicamente porque no produce ciudadanía.
Queda fuera el pobre que no consume porque no produce circulación.
Queda fuera el adicto porque ya no produce esperanza.
Queda fuera el profesional sin credenciales porque no aporta seguridad.
Queda fuera el artista sin éxito porque no aporta prestigio.
Queda fuera el académico sin publicaciones porque no aporta legitimidad.
Queda fuera el que no puede traducirse en métricas, diplomas o resultados.
Queda fuera incluso quien trabaja y cumple, pues no es reconocido como sujeto sino como función: es el reemplazable, el engranaje invisible, aquel que solo tiene valor mientras produce.
Lo inquietante es que ninguno de ellos es expulsado por un crimen. Se los borra por una razón más fría: no encajan en el circuito de validación. No se les castiga por lo que hicieron. Se les borra por lo que no pueden emitir: el signo correcto para que la máquina los registre. No son condenados: son ignorados. No son golpeados: son dejados caer. Y esa forma de exclusión es más cruel que el castigo físico, porque el castigo al menos reconoce al sujeto. La desactivación lo convierte en un cuerpo sin lugar, un nombre sin eco.
La Tercera Vía
La culpa surge allí, en la caída, como intento desesperado de recuperar posición. Si el mundo excluye, la culpa ofrece una forma de reintegración simbólica: si soy culpable, sigo perteneciendo a un orden. Incluso culpando a otros se preserva la misma estructura: yo sufro o yo castigo, pero en ambos casos el mundo conserva coherencia. Todo se vuelve un esfuerzo por explicar lo inexplicable, por domesticar lo real.
Tanto el éxito como el fracaso son el resultado de una sucesión interminable de eventos contingentes, circunstancias acumuladas, azar y oportunidades que se abren o se cierran sin obedecer a una justicia. A veces ni siquiera las decisiones propias determinan el destino. Son apenas un factor entre muchos. Pero el ser humano no tolera el sinsentido. Necesita ordenar, atribuir, cerrar.
Sin embargo, lo real no se deja describir. No se deja cuantificar del todo, ni predecir, ni reducir a una narración coherente. Y aun así buscamos culpables. Cuando ya no podemos culpar a nadie, la culpa recae sobre uno mismo. La culpa es el último refugio del yo frente al caos. Es preferible decir “soy culpable”, porque esa frase implica causalidad, implica que el mundo responde a una ley. Es preferible decir “es mi culpa” y colocarse en el centro del castigo, antes que admitir que la vida puede ser una sucesión de contingencias brutales donde uno no es nunca el centro.
Pero esta lógica no es natural. Es histórica. El mundo maniqueo en el que vivimos, dividido en salvación y condena, inocencia y culpa, pertenencia y expulsión, es el resultado de una larga sedimentación cultural que atraviesa también las religiones dominantes del Occidente. Sin embargo, ciertas tradiciones tempranas, corrientes grecorromanas y textos apócrifos cristianos conservan otra intuición. No ofrecen una doctrina alternativa, sino una posición distinta frente al mundo binario: una tercera vía.
Al margen de la fe que predican, en esos textos la vida no se reduce a obediencia o pecado, integración o expulsión. No se propone someterse al orden existente ni rebelarse contra él como si allí residiera el enemigo último. Se propone algo más difícil: habitar el orden sin identificarse con él. Permanecer dentro del mundo sin permitir que el mundo se convierta en el nombre del sujeto.
La tercera vía no es un consuelo ni una solución. Es una operación. Consiste en suspender el reflejo más automático del ser humano: atribuir sentido. Cuando algo ocurre, cuando irrumpe el fracaso, el rechazo o la pérdida, el sujeto corre a interpretar. Busca causas, señales, mensajes. Busca culpables. Busca una razón que vuelva el golpe soportable. Pero esa interpretación no es neutral: es un tribunal. La lectura del acontecimiento se convierte inmediatamente en lectura del ser.
Cuando el Otro falla, aparecen dos tentaciones. La primera es suplicar sentido, insistir en una explicación, reclamar un lugar. La segunda es desaparecer: concluir que se debe ser culpable, castigado, excluido, reducido a no existir. La tercera posición suspende ambas. Permanece sin apelación. No como resignación, sino como una forma distinta de atención.
No se trata de comprender. Se trata de mirar sin traducir. De sostener el acontecimiento sin convertirlo en identidad. De dejar que lo real permanezca real, sin transformarlo en relato, sin transformarlo en destino, sin transformarlo en esencia. La tercera vía no niega el dolor. Niega la sentencia. No niega la caída. Niega que la caída tenga derecho a nombrar al que cae. Es dar una atención a lo que ocurre sin retorno al yo.
Mantenerse legible para uno mismo cuando ninguna estructura concede un lugar no es heroísmo ni resignación. Es lucidez. No promete paz ni éxito diferido. No salva. Pero evita algo peor: que el éxito o el fracaso se conviertan en el único nombre posible.
Esa es la tercera posición. No como solución, sino como lugar desde el cual la vida, incluso en su fragilidad, no queda reducida a un veredicto.
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