La infidelidad no empieza en la cama. Empieza en el lenguaje.
Cuando todo cambia sin que nada cambie, ocurre un evento. La cantidad de información que irrumpe hace imposible volver al antes.
Así, la infidelidad no empieza en la cama. Empieza mucho antes del saber y de la acción, cuando algo deja de decirse y comienza a cambiar sutilmente sin que nada visible parezca distinto. Cuando el deseo deja de ser reconocido y uno de los dos ya se ha desplazado. Cuando el malestar se archiva en silencio bajo la ilusión de que el tiempo lo resolverá. El cuerpo se entrega después, pero la ruptura real suele comenzar antes, en esa zona donde dos personas dejan de mirarse.
La infidelidad no es sexo, es asimetría. El sexo, en el fondo, tampoco es acerca del sexo; es acerca de la confirmación del yo. Cuando irrumpe la infidelidad, se revela un desequilibrio: de un lado, el goce del secreto, lo prohibido, la escena paralela, el susurro, la foto, el riesgo, el acto sexual prometido o realizado; del otro, la ilusión del reencuentro tras la ausencia prolongada, la espera de que algo vuelva a alinearse, la esperanza sostenida por el hueco que deja el otro cuando ya no está allí como antes. No es lo mismo, pero ambos polos sostienen la misma estructura: uno se afirma en la expansión del deseo, el otro queda fijado en la negación y la espera.
El engaño no es únicamente un acto físico, sino la administración desigual de la información. Uno vive en la ilusión de un proyecto compartido. El otro sostiene una doble escena, mintiendo al otro y mintiéndose sobre el futuro de la relación que aún mantiene mientras invierte afecto en otra. Así, la infidelidad puede adquirir una dimensión narcisista e incluso utilitaria: se busca confirmar que todavía se puede atraer y ser deseable, mientras se conservan las seguridades materiales, afectivas o sociales del vínculo previo. Quien es engañado recibe un mensaje implícito: no te veo, no te elijo, no eres suficiente.
Hay un momento decisivo: el descubrimiento. Mientras la infidelidad permanece en el territorio de la ambigüedad, el deseo puede sostenerse en la fantasía. Incluso puede erotizarse. Lo prohibido y lo imaginado conservan un margen de ambivalencia. Pero cuando la escena se vuelve explícita y la asimetría queda expuesta, algo se reorganiza. La evidencia destruye la ilusión compartida. Lo que antes podía excitar como fantasía se convierte en confirmación de desplazamiento y exclusión. La evidencia de exclusión no siempre transforma el deseo: a veces lo borra. En ese instante no solo se rompe la ilusión; se rompe también el circuito del deseo. Y en ese borramiento, a veces, quien fue excluido descubre que lo que deseaba no era al otro, sino la posibilidad de ser deseado.
Quien es infiel suele racionalizar su conducta en nombre de la libertad o la falta de atención. Todo eso puede contener una parte de verdad. En algunos casos, también opera un resentimiento no elaborado: una herida que no fue hablada y que encuentra en el secreto una forma de compensación. Pero la verdad parcial no elimina la asimetría que se sostiene en silencio. El problema no está en la apertura o el cierre del vínculo, sino en la falta de consentimiento explícito. Cuando no hay diálogo claro, la libertad de uno puede convertirse en la prisión del otro.
En esa asimetría puede configurarse una forma de abuso emocional estructural: uno administra la información, el tiempo y la intimidad mientras el otro permanece en la ignorancia y en la espera. Es una manipulación estructural: sostenerse en el deseo de la pareja mientras se desplaza la inversión afectiva hacia otro lugar.
Esa manipulación no surge de la nada. Tiene una raíz más profunda: la distorsión del deseo. El deseo no se fabrica por decreto. Necesita espacio y reconocimiento para surgir de forma natural. No se trata solo de tener sexo, sino de sentirse visto y elegido entre otros. Ser deseado es una forma de ser reconocido.
¿Por qué ciertos patrones se repiten? La psique no es neutral frente al pasado. Tiende a recrear escenas conocidas, incluso las dolorosas. En el dolor también puede afirmarse el yo: quien sufre se siente existir. No porque quiera sufrir, sino porque intenta reescribir lo antiguo desde una posición nueva. “Este dolor es mío, este sufrimiento me confirma”. Esa repetición rara vez produce cierre; más bien anestesia. Y en esa intensidad se puede confundir con la vida misma.
La verdad duele una vez. La ambivalencia duele todos los días.
Al final, la infidelidad obliga a una decisión estructural. ¿Se puede reconstruir con transparencia radical? Sí. ¿Se puede redefinir el vínculo con reglas claras? También. Lo que no funciona es la ficción sostenida por uno solo.
La fidelidad no es vigilancia. Es coherencia entre lo que se siente, lo que se dice y lo que se hace. Y comienza por una pregunta brutal: ¿estoy eligiendo este vínculo o lo estoy tolerando por miedo?
La traición no siempre destruye una relación. A veces lo que destruye es solo la ilusión. Y aunque eso duela, puede abrir la posibilidad de una verdad que ya no necesita ocultarse para sostenerse.
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