El regreso a sí mismo
Durante mucho tiempo, la estructura resulta familiar. El otro ocupa el centro. Su ambigüedad, su distancia, la posibilidad de perderlo. Todo orbita en torno a ese eje. Las decisiones dejan de ser decisiones y se convierten en reflejos: mantener el vínculo, evitar la ruptura, sostener algo que nunca existió realmente, pero que insiste en parecer posible.
En esa posición, algo sutil empieza a ocurrir. No solo se ama al otro. Se empieza también a abandonarse uno mismo en pequeñas concesiones. Cada una parece justificada, incluso necesaria, pero juntas van consumiendo, casi en silencio, el límite interior.
El límite no es una norma impuesta desde fuera. Es el borde que sostiene la continuidad del yo. Cuando ese borde se adelgaza, algo empieza a ceder.
El deseo no desaparece, pero pierde su centro. Se reorganiza alrededor del miedo a perder, en lugar de alrededor de la presencia del ser. Por eso surgen ciertos patrones. No como elecciones, sino como consecuencias.
La psique sigue allí donde se encuentra el poder. Si el poder está afuera, el sujeto se adapta, se pliega, se retuerce, se deforma para ajustarse a lo que cree que el otro desea.
También la imaginación empieza a organizarse alrededor de ese vacío, alimentando la ilusión de una posibilidad que nunca existió realmente. Un día, casi sin aviso, el ruido se detiene. No hay anuncio. Solo el sonido de los propios pasos en la soledad. Una comprensión que no pide permiso. Y en ese espacio aparece una frase, pequeña como una semilla, irreversible como una raíz:
Parece poco. No lo es.
Porque decirla significa dejar la orilla. Sostenerla significa aceptar que no hay retorno, que la corriente no negocia y que, por primera vez, tú tampoco lo haces. Aquí es donde la mayoría retrocede. Vuelve al áspero consuelo de la incertidumbre del otro, al ruido familiar que al menos conoce. Porque poner fin a algo real se parece demasiado a morir.
Pero cuando la línea se traza y se sostiene, algo cambia de inmediato, en el acto mismo. Hay un retorno al ser.
No a una versión pasada de uno mismo, sino a una posición que había sido abandonada. La posición de quien deja de intercambiar el respeto por sí mismo por cercanía. En esa alineación, la estructura interna deja de contradecirse. Acción y límite coinciden.
El alivio que sigue no es solo emocional. Es estructural. La energía que estaba atrapada en la ambivalencia se libera.
La mandíbula se afloja. Las costillas ceden. El pensamiento se afila. El deseo se reorganiza. Desde fuera, es solo una decisión, un mensaje, un límite. Desde dentro, es algo completamente distinto. Una reorganización silenciosa y total.
Pero también hay un riesgo. La mente intentará convertir este momento en una identidad. "Ahora soy el fuerte". "Ahora soy el que no cede".
Pero en el momento en que algo se convierte en imagen, ya está perdido. Porque deja de fundarse en un límite y pasa a fundarse en algo que necesita ser visto, confirmado, reflejado. Y eso, una vez más, depende del otro.
El regreso a uno mismo es más silencioso. No necesita ser visto. Permanece.
También en el silencio. También cuando nadie vuelve. Y si alguien vuelve, no encontrará lo que había antes. Encontrará un límite.
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