La caída de la demanda: Que Quieres de mi?
La caída de la demanda
¿Qué quieres de mí?
Cuando la pregunta que persigue al sujeto —¿qué quieres de mí?— desaparece, no se obtiene una respuesta: se pierde una certeza. Cae el Otro como instancia de saber.
Esa interrogante, tan simple en apariencia, organizaba una forma entera de estar en el mundo. Situaba al sujeto frente a un Otro al que se le suponía un saber sobre cómo ser, qué hacer, qué dar para sostener el vínculo. Bajo esa gramática de la demanda, la vida se volvía un ejercicio de anticipación: leer signos, descifrar gestos, responder antes de tiempo.
Cuando la pregunta cae, el Otro no desaparece como persona, pero sí como garantía de saber. Permanece, pero ya no sabe. Ya no puede decir qué falta, ni qué colmar. Y algo en el sujeto se afloja.
Vivir dentro de esa pregunta implica creer que existe una respuesta correcta, una forma de asegurar afirmación, amor o existencia. En ese movimiento, el deseo propio queda en sombra.
Permanecer ahí no es solo sumisión. Es también refugio. Hay un alivio en no mirar el vacío propio, en no decidir, en no cargar con el peso del acto y sus consecuencias. Mientras la pregunta se sostiene, la vida puede delegarse.
Pero esa delegación tiene un precio silencioso. El deseo propio que no ve, sino que se desplaza. Empieza a trabajar para el Otro. Se termina queriendo lo que el Otro quiere, o algo más sutil: se confunde esa coincidencia con el propio querer. Una trampa que engaña pues funciona.
Caer en la demanda del otro ordena y sostiene,
porque evita el punto más incierto: ver el pripio vacío.
Un vacío sin coordenadas, sin guion, sin medida. Un espacio donde ya no hay a quién responderle para saber si uno está bien o mal. Cuando cae la pregunta, no se experimenta como libertad, sino como desorientación. Y, sin embargo, es en ese vacío donde algo comienza a moverse algo auténtico: el deseo propio.
No como objeto, no como identidad, sino como un movimiento que insiste. Algo que no encaja del todo, pero que vuelve, que empuja sin dar razones claras. Su aparición no tranquiliza: desarma. Porque revela que nunca hubo una respuesta esperando ser encontrada.
La demanda no tiene respuesta. Solo se cree que la tiene. Y al caer, no queda una verdad, sino una intemperie.
En esa intemperie aparece otro riesgo: querer volver a cerrar. Buscar a alguien con una nueva certeza o instalarse en una apertura inmóvil donde nada se decide: No se que quiero. Esa calma suspendida parece lucidez, pero es otra forma de evitar el vacio.
Pero cuando cae la pregunta, y se vive sin respuesta por un tiempo, aparece el acto.
Es sostener el vacío que sostiene el universo.
Moverse sin guion. Actuar sin respaldo, es vivir finalmente como ser real, no como fantasía para un Otro.
Ese el objeto de todo ser adulto: dejar a un lado los reconocimientos. Cuando la pregunta cae, y cae de verdad, nada la reemplaza. Y si el silencio no se llena demasiado rápido, algo empieza a dibujarse.
Sino como un movimiento que, por primera vez, no puede delegarse.
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