La Demanda de Amor no es Amor
El sufrimiento solo es útil cuando transforma, cuando abre algo nuevo, cuando arroja una luz implacable sobre aquello que creíamos comprender.
Al mirar hacia atrás, entre las ruinas de mis amores perdidos, después de tantos fracasos, apareció algo inesperado: una grieta en lo que yo había estado llamando amor.
Durante años, amar para mí no fue un encuentro, sino una demanda de confirmación. No era solo el deseo de estar con alguien, sino algo más antiguo: la necesidad de ser reconocido, de ser elegido de una forma que resolviera algo dentro de mí, como si el otro supiera quién soy y, por eso mismo, estuviera llamado a decírmelo.
Aprendí a buscarlo en el exceso. No había otro modelo. En todas mis relaciones repetí el mismo gesto: dar más de lo que podía sostener, intentar inclinar la balanza con actos, con entrega, con esfuerzo. Era una insistencia silenciosa, casi invisible, para que el otro respondiera a una pregunta que no sabía formular sin romperme:
¿Existo para ti?
¿Soy suficiente en tu silencio?
Lo que yo nombraba como amor era, en realidad, una demanda de amor. Y la demanda es una transacción. Deposito algo de mí para inclinar la respuesta del otro, para sostener una confirmación que me evite el vacío de no saber quién soy para aquel.
Cada ruptura la volvió visible. Durante mucho tiempo creí que el dolor venía de perder al otro, como si algo hubiera sido arrancado de mis manos. Pero no era eso.
En el fondo de la demanda hay algo más primario: alguien que quiere ser visto, escuchado, tocado. No es un error. Pero tampoco es amor.
— UN RESTO —
En los días antes de la última partida, algo se interrumpió. No hubo intento de convencer, ni esfuerzo por asegurar nada, ni negociación.
Y eso fue lo extraño.
Porque, por primera vez en mucho tiempo, no estaba intentando ser alguien para el otro, sino simplemente estar ahí. La demanda calló. Y en ese corte apareció otra cosa. No fue intensidad. No fue certeza:
Fue presencia.
Dos presencias, sin sostén.
Sin garantía, sin promesa.
Y, sin embargo, eso bastó. Más real que todo lo anterior.
Nada se resolvió. Las dudas siguieron. La distancia y el silencio también.
Pero algo se desplazó. Cuando ya no había más tiempo.
El amor no comienza donde la demanda es satisfecha. Comienza donde deja de dirigir el encuentro.
Permanecer ahí es el desafío de amar. Porque la demanda vuelve y pide ser respondida, como un eco antiguo. Pero el trabajo no es eliminarla ni obedecerla,
sino sostener ese punto donde aparece y reconocerla por lo que es.
La demanda de amor no es amor.
La falta de respuesta tampoco es su ausencia.
Amar es sostener lo que no tiene respuesta
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