LA IMPOSIBILIDAD DEL RETORNO
LA IMPOSIBILIDAD DEL RETORNO
ORFEO: Volvamos.
EURÍDICE: No puedo.
ORFEO: Yo sigo aquí.
EURÍDICE: Ese es el problema.
Ambos están equivocados. Orfeo no habla con Eurídice, habla con su recuerdo. No busca a una mujer, busca una interrupción en el tiempo. Eurídice, por su parte, responde a un Orfeo congelado, fijado en sus errores. Orfeo no colocó las monedas en sus ojos y Eurídice no cruzó el Estigia: ambos se quedaron a vivir en la orilla, en ese espacio donde nada muere y nada nace. Ninguno mira lo esencial: no hay a dónde volver.
Para ambos, la pérdida se ha vuelto identidad. Orfeo sigue cantando a Eurídice mucho después de que su voz ha desaparecido. No porque el canto la devuelva, sino porque sin ese canto no sabe qué queda de él. Eurídice también canta, pero no a Orfeo, sino a la traición que lo fija. La ausencia se vuelve hogar. El dolor se vuelve gesto. Eurídice se cierra. Orfeo insiste.
Pero más allá de la esperanza y del reproche hay algo más radical: la imposibilidad del retorno.
No es que alguien cierre la puerta. Es que la puerta ya no existe. El tiempo no se pliega. La entropía no retrocede. Todo lo que se rompe no vuelve a su forma anterior, se reorganiza en otra cosa. Ni Orfeo es quien era. Ni Eurídice es quien era. Ni el instante permanece disponible.
El retorno a lo que fue, bueno o malo, no es una opción.
Es una ilusión.
Salir del infierno en que Eurídice y Orfeo se encuentran exige dos actos. El primero es evidente y, aun así, casi nadie lo logra: matar la esperanza. La esperanza no distingue entre lo bueno y lo malo. Solo insiste en que algo vuelva, incluso si lo que vuelve es el dolor. La mente prefiere la predicción a la incertidumbre. Se aferra a patrones, no por certeza, sino por familiaridad. Cree reconocer en el pasado una promesa de repetición. Eso es la esperanza.
El segundo es más difícil: soltar. No es estar de acuerdo. Es dejar de exigirle al pasado que hubiese sido distinto. El pasado no cambia. Solo el movimiento hacia adelante.
Soltar. No olvidar. Soltar. Dejar de sostener la idea del otro como si fuera propia. Dejar de usar el duelo, o la herida, para afirmar quién eres y dictar cómo actuar. No fijar al otro en lo que fue, ni fijarse a uno mismo en lo que dolió.
Soltar no es una traición al pasado. Es la única forma de no quedar atrapado en él.
Camina. Siempre camina hacia adelante.
No mires atrás para comprobar si algo aún está ahí. No lo está.
No conserves la fantasía de que algo puede reanudarse donde se interrumpió.
No volverá. La tragedia no es la pérdida; es creer que se puede volver. Es negar la transformación que el dolor ya impuso. Hay dolores que no dejan nada intacto. No es lo mismo perder por descuido que perder cuando el daño atraviesa el hueso.
Cuando se llega ahí, no se retrocede. Se cambia. Y lo que sigue no es retorno. Es otra cosa.
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