Para salir del infierno, No mires atrás



Para salir del infierno, No mires atrás

El infierno no es un lugar.
Es el estado en el que la mente orbita algo de lo perdido.

Orfeo, según el mito, desciende al inframundo y persuade a Hades de devolverle a Eurídice. Hay una condición: no voltear hasta alcanzar la luz.

Orfeo cede.

No por falta de amor.
Por no soportar la duda.

Necesita un signo. Algo que cierre.

Orfeo no pierde a Eurídice.
Pierde la salida del infierno.

El infierno tiene una regla simple: todo intento de comprobación de que el otro está aún allí lo prolonga. No se sale verificando.

El error no es amar.
Es necesitar pruebas de que el otro está ahí.

Ahí nace el bucle:

  • ¿Sigues ahí?
  • ¿Sientes lo mismo?
  • ¿Me has olvidado?
  • ¿Qué estás haciendo?
  • ¿Confías en mí?

Cada pregunta es un giro.
Y cada giro devuelve al mismo lugar. 

El Goce.

Ese giro no termina en el gesto.
Lo Continúa.

Orfeo sale del inframundo, pero no sale del infierno.
Eurídice ya no está, pero queda fijada como pérdida. Y esa pérdida organiza su vida.

Canta.

Canta el dolor. Canta el error.
Y en ese canto, Eurídice permanece.

No como presencia.
Como falta.

Incluso después de muerto, su cabeza sigue cantando: Eurídice, Eurídice.
El nombre se repite. No cambia.

Orfeo no solo pierde.
Conserva perdiendo.

La pérdida se convierte en su forma de poseerla. Mientras ella sea una falta, hay algo que sostener. Mientras mire atrás, ella sigue ahí, aunque sea como fantasma.

Así el dolor deja de ser un accidente.
Se vuelve un lugar.

Salir implicaría algo más radical que el sufrimiento:
la desaparición.

Cada vez que la mente vuelve, no busca solo saber.
Mantiene.

No mirar atrás no es un consejo.
Es una ruptura.

Dejar de girar no basta.
Hay que soltar lo que el giro protegía.

No la presencia.
La falta.

Orfeo cede y se queda.
Quien quiera salir debe hacer lo contrario:

perder incluso la pérdida

Eurídice, Eurídice 

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