La Indecisión como Acto
La Indecisión como Acto
¿Y si lo que buscas no es evitar el dolor, sino preservar ese estado suspendido?
Introducción
Hay una pregunta que pocos se hacen en voz alta: ¿y si lo que buscas no es evitar el dolor, sino preservar ese estado suspendido donde todavía eres todas las personas que podrías ser y ninguna en particular? ¿Y si lo que postergas no es la tarea difícil, sino el momento en que tendrías que encontrarte contigo mismo y descubrir quién eres cuando ya no hay excusas?
La pasividad no es ausencia de movimiento. Es una posición activa: la decisión sostenida, día a día, de no decidir. Y como toda posición, tiene sus razones, sus beneficios ocultos y su precio.
1. La urgencia como excusa
No es mala gestión del tiempo. No es procrastinación. Es una maniobra defensiva: esperar hasta que el agua llegue al cuello para que sea la situación quien decida, no tú. Así la coartada queda perfecta — "no fui yo, fue la circunstancia" — y el sujeto sale ileso. O eso cree.
Detrás no hay pereza sino miedo. Miedo al propio deseo, porque desear obliga a reconocer una falta que no tiene solución: que no estás completo, que nunca lo estarás, que algo falta y que ninguna urgencia externa va a llenarlo. La única salida real sería negociar: con el otro, con la situación, con el propio deseo. Pero negociar exige exponerse, y exponerse es exactamente lo que se evita. Entonces se deja que el otro ocupe el espacio vacío y decida. La prisa funciona como anestesia para no ver que eso está ocurriendo. Y quien evita mirarse durante suficiente tiempo termina siendo una página en blanco que escribe el otro.
2. El "fluir" y el miedo a la castración
Para Lacan, decidir es aceptar la castración.
"Dejar que la vida fluya y te dirija"; o esperar a que las condiciones se den mágicamente, es el nombre elegante de la cobardía: transferir la responsabilidad al Gran Otro para no asumir que siempre se pierde algo. Hay quienes construyen una identidad entera sobre esa espera: creen en encuentros mágicos, en momentos que se crearán solos, en que el mundo terminará por organizarse a su favor sin que ellos tengan que intervenir. Mientras tanto, se vuelven fantasmas en un mundo que exige presencia y decisión.
Mientras no eliges, mantienes el objeto del deseo intacto en la fantasía. La relación que nunca se buscó, el proyecto que nunca se inició, la conversación que siempre se postergó para cuando hubiera "un mejor momento", todo permanece perfecto precisamente porque nunca tuvo que volverse real. Al decidir, el objeto cae: se vuelve concreto, limitado y defectuoso. Lo elegido decepciona no porque sea malo, sino porque es real. No decidir es aferrarse a la ilusión de que el destino llegará con las manos llenas. Pero el destino no llega. Solo pasa el tiempo.
3. El goce del estrés
No es un error del sistema. Es el sistema funcionando exactamente como fue diseñado para evitar una sola cosa: decidir.
Si la postergación se vuelve recurrente, es porque hay un goce (una satisfacción amarga) en la adrenalina del último minuto. Esa tensión de estar contra las cuerdas confirma una sensación de estar vivo sin necesidad de comprometerse con nada. El estrés no es un accidente, sino el combustible que permite evitar la calma de la falta. Se prefiere la tormenta conocida antes que la responsabilidad de elegir.
El goce puede tomar formas más silenciosas. Cualquier descarga que drene la tensión antes de que se convierta en acto cumple la misma función: el teléfono, el consumismo, el sexo sin deseo, o incluso otra persona convertida en parachoques; alguien que absorba el conflicto, que gestione las consecuencias, que ocupe el lugar donde debería estar la propia decisión. Quien evita el conflicto de forma sistemática no está buscando paz: está buscando que el otro cargue con el peso de la realidad para no tener que tocarlo.
4. La angustia frente a lo Real
Lacan decía que la angustia es el único afecto que no engaña. Afecto, aquí, no es sinónimo de emoción corriente: es aquello que el cuerpo registra antes de que el lenguaje lo nombre, antes de que puedas decir "estoy angustiado" y con eso domesticarlo. La angustia no es tristeza ni miedo; es la señal de que algo de lo Real (lo que escapa a toda representación, lo que ninguna palabra termina de cubrir) está demasiado cerca.
El estrés que sientes al postergar, o la culpa que queda tras la descarga mecánica, es exactamente eso: la proximidad de lo Real, la certeza de que el mundo no tiene respuestas preparadas para ti y que ninguna elección te salvará del vacío. Decidir es un Acto que transforma tu estructura.
5. La disolución de la agencia
Más allá de la pérdida de tiempo, el costo real es la pérdida de la capacidad de ser quien decide. No es que la voluntad sea un músculo; es que la identidad misma se desdibuja cuando dejas de ser la causa de tus acciones. Te conviertes en un efecto de las circunstancias.
Y eso tiene un nombre preciso: deserción. No la del que intenta y falla, sino la del que nunca intenta para no tener que fallar. La del que se vuelve elusivo ante todo lo que exige presencia real: el conflicto, la culpa, la decisión, la consecuencia. Quien construye una vida entera alrededor de la evitación no está preservando nada. Está consumiéndose en pequeñas dosis.
El resultado no es una vida tranquila. Es una vida sin autor. Quien delega sistemáticamente la decisión al otro, a la suerte, a las circunstancias, termina sin ser nadie en particular: solo el residuo de lo que el tiempo decidió por él. Una acumulación de ocasiones no vividas, de riesgos no tomados. No un destino trágico sino algo peor: un destino irrelevante.
6. Decidir a pesar de todo
El reencuadre que propone el psicoanálisis es incómodo: no puedes salir de la falta, pero puedes cambiar tu relación con ella. Quien decide a pesar de todo no lo hace porque haya encontrado la opción perfecta. Lo hace sabiendo que no existe. Decide porque ha aceptado que elegir es siempre una forma de duelo.
Interrumpir el circuito no es una cuestión de fuerza de voluntad sino de reconocer qué función cumple cada descarga. El acto no elimina la angustia. La atraviesa.
Conclusión: el coraje de la falta
VLADIMIR: ¿Entonces, nos vamos?
ESTRAGON: Sí, vámonos.
(No se mueven.)
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