Y Dios creó el Mal.

- Job - 

Hermetismo

Y Dios creó el Mal
Sobre los dos tiempos del Mal

Hay en la Biblia un versículo que golpea más que cualquier otro de ese libro sagrado para tantos:

"Yo soy el Señor, y no hay ningún otro. Yo formo la luz y creo las tinieblas; hago la paz y creo el mal. Yo soy el Señor, que hace todas estas cosas."

Isaías 45,6-7

El verbo que el hebreo utiliza aquí para la creación del mal es bará (ברא). El mismo que abre el Génesis, Bereshit bará Elohim, en el principio Dios creó, y el que la Biblia reserva casi siempre para la acción creadora de la divinidad: no lo aplica a sujetos humanos. Es el verbo con el que Dios crea el cielo y la tierra, y con el que crea al ser humano. Y es el que Isaías coloca delante del mal. Ahí está el corte: una cosa es permitir y otra crear. Lo que se permite viene de otra parte; lo que se crea es obra propia. Dios no permite las tinieblas ni el mal: los pone en el mundo y responde por ellos. Y aquello que así es creado se llama ra (רע), una palabra que, según el contexto, puede significar mal, pero también daño, desgracia o calamidad.

Conviene detenerse ahí, porque de esa palabra depende todo. Ra no nombra un principio con existencia propia, algo que sea el Mal en sí, con mayúscula, una entidad que decide y de la cual procederían los males concretos que le ocurren a alguien. El hebreo bíblico rara vez lo utiliza en ese sentido absoluto: aparece casi siempre en oposición a algo, y el paralelismo del versículo lo confirma: la luz frente a la oscuridad, la paz, la plenitud, aquello que está entero, frente a ra. Lo que se opone a la paz no es la perversidad moral: es el infortunio, la calamidad, aquello que rompe lo que estaba entero. Isaías afirma, por tanto, la soberanía de Dios sobre aquello que el ser humano experimenta como desgracia.

La herida que la traducción quiso cerrar

La pregunta que surge entonces para los creyentes es: si Dios es el creador del mal, ¿es Dios benevolente? La pregunta se contempla mejor desde cierta distancia, con la curiosidad de quien intenta comprender un punto de vista ajeno. Hoy es facilísimo encontrar todas las versiones de la Biblia versículo por versículo, y allí se observa que algunas traducciones han suavizado la frase sustituyendo la palabra mal por desgracia, adversidad o aflicción, para aliviar el problema. Tienen un apoyo real, porque ra abarca ese campo. Pero el verbo no se deja atenuar: lo que hay allí es bará ra, crear la adversidad. Se la llame calamidad o se la llame mal, el texto la coloca del lado de Dios; no la presenta como algo que Dios hereda o tolera.

La tradición cristiana respondió por otra vía. Agustín, heredando de Plotino, fundador del neoplatonismo, definió el mal moral como privatio boni: no una sustancia creada junto a las demás, sino la corrupción o el desorden de algo originariamente bueno. Para él, el mal no es una cosa; es el deterioro de una cosa. Pero Agustín no dice que el sufrimiento sea imaginario ni que no tenga efectos; desarrolla su propuesta precisamente contra el maniqueísmo de su época, contra la idea de dos principios contrapuestos. Su solución es metafísicamente poderosa. Pero tiene un precio: transforma la pregunta. Ya no se pregunta por qué un Dios bueno creó el mal, sino por qué un Dios bueno hace una creación buena que puede corromperse, deteriorarse, sufrir y producir sufrimiento. El problema no se disuelve; se desplaza.

La lectura cabalística que aquí me interesa no busca ese desplazamiento. Su punto de partida es el corte del versículo tal como está: si la divinidad dice que crea el mal, entonces el mal es un elemento del sistema, no un contrapoder que se le opone desde fuera. El mal no tiene un reino aparte. Es, en esta lectura, el mismo Dios actuando de una manera que todavía no comprendemos.

Un solo principio

Conviene no extraer el versículo de su contexto. En Isaías 45, Dios se dirige a Ciro, el rey persa, y el pasaje se escribe cuando Babilonia cae bajo el dominio persa. Los persas de entonces ya adoraban a Ahura Mazda, y concebían ya el mundo dividido entre dos fuerzas: arta, el orden verdadero, y drug, la mentira. Darío, el rey que sucedió a Ciro unas pocas décadas después, hizo grabar en la roca de Behistún una oración que pide a Ahura Mazda protección contra la Mentira, el ejército enemigo y la sequía. Allí la Mentira tiene nombre propio y actúa por su cuenta: no es algo que el dios haya hecho.

Esto es lo que se conoce de la historia de aquella época. Todavía no es el dualismo cósmico de Ahura Mazda contra Angra Mainyu, que la tradición fijaría siglos más tarde en el zoroastrismo, ni puede probarse que Isaías estuviera respondiendo a los persas. Pero el contraste está ahí: donde una tradición reparte el mundo entre dos poderes, Isaías responde que nada queda fuera de la soberanía de YHVH (יהוה), ni la luz ni la oscuridad, ni la paz ni la desgracia. Todo ello es obra suya, y responde por ello.

Y aquí comienza la lectura cabalística. El monoteísmo del versículo no necesita reconocer al mal una soberanía propia. Nada puede constituirse como un segundo dios frente a un Dios único. Esta es la diferencia decisiva respecto al dualismo estricto: no que el dualismo haga al mal eternamente victorioso, pues también las escatologías dualistas esperan una renovación final, sino que, mientras el mal tenga un origen independiente, permanece como otro, irreductible, algo que a lo sumo puede ser derrotado pero nunca reintegrado. En cambio, aquello que procede de la unidad puede, en último término, regresar a ella. Un mal que Dios no hubiera creado sería un mal que Dios no podría deshacer. La incomodidad del versículo es, leído así, su promesa oculta.

La resistencia y la luz

El corazón de esta lectura tiene una imagen deliberadamente física. La luz solo se revela frente a una resistencia. Funciona como una bombilla: sin un filamento que se oponga al paso de la corriente, no hay incandescencia, no hay luz visible. La resistencia no es lo contrario de la luz; en determinadas condiciones es su condición. La Cábala tiene un nombre para esta fuerza: Guevurá (גבורה), el rigor.

La Cábala ordena los atributos mediante los cuales lo divino actúa en el mundo en un diagrama de tres columnas, el Árbol de la Vida: a la derecha, la expansión, la entrega que se da sin medida; a la izquierda, Guevurá, la contracción, aquello que limita, contiene y dice hasta aquí; y en el centro, la columna que equilibra a las dos y las mantiene en relación. Ninguna de las laterales vale por sí sola: la entrega sin límite se derrama y se pierde, el límite sin entrega asfixia.

Guevurá restringe para que algo pueda tomar forma. El gesto del filamento que se opone a la corriente y por eso la transforma en luz es, en el fondo, el mismo del tzimtzum (צמצום), el primer acto de la creación según la Cábala. Antes de que hubiera mundo, la luz infinita lo ocupaba todo y no había lugar donde algo distinto pudiera existir. El primer gesto no fue expandirse, sino retirarse: el Infinito se contrae sobre sí mismo y deja un vacío. Todo lo que existe, existe en ese vacío. Y aquello que llamamos mal, en esta lectura, comienza siendo precisamente esto: un límite.

De aquí surge una distinción que invierte la intuición habitual. Puede existir un bien satánico: un bien que paraliza, que acomoda, que mantiene el statu quo. El bien de la vida sin fricción, aquel en el que todo funciona y nada aprieta, y donde por eso mismo la búsqueda se apaga y el alma se duerme sin darse cuenta. Frente a ese bien, una pérdida puede ser un mal que despierta, y sin el cual el cambio habría sido imposible. Lo que llamamos mal es, a veces, el voltaje que enciende un alma que el bien había adormecido.

Escribo "a veces", y la palabra importa. Porque esta imagen es fecunda justo hasta el punto en que deja de serlo, y ese límite debe marcarse antes de continuar.

El adversario que hace crecer

Queda por nombrar al elefante en la habitación, la figura que organiza el mal: el Satán, ha-satan (השטן). Y el nombre debe decirse con precisión, porque no significa lo que la imaginación popular cree. Satán no es el Lucifer caído del imaginario cristiano, y tampoco es, en la tradición judía, un contrapoder de la divinidad ni el señor de un infierno. Es un adversario, un acusador, un ángel bello como todos los ángeles, con una función muy específica dentro de la corte celestial, subordinado a Dios. Subordinado no significa benigno: en muchos relatos seduce, acusa y recibe permiso para castigar.

Pero hay una enseñanza cabalística contemporánea que ofrece una imagen sorprendente, y la recojo por su fuerza:

Satán llora cuando el alma se desvía, y sonríe cuando sigue su camino sin dejarse arrastrar.

En esa lectura, el adversario no busca nuestra caída: coloca el obstáculo para que adquiramos la fuerza necesaria para superarlo. Es una reinterpretación audaz, y la señalo como tal: no pretende ser la doctrina clásica sobre Satán, que es bastante menos amable.

Lo que sí puedo sostener, dentro de esta lectura y con las cicatrices que llevo encima, es el papel del dolor como indicador. El dolor señala dónde algo del alma no ha terminado de resolverse, funciona como una brújula que apunta hacia aquello que pide atención.

Pero hay que decir algo sobre el tiempo, porque sin eso toda la construcción se vuelve obscena. La tradición cabalística enseña que aquello que llamamos mal a corto plazo puede revelarse como bien a largo plazo, y viceversa. El sentido no habita el momento; habita el después. El Zohar habla de una luz guardada, or ha-ganuz (אור הגנוז), que Dios ocultó en la creación y reservó para los justos: no está disponible ahora, se revelará cuando llegue su tiempo. Nadie tiene derecho a pronunciarla de antemano. José fue vendido como esclavo por sus propios hermanos y pasó años en una prisión egipcia; solo décadas más tarde, ya al frente del reino y con la hambruna encima, pudo decirles: "Vosotros pensasteis hacerme mal, pero Dios quiso hacerlo servir para un bien" (Génesis 50,20). En el fondo del pozo esa frase no existía. Nadie tenía derecho a pronunciarla en su lugar.

Por eso el dolor puede revelar un lugar que necesita trabajo, pero no autoriza a nadie, salvo a quien lo atraviesa, a declarar ahora qué significa. Lo que debería quedar claro en el futuro permanece oculto en el presente. La imagen del adversario que hace crecer describe una posibilidad abierta, no un destino asegurado: dice que del golpe puede nacer algo, y que eso solo se sabe después. Sostener la paradoja sin cerrarla es, en esta tradición, una forma de conocimiento y una forma de disolver el mal.

Los dos tiempos del mal

Queda la objeción más seria. Si el mal es la resistencia sin la cual, dentro de esta lectura, algo no crece, ¿cómo podría "vencerse el mal" sin que el propio crecimiento se detuviera? Un mundo sin ninguna resistencia parece un mundo sin voltaje. Parece que el sistema necesitara del mal para siempre.

La respuesta que proponen los cabalistas distingue dos tiempos. Hay un ahora en el que el mal opera como resistencia: el obstáculo que forma, el peso que da músculo. Pero ese ahora no es la última palabra, y aquí hay que ser exactos, porque es fácil malinterpretarlo: el mal, al final, no se convierte en bien. La crueldad no se vuelve retroactivamente buena. Lo que ocurre es otra cosa: deja de ser necesaria.

Y aquí la estructura cabalística dice, mejor que cualquier imagen, qué es propiamente el mal. Guevurá, la columna izquierda, es el rigor: divino y necesario mientras permanezca unido a la columna central, al servicio del conjunto. El mal, aquello que la tradición llama Sitrà Achrà (סטרא אחרא), el "otro lado", no es una sustancia aparte: es esa misma columna cuando se separa de la unidad y se absolutiza, se convierte en centro, pretende ser un fin. La resistencia que ya no sostiene una obra, sino que pretende sostenerse a sí misma. Y ahí está su imposibilidad: un filamento desconectado no resiste nada. La resistencia existe solo mientras algo la atraviesa.

El andamio dice esto mejor que cualquier argumento. Cuando una desgracia golpea la casa, se levanta un andamio que la sostiene mientras se realiza la reparación, y ese andamio no se convierte en la casa: terminada la obra, se retira, sin que desaparezca aquello que ayudó a construir. No hay que destruirlo ni eternizarlo. Simplemente deja de servir. Así ocurre con el mal en esta lectura: no se transfigura en el bien que permitió, ni debe perpetuarse para justificar la obra. El rigor regresa a la unidad de la que se había separado; terminada la construcción, la resistencia sobra, no porque haya sido derrotada, sino porque ya no queda nada que sostener.

Somos el castillo que levantamos con nuestras ruinas

"Dios creó el mal" deja entonces de funcionar como acusación y pasa a nombrar una operación: nada, ni siquiera la oscuridad, quedaría fuera de la unidad, y solo aquello que pertenece a la unidad puede, al final, ser transformado.

Para quien cree, la frase resuelve un problema teológico: salva la soberanía de Dios sin partir el mundo en dos. Yo no puedo firmar esa parte. Pero la operación se sostiene sin ella, porque lo que estas tradiciones construyeron durante siglos no fue solo una defensa de Dios: fue una manera de habitar la desgracia sin quedar destruidos por ella. Distinguir el rigor que forma del rigor que se ha soltado. Reconocer que el sentido llega tarde y no exigirlo antes de tiempo. Saber que el andamio se retira.

Vivimos, cada uno, un universo a pequeña escala. La tragedia llega y trae consigo el andamio: no se elige, no se monta, aparece. Ese andamio es el mal, la calamidad, la desgracia, la limitación. Sobre él hacemos reparaciones en nuestra casa fracturada, y durante un tiempo hay que vivir con esa estructura encima, fea y provisional, que sostiene algo que todavía no se ve. Después la vida continúa, el andamio se retira, y aquello que se levantó mientras estaba montado permanece. Luego llega otra tragedia y con ella otro andamio. La obra no concluye. Y el andamio, al retirarse, deja su marca en el muro: somos el castillo que levantamos con nuestras ruinas, y las cicatrices son las juntas donde se ve por dónde pasó la reparación. Ese es el ritmo. Nadie viene a desmontar el andamio; se desmonta cuando quien ha reparado reconoce que ya no sostiene nada en esa parte. Y aquello que la estructura sostenía deja de necesitarla. Así se vence el mal: no derrotándolo, sino reintegrándolo.

***

Bibliografía

Agustín de Hipona. Confesiones; Enquiridión; La ciudad de Dios [sobre el mal como privatio boni].

Plotino. Enéadas [I, 8: sobre la naturaleza del mal].

Sabán, Mario J. Las estrategias del Satán [interpretación cabalística contemporánea; fuente de la lectura del adversario, del "bien satánico" y del sostenimiento de las paradojas].

El Zohar [Emor 88a, sobre or ha-ganuz, la luz guardada].

Las citas bíblicas siguen la versión Riveduta (Luzzi), salvo Isaías 45,6-7, en traducción propia del hebreo.

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