En el principio


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Cábala · Génesis 1:1

En el principio creó Dios

La herejía que la Biblia guarda en su primera línea

Es la frase más leída de la tradición occidental y, por eso mismo, la que menos se mira.

בְּרֵאשִׁית בָּרָא אֱלֹהִים

Bereshit bará Elohim.

La traducción dice: en el principio creó Dios. El hebreo dice otra cosa. Elohim tiene forma plural —la terminación ‑im es la del plural masculino—, y el verbo bará, «creó», está en singular. Si pensamos que no hay error gramatical el plural permanece ahí, visible, sin explicarse. Un nombre de forma plural sostenido por un verbo singular. La traducción resuelve el enigma antes de que el lector alcance a verlo. Los cabalistas hicieron lo contrario: se quedaron mirándolo como está escrito:

En el Principio creó Dioses.

86

Cada letra hebrea tiene un valor numérico, y sumar los de una palabra permite leerla frente a otra que valga lo mismo. Es un modo de leer que la tradición usa para encontrar los secretos del Logos.

אלהים

Elohim — Dios

1 + 30 + 5 + 10 + 40

86

הטבע

haTeva — la Naturaleza

5 + 9 + 2 + 70

86

Y no es teva, naturaleza en abstracto, que suma 81. Es haTeva, la Naturaleza con artículo: la totalidad de lo que existe y no deja de producirse.

El nombre del Dios que crea en la Biblia y el nombre de la naturaleza pesan lo mismo. La lectura cabalística radical que se guardaba es esta: Elohim no sería un ser situado fuera del mundo, sino el mundo mismo desplegándose. No el arquitecto, sino el constructor que hace que la naturaleza sea naturaleza.

Los otros nombres

Si Elohim es la naturaleza, entonces Elohim no es lo primero. Crea, pero no es el origen de sí mismo. Y esa misma intuición aparece en otras lenguas.

Los gnósticos la llamaron Demiurgo: el que da forma al mundo sin ser aquello de donde el mundo viene. La cábala posterior la llamó Metatrón, el ángel cuyo nombre la tradición llegó a identificar con el de Elohim, y al que hubo que separar del trono advirtiendo que no era «un segundo poder en el cielo».

Demiurgo, Metatrón, Naturaleza. La misma posición: el que crea no es el auténtico Dios.

La herejía de la claridad

En 1656, un judío de Ámsterdam fue expulsado de su comunidad. Baruch Spinoza escribiría después tres palabras que resumen su herejía: Deus sive Natura, Dios, o sea, la Naturaleza. Una sola sustancia infinita; nada fuera de ella desde donde crear, porque lo infinito no tiene afuera. La naturaleza no es obra de Dios: es Dios expresándose.

No lo inventó. Lo dijo en latín, en claro, para cualquiera que supiera leer. Y lo pagó con la excomunión.

La herejía no estaba en el contenido. Estaba en haberlo dicho fuera del secreto.

La corona vacía

Queda la pregunta que el secreto protegía. Si el que crea el universo no es Elohim, ¿que hay entonces detrás e él?

La llamaron Ein Sof, Sin Fin, para darle al menos un nombre. Pero un nombre no es alguien. Puede que detrás de Elohim haya un origen más alto y más escondido, tan alto que no podríamos distinguirlo de la nada. En la cábala, la más alta de las emanaciones la llamaron Corona, Kéter —y es corona porque queda vacía. No porque sepamos que nadie la ocupa, sino porque no podemos saberlo. Ahí se detiene el conocimiento.

Vista desde ese límite, cierta orden antigua cambia de sentido. No harás imagen de mí. No suena a celo. Suena a la advertencia de quien sabe que no es el final del camino, y no quiere ser adorado en el lugar de lo que acaso no tenga rostro —ni siquiera exista.

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