La Grieta en la Materia



Cábala · Lacan

La grieta en la materia

Ni aun las tinieblas son oscuras para ti,
y la noche brilla como el día.
La oscuridad y la luz son iguales para ti.Salmo 139:12

I · Dos marcas que no son la misma marca

Acomodando unos muebles con un pariente que conozco muy bien, rocé la pared y dejé una marca. Una raya pequeña de pocos milímetros en la pintura. La miré, la registré, seguí. El que me ayudaba la notó: «hiciste una marca en la pared», dijo, tranquilo. Asentí y dije bromeando: «dejé mi marca en la pared», como si fuese un legado del que sentirse orgulloso, sin darle mayor importancia. No era mi casa, pero tampoco me pesó: sé que se podía arreglar.

Minutos después, él dejó también su marca. Un tercio de la mía, apenas nada. Y gritó. Un grito de agonía que le salió del fondo de su corazón, una maldición contra sí mismo por haber tocado la pared, un retorcijón, las manos golpeando el aire, y luego un giro entero que lo dejó otra vez de frente a la marca diminuta, como para verificar su desastre. Y como si ese vendaval fuera un hecho habitual, volvió a la calma.

Dos marcas físicas casi idénticas: pintura desplazada, un surco mínimo. Pero no son la misma marca. La mía fue una raya. La suya fue una raya más un castigo imaginario. Y entre los dos no viajó una sustancia, ni una energía. Viajó una manera clara de responder ante un error. La diferencia no estaba en la dimensión de la marca: estaba en la distancia entre las dos lecturas de una raya. No en la cosa, sino en el intervalo. Allí vi surgir en la pared blanca, a través de esa diminuta marca, la mismísima cara del mal.

II · El mal no está en la cosa

Todo lo que hay está sumergido en lo que Lacan llamó lo Real. No la realidad ordenada que nombramos y medimos, sino lo que resta a cualquier nombre. El sujeto está inmerso en ese océano, sostenido entre la palabra y la imagen, entre lo simbólico y lo imaginario, y lo Real lo excede por todas partes. Traza formas y las nombra —una casa, un árbol, un perro— y lo Real es todo lo que queda afuera del nombre: qué es esa casa en su exactitud, qué es de verdad un árbol. Ningún nombre es la cosa (ceci n'est pas une pipe); lo que se escapa de cada definición es casi todo. Pero lo Real no es solo lo que no alcanzamos a describir: es lo que insiste, lo que vuelve siempre al mismo lugar, lo que no se deja nombrar por más que lo intentemos. La raya en la pared vuelve, no como hecho sino como dolor sin comprender el porqué. Lo Real no es bueno ni malo: es la incertidumbre que esconde el saber.

De ese mismo océano, algo llega hasta el sujeto y se le queda dentro: un error, una raya, un impacto, algo que entró y no encaja. En su origen no es nada todavía: ni bueno ni malo, solo lo que irrumpió. Y aquí empieza lo que importa: el mal no está en lo que entra, sino en lo que se hace con ello. En cómo se recibe, se interpreta o se descarga. Tres maneras, tres caras.

1) Lo que entra y duele: el sufrimiento. Un accidente que cambia la vida, los dedos en el enchufe, una palabra que hiere, un diagnóstico, una noticia que parte en dos, una pérdida, el encuentro entre sujetos cuyos universos resultan incompatibles. Es lo Real irrumpiendo antes de que el sujeto pueda comprender qué ocurre. En ese primer instante no hay todavía explicación, culpa ni sentido. Hay impacto. La estructura que aplasta llega sin rostro, como una irrupción cuyo autor o significado todavía no puede leerse. Vista desde quien la recibe, esa es la primera cara del mal: el sufrimiento.

2) Lo que ya entró y regresa como lectura del presente: el miedo aprendido. La misma raya en la pared: para uno fue una raya; para el otro, una raya más castigo. Aquí ya no estamos solamente ante lo que ocurre, sino ante un sujeto que interpreta lo que ocurre desde algo que ocurrió antes. Y esa lectura no es libre: proviene de un circuito que aprendió qué anticipar. Al principio, esa anticipación protege: algo dolió, quedó registrado como peligroso y el sujeto aprendió a reconocerlo antes de volver a sufrirlo. No meter la mano al fuego dos veces es memoria que cuida. Pero el mismo mecanismo puede cerrarse sobre sí mismo. Entonces ya no reconoce el peligro, sino que lo produce anticipadamente. Condena a la cosa o al otro antes de dejar que aparezcan como algo nuevo. Lo que llega desde afuera puede ser mínimo; lo que el sujeto proyecta sobre ello puede ser enorme. El pasado ocupa el lugar del presente. Esa es la segunda cara del mal: el miedo aprendido.

3) Lo que sale hacia otro: la transgresión. Hay una tercera posibilidad: aquello que el sujeto no quiere atravesar puede descargarlo sobre otro. La mentira, el robo, el dominio, el maltrato son distintas formas de ese movimiento. Funcionan como atajos. Entre lo que el sujeto quiere y lo que efectivamente hay existe una distancia que exigiría esfuerzo, espera, renuncia, negociación o aceptación de un límite. La transgresión acorta ese recorrido trasladando el costo a otro. Desde un extremo, para quien la recibe, es herida; desde el otro, para quien la ejecuta, puede funcionar como alivio, ventaja, seguridad o descarga. El mismo acontecimiento tiene así dos posiciones. El mal que uno recibe y el mal que uno hace pertenecen al mismo circuito: una tensión que, en lugar de atravesarse, encuentra una salida rápida y deja su costo sobre uno mismo o sobre otro. Lo que no se atraviesa en uno mismo, se atraviesa en otro. Esa es la tercera cara del mal: la transgresión.

Y ninguna de estas respuestas es mala en sí. Se puede destruir podando lo enfermo, o arrasando lo sano; se puede crear levantando un refugio, o fabricando una mentira; se puede conservar cuidando, o asfixiando. El mal nunca está en el acto: está en la relación, en el que lo sufre y en el que lo hace.

En el estudio de la cábala, el árbol de la vida sirve para mostrar dónde y cómo ocurre esto. En términos psicológicos es una máquina del deseo: un esquema medieval que, de manera intuitiva, modela cómo el sujeto maneja su deseo, balanceándose entre lo simbólico y lo imaginario, y descendiendo desde la idea hasta el acto. No es prueba de nada; es un mapa. Y permite ubicar el punto donde la línea que trazamos como límite entre lo bueno y lo malo se rompe, donde lo Real irrumpe y da lugar a las distintas caras del mal.

Las diez sefirot son, usando un lenguaje visual, vasijas: recipientes, puntos en un mapa del alma. Arriba, la idea originaria; abajo, la acción o la cosa que se hace. El yo es una de ellas, en un punto intermedio: Tiféret, la única de las diez vasijas que se mueve. Las demás están fijas; ella no. Las otras vasijas son decantaciones del deseo traducido en lo imaginario o en lo simbólico, y sujetan al yo con una especie de cuerdas, jalando de él desde distintos lados, cada una con su propia fuerza. Tiféret no es una vasija quieta: es un nudo tensado entre las cuerdas de las cinco vasijas que la rodean. Ese nudo, en lenguaje lacaniano, es el yo, sostenido entre dos columnas sin coincidir con ninguna. La columna de la izquierda es la simbólica: la ley, el límite, la palabra. La de la derecha es la imaginaria: la expansión, la imagen, el sentimiento.

La columna de la izquierda, la simbólica, apila dos vasijas: Guevurá, arriba, el límite, lo permitido y lo prohibido, la ley que corta, el nombre del padre; y debajo Hod, la palabra y la comunicación. La columna de la derecha, la imaginaria, apila otras dos: Jésed, arriba, la expansión y la acogida —sigues valiendo, el error no exige tu castigo—; y debajo Nétsaj, la expresión sentimental y artística. En el centro, bajo Tiféret, está Yesod: el impulso sexual y el vínculo. No pertenece a ninguna columna porque combina las dos —lo simbólico y lo imaginario se anudan ahí antes de descender— y por eso ocupa el eje del medio, el que conduce hacia el mundo: Maljut, aquello que desciende hasta hacerse realidad concreta. Y por encima de Tiféret, coronando el árbol, se alza una tríada más alta —Keter, Jojmá, Biná—, la región de donde todo desciende, que el yo no toca todavía. Ninguna es el problema. Todas son fuerzas necesarias y hacen falta todas.

El deseo circula por el árbol como una onda: una energía que se canaliza entre las columnas y se concentra en cada punto del mapa. Tiféret se mueve dentro de ese campo. No está fija: orbita, y su órbita se acerca a cada fuerza según lo que el momento pide —a Guevurá cuando hace falta límite, a Jésed cuando hace falta acogida, a Yesod cuando hay que actuar. Esa es su salud: no un centro perfecto e inmóvil, sino un centro de gravedad que puede desplazarse, una órbita amplia que recorre el árbol sin quedarse en ningún punto.


Pero el problema no es acercarse a una fuerza; sino salir de rango. Y se sale de dos maneras opuestas. Por defecto: la órbita se cierra cerca de una sola vasija, y el centro de gravedad se clava, y Tiféret queda presa de un punto que antes solo visitaba. Por exceso: la órbita se desborda hacia afuera, más allá del árbol, hacia el deseo de las klipot, donde cada fuerza se cortocircuita en su extremo. En ambos casos la fuerza sigue siendo legítima; lo que se deforma es la órbita que perdió su amplitud. Una herida vieja es lo que descentra ese movimiento, y esa es la forma exacta del miedo aprendido: no un sentimiento, sino la geometría que una herida dejó fijada en el modo de moverse. 

Hay un lugar del árbol donde dos de estas vasijas se oponen de frente, como los dos polos de una chispa: el cruce entre Jésed y Guevurá, por encima de Tiféret. La misma oposición entre expandir y frenar recorre todo el árbol, pero aquí alcanza su forma más plena y humana —dar sin medida contra cortar sin medida— y es el único lugar que carga directamente sobre el yo.

Hay un lugar del árbol donde dos vasijas tiran del yo en sentidos opuestos, cada una con la misma fuerza: el cruce entre Jésed y Guevurá, por encima de Tiféret. La oposición entre expandir y frenar recorre el árbol entero, pero solo aquí alcanza su forma más plena y más humana —dar sin medida contra cortar sin medida—, y solo aquí carga directamente sobre el yo. Aquí, en el centro del árbol de la vida, se esconde aquel otro árbol del jardín: el del conocimiento del bien y del mal.

«Bien y mal» no nombra dos sustancias enfrentadas, sino los dos extremos de un mismo campo —como «cielo y tierra» nombra todo lo que hay entre ambos. En la tradición, estas dos vasijas son precisamente agua y fuego: Jésed que fluye, Guevurá que quema. Lo que se opone en este cruce no es todavía lo bueno contra lo malo, sino el dar contra el frenar, el permiso contra el límite. De lo bueno y lo malo todavía no sabemos nada: nacerán después, según cómo el yo sostenga esta oposición.

Y esa oposición no es un defecto. Está ahí para que algo pueda tomar forma. Jésed sola se expandiría sin fin; Guevurá sola cortaría hasta no dejar nada. Solo de la tensión entre las dos surge un contorno, una medida, una forma habitable. Nada puede delimitarse, diferenciarse, existir como forma, sino sostenido entre un dar y un frenar. Por eso el dolor está inscrito en la geometría misma del árbol: cuando Tiféret es arrastrada a ese cruce y tiene que sostener a la vez la entrega de Jésed y el corte de Guevurá, aparece el dolor.

Y entonces, cuando en cualquier acción —como mover un mueble— el yo, Tiféret, se acerca a esa zona de tensión entre lo permitido y lo prohibido, si no hace lo que debe, o si hace lo que no debe, cae. Cae expulsado, eyectado, en cualquiera de las tres descargas inferiores: hacia Hod, y se verbaliza «soy culpable»; hacia Yesod, donde aparece la compulsión, el acto repetido; o hacia Nétsaj, y estalla en llanto, en temblor, en gesto. Cualquiera de esas caídas rápidas es un alivio, y aquí está lo difícil de entender: alivia no porque el dolor cese, sino porque el dolor toma otra forma. Sostener la tensión pura del cruce es a veces insoportable, como estar suspendido sobre el vacío de querer y no poder; caer a «soy culpable» duele, pero al menos es un suelo. El sujeto prefiere un dolor con razón, forma y circunstancia a la angustia sin forma. Y esa satisfacción rara —dolerse y descansar a la vez en un dolor que ya se conoce— es lo que Lacan llamó goce. El goce no es el mal. El goce es el rebote que da un extra de sensación, un surplus, un corrientazo a pequeña escala: la caída, entonces, alivia, y como alivia se repite.

El mal aparece de manera distinta en las dos primeras formas. Cuando el sujeto se enfrenta a aquello que duele, con un guion aprendido o sin él, puede no sostener la tensión y rebotar. Todos respondemos así alguna vez. El problema comienza cuando el rebote deja de ser un alivio momentáneo y se convierte en la única física posible: una órbita que gira una y otra vez hacia el vacío, hacia lo que llama desde detrás de las sefirot, el goce sin ley de las klipot.

Cuando el yo es eyectado, cae en una de esas órbitas. Y ahí, en la más feroz de ellas, el castigo confirma que todavía se existe para ese Otro que alguna vez inscribió el par error y dolor. Cuanto más se castiga el sujeto, más asegura su lugar: se sufre para seguir existiendo ante alguien. La ley simbólica dice: «hubo un error, respóndelo». Pero esa ley tiene un reverso feroz, el superyó, que transforma la responsabilidad en una exigencia de sufrimiento: «hay un error, sufre». Ya no dice «hiciste algo», sino «tú eres el defecto, retuércete y no dejes de hacerlo». El error concreto pertenece a una situación y puede repararse; la falta que constituye al sujeto no es culpa de nadie y no puede pagarse. Cuando el superyó cobra esa falta como si fuera una deuda, la cuenta se vuelve infinita. La misma raya en la pared termina viviéndose como si fuera una descarga en la médula.

Pero la tercera forma sigue otra lógica. Aquí el sujeto no solo rebota ante algo que le llega, sino que se aproxima voluntariamente a un atajo. Lo atrae la promesa de que aquello que va a hacer en su transgresión es necesario, o al menos más conveniente que las otras posibilidades. Mentir en vez de explicar, robar en vez de conseguir, dominar en vez de negociar son formas de evitar el trabajo de tener que lidiar con el deseo del otro. Siempre existe una racionalización: no había otra salida, era lo más fácil, era lo más rápido, ese se lo merecía. El atajo ofrece evitar el esfuerzo de atravesar aquello que se interpone entre el sujeto y lo que quiere. El precio de esa comodidad lo paga otro.

III · Lo que se hereda es un circuito

Lo que viajó entre las dos marcas de la pared fue una solución aprendida ante el error: un par, error y castigo, atado como un solo movimiento. Y no viajó como sustancia: viajó como desajuste, como una manera de no coincidir con lo que ocurre. El que recibió alguna vez ese par, «hiciste algo, ahora paga», lo reproduce décadas después contra sí mismo, sin nadie enfrente que lo exija. Mi pariente que grita ante su propia raya no responde a la raya, que es mínima y presente. Responde al castigo que aprendió a anticipar. La pared de hoy no recuerda nada; ocupa el lugar donde alguna vez estuvo el que castigaba.

Cuando ese Otro ya no está, el circuito sigue girando solo. Aquí conviene una figura antigua. En el libro de Job, ha-Satán no es el rival de Dios, sino el acusador de la corte. Su tarea es exponer la grieta, mostrar dónde la vasija no cierra. El circuito heredado hace algo parecido: mantiene vivo al acusador mucho después de que el tribunal se disolvió, y sigue buscando la grieta por inercia.

El acusador solo sabe cobrar culpa. La Cábala no hace de la culpa el destino del error. El error exige una respuesta, y esa respuesta es el tikún, la reparación. La culpa encierra al sujeto en «soy malo»; la responsabilidad pregunta «¿qué hago ahora para reparar?». La primera alimenta la órbita; la segunda empieza el tikún.

La tradición cabalística introduce aquí una paradoja importante. La inclinación al mal también fue llamada «muy buena», porque sin ella nadie construiría una casa ni tendría hijos. Tras el deseo hay una potencia, y esa potencia no es mala en sí misma: puede buscar el atajo y descargar la tensión sobre otro, o sostenerse hasta volverse creación. Lo que cambia no es la potencia, sino el recorrido que toma.

IV · Pintar la pared

Ante el mal inesperado hay dos movimientos posibles. El primero ya lo vimos: rebotar. Tiféret se acerca a la tensión entre Jésed y Guevurá, no consigue sostenerla y cae hacia Hod, Nétsaj o Yesod. Allí encuentra una salida momentánea: culpa, descarga emocional, compulsión. El dolor adquiere una forma y, precisamente por eso, produce alivio. Ese es el circuito del goce.

Pero hay otro movimiento posible: atravesar hacia arriba.

En lugar de escapar de la tensión, Tiféret permanece en ella. Jésed dice: sigues valiendo. Guevurá dice: algo ocurrió y tienes que responder por ello. Ninguna de las dos puede desaparecer. Si solo queda Jésed, la acogida puede convertirse en indulgencia: aquí no pasó nada. Si solo queda Guevurá, la ley puede convertirse en castigo infinito: ya no hiciste algo malo, ahora tú eres lo malo.

Atravesar esa zona significa sostener ambas verdades sin resolver inmediatamente la contradicción. Hay aquí una resonancia con aquello que Lacan llamó atravesar el fantasma: dejar de responder desde el guion que ya había decidido de antemano quién soy, qué significa lo ocurrido y qué debo sentir o hacer frente a ello.

Y aquí aparece el movimiento contrario a la caída.

Tiféret puede atravesar la tensión entre Jésed y Guevurá y dirigirse hacia el Abismo, la frontera que en el Árbol separa las siete sefirot inferiores de la tríada superior. Este Abismo no es el vacío exterior hacia el que se desbordan las fuerzas en las klipot. Es una frontera interna del mapa, un umbral entre dos modos de conocer. Cruzarlo significa avanzar cuando las respuestas conocidas han dejado de servir y todavía no existe una nueva posición desde la cual responder.

Al atravesarlo aparece Dá'at.


Dá'at suele representarse en esa zona del Árbol, pero no hace falta entenderlo como un lugar al que Tiféret se muda. En el modelo que propongo aquí, Dá'at es más bien una forma de conciencia del Árbol entero: el momento en que el yo puede reconocer simultáneamente las fuerzas que lo mueven sin quedar capturado por ninguna. No es otra vasija. Es una ampliación de la mirada.

Por eso el desborde hacia las klipot y Dá'at son movimientos opuestos. En el primero, la órbita de Tiféret pierde libertad y queda fijada en una respuesta. En el segundo, recupera amplitud. El miedo aprendido había convertido una herida pasada en una posición presente. Dá'at permite ver esa posición como posición y no como realidad inevitable.

Dá'at significa conocimiento. Es la misma palabra que aparece en el Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal. Comer del fruto arrojó al ser humano al conocimiento de una oposición que todavía no sabía sostener. Alcanzar Dá'at puede leerse entonces como volver a ese conocimiento, pero esta vez siendo capaz de permanecer ante él sin rebotar inmediatamente.

Puedo repetirme mil veces: «equivocarme no significa que yo sea el error», y continuar retorciéndome cada vez que hago una raya en la pared. Ese saber todavía pertenece a las palabras. Dá'at aparece cuando deja de ser solamente una frase y modifica la posición desde la cual respondo. El cuerpo ya no necesita ejecutar automáticamente el viejo guion. El conocimiento deja de describir el circuito y comienza a transformarlo.

Pero comprender no repara nada.

Por eso después de atravesar tiene que haber un descenso. Y este descenso no debe confundirse con la caída anterior. En la caída, Tiféret era expulsada por una tensión que no podía sostener. En el descenso, vuelve voluntariamente hacia el mundo con algo que antes no tenía. Baja con un saber.

Ese saber atraviesa nuevamente el Árbol hasta llegar a Maljut, el mundo de lo concreto. Allí deja de ser comprensión y se convierte en acto. Ese descenso es el tikún: reparación.

La diferencia entre caída y descenso no está, entonces, en que ambas terminen abajo. Está en cómo se llega allí. Se puede caer expulsado por aquello que no se soportó, o se puede descender después de haberlo atravesado.

Para la tercera cara del mal, la transgresión, este descenso exige todavía algo más. Si el costo de mi atajo cayó sobre otro, no basta con comprender por qué lo hice ni con sentirme culpable. El conocimiento tiene que alcanzar aquello que fue dañado. Reparar puede significar devolver, corregir, pedir perdón, reconstruir o asumir una consecuencia concreta. La culpa termina en el sujeto. La responsabilidad termina en el mundo.

Eso es el tikún, la reparación.

No borrar el error. No negar el dolor. Tampoco demostrar que uno era inocente. Atravesar lo ocurrido, modificar la posición desde la cual se responde y hacer descender ese saber hasta convertirse en acto.

Hay todavía una manera más silenciosa de fracasar: entender y no bajar. Ver la raya, reconocer perfectamente lo ocurrido y dejarla allí. Incluso la culpa puede servir para eso. El que permanece arriba castigándose puede evitar la tarea mucho menos espectacular de reparar. «Soy malo» cierra el problema alrededor del sujeto. «¿Qué hago ahora?» lo obliga a salir de sí.

El mal no entró al mundo simplemente por conocer el bien y el mal, sino por encontrarse con esa tensión sin saber qué hacer con ella. Por eso reparar no consiste en regresar al jardín anterior al conocimiento. No hay regreso posible a esa inocencia. Consiste en conocer y poder sostener lo conocido.

Mi pariente ya conoce la diferencia entre lo que quería hacer y lo que hizo. La raya le basta para activar el circuito entero y por eso rebota. Yo puedo sostener esa raya sin hacerlo, pero tengo las mías: otros lugares donde una pequeña marca basta para arrastrarme hacia una posición que conozco demasiado bien. El Árbol es el mismo. La herida que descentra a cada uno es distinta.

No podemos impedir que el sufrimiento nos alcance. Pero podemos impedir que quede fijado como miedo y que vuelva a salir de nosotros convertido en daño.

La marca sigue en la pared. Ya no necesita decir quién soy. Dice solamente que algo ocurrió.

Subir con voluntad fue atravesar el Abismo.

Bajar con gracia es reparar el alma.

Y si hace falta, pinto la pared.


Referencias
  • Salmo 139, versículo 12. Sobre la equivalencia de luz y oscuridad; epígrafe del ensayo.

  • Isaac Luria, cábala del siglo XVI. La ruptura de los vasos y la reparación como estructura del árbol y del acto de reparar.

  • Jacques Lacan, Seminario 7, La ética del psicoanálisis (1959–1960). El goce y su relación con lo prohibido.

  • Jacques Lacan, Seminario 11, Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis (1964). Lo Real y el atravesamiento del fantasma.

  • Jacques Lacan, Seminario 20, Aún (1972–1973). El goce y el imperativo del superyó.

  • Midrash Génesis Rabá 9, párrafo 7. Lectura según la cual «muy bueno» incluye la inclinación al mal, sin la cual nadie construiría ni engendraría.

  • Libro de Job, capítulos 1–2. El Satán no como rival de Dios, sino como acusador dentro de la corte celestial: la figura del circuito heredado.

  • Génesis, capítulos 2–3. El árbol del conocimiento del bien y del mal, y la oposición que el ser humano aún no sabe sostener.

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