El mundo del tamaño de un gato

Lacan y Cábala

El mundo del tamaño de un gato

Un gato y el arte de no ser el destinatario de todo

Hace años vivía con un gato. Un gato que no vivía en el mundo, sino en un recorte del mundo, cortado a su medida. No sé qué ocurría de verdad en su cabeza; hablo del gato tal como me parecía a mí. Y tanto lo conocía que traducía sus acciones en unas pocas ideas:

Quiero comer.

Quiero jugar.

Quiero dormir ahí.

Quiero saltar allá.

Quiero caminar afuera.

Eso no me gusta.

El mundo solo significaba aquello que entraba en el campo de su deseo. De todo lo que existía a su alrededor, únicamente pasaba a su universo lo que cruzaba un filtro muy pero muy estrecho: comida, peligro, confort, juego. El resto no es que lo ignorara. Es que no existía. Los muebles caros, los cuadros con pinturas de puertas, las estrellas afuera, mi dolor ante la muerte de alguien importante para mí: nada de eso tenía lugar en su mundo. Literalmente no estaba ahí. Nunca existió para él como cosa con sentido.

Su universo era exactamente del tamaño de su goce, ni un centímetro más.

Y me di cuenta de algo. Un mundo así de recortado no necesita ningún Dios.

El gato nunca miró una tormenta y se preguntó qué le estaba queriendo decir. Nunca atravesó una desgracia y buscó su lección. Nunca levantó la vista para averiguar si alguien, en algún lugar, sabía por qué le pasaban las cosas, o si alguien lo amaba. La tormenta era ruido peligroso y punto. No había mensaje porque no hacía falta que lo hubiera. Las cosas lo tocaban, pero ninguna le hablaba.

Con nosotros ocurre lo mismo, al menos al principio. El mundo tampoco se nos presenta entero. Cada ser recorta de él aquello que su deseo, su necesidad y su temor vuelven significativo. Pero a esa pregunta que el gato nunca se hizo, la de si alguien, en algún lugar, lo amaba, nosotros no dejamos de volver.

Lo que no se desea no se ve

El mundo no es información, como dicen algunos. El mundo solo está ahí, lleno de diferencias mudas. Es el ser vivo quien convierte algunas en información, según lo que necesita o desea. La información no está en las cosas: nace cuando una diferencia, para alguien, sobresale. Lo que no se desea no se ve, pero lo que se ve o se desea o se teme.

Y no es una manera de hablar. Lo que queda fuera de ese campo no es que se vea mal o se vea poco. Sencillamente no está. El gato tenía delante libros, cuadros, la ventana abierta al cielo, y nada de eso existía, porque nada de eso tocaba su hambre ni su miedo. Ver, para un ser vivo, no es recibir el mundo. Es recortarlo.

Por eso dos seres pueden habitar el mismo espacio físico y vivir en mundos completamente distintos. Y en el humano ocurre algo más. El deseo puede cambiar. Entonces el mismo mundo cambia sin que las cosas hayan cambiado. Cuando amamos a alguien, la ciudad entera se apaga, se vuelve un decorado que estorba, porque todo lo que no es el ser amado deja de importar. Y cuando dejamos de amarlo, esa misma ciudad se enciende de nuevo, vuelve a existir. Cuando cambia el deseo, cambia lo que vemos, y cuando cambia lo que vemos, cambia el mundo que habitamos.

La tentación de ser gato

Y sin embargo, algo en ese consuelo no me termina de convencer.

Porque el gato está en paz, sí, pero ¿a qué precio? Está en paz porque casi nada le importa. Su mundo cabe en cuatro cosas, y todo lo que no entra ahí no lo alcanza. Si la calma consiste en eso, en achicarse hasta que casi nada nos concierna, entonces no es una calma que yo quiera. Se parece demasiado a apagar la casa para no pagar la luz. Yo no quiero un mundo tan chico, quiero que me quepan la estrella que no me calienta, las historias que me hagan soñar y la mirada de alguien para quien yo exista más allá de mi carcasa húmeda. El problema es que, apenas dejo entrar más mundo, aparece el peligro contrario: acumular sin límite.

El gato desea cuatro cosas. Nosotros podemos desear una estrella, un teorema, la vida de alguien que no vamos a conocer. Ahí está de verdad el tamaño del deseo: no en desear con más fuerza, sino en cuántas cosas distintas pueden llegar a importarnos. Y arrastramos, además, un deseo que no cierra nunca, el de significar algo para alguien, porque su cumplimiento no depende de nosotros sino del otro.

Esas dos cosas juntas arman la trampa. La variedad nos hace el mundo grande, pero el deseo de significar para otro no se calma acumulando. Uno puede recibirlo todo, leer, viajar, juntar experiencias como quien junta dinero, y seguir sin significar nada para nadie, porque el que acumula sin dar cree que así llega a ser algo para el Otro, y se equivoca: para el Otro no cuenta lo que guardaste, cuenta lo que diste. El que solo absorbe cosas o placeres termina con un mundo enorme que es solo suyo, una despensa llena que nadie más va a abrir. Ha recibido muchísimo y no ha devuelto casi nada. Su alma es del tamaño de la del gato, porque no ha aprendido nada más que a seguir sus formas de goce.

¿Y qué es dar? Porque si es dar cosas, no sirve. Las cosas se olvidan igual que los placeres. Y si es darse a alguien, tampoco, porque ese alguien no existe del todo, es siempre tu idea del otro, una figura que armaste tú para que te devuelva algo, la afirmación de que existes. El que da esperando algo de vuelta no dio nada, sigue acumulando en otra moneda. Dar de verdad, entonces, tiene que ser otra cosa. No simplemente entregar algo a alguien. Romper la cadena de acción y reacción, hacer algo y no esperar su reacción inmediata. Dejar salir un acto con la confianza de que en algún momento, en algún lugar, y en alguien, hará algún bien, sin saber dónde cae, ni a quién le llega, ni cuándo.

Escribir como devolución

Escribir, me doy cuenta, es lo más cerca que estoy de eso. Recibo mundo, lo que leo, lo que vivo, lo que pierdo, y en lugar de guardarlo dándole vueltas a solas, donde todo termina tratando de mí, lo dejo salir en palabras que quizá le sirvan a otro que no sé quién es. La pérdida rumiada en silencio gira siempre alrededor de uno. La pérdida escrita se vuelve, con suerte, de alguien más. Tal vez por eso el gato no necesita escribir. Su mundo ya es del tamaño exacto de su goce.

El mío, no. El mío no deja de crecer, y la única forma que he encontrado de no ahogarme dentro es soltar lo que entra.

***

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