Las grietas del alma
Lacan y Cábala
Las grietas del alma
El sujeto barrado y los caminos del deseo
Cuando se empieza a estudiar la Cábala, con sus idas y venidas y ese lenguaje que nunca termina de cerrarse en una sola interpretación, es inevitable ligarla a algo que ya conocemos. Así funciona nuestra mente. Entramos en lo desconocido utilizando las formas de lo conocido. Una idea llama a otra, una imagen encuentra otra imagen y, algunas veces, dos sistemas que nacieron separados comienzan extrañamente a hablarse. Lo más interesante ocurre cuando el movimiento se invierte: después de mirar durante suficiente tiempo lo desconocido con las formas de lo conocido, lo desconocido empieza también a cambiar aquello con lo que habíamos llegado.
Eso ocurre cuando se contemplan algunas representaciones del nombre de Dios. Las cuatro letras de YHVH, יהוה , colocadas verticalmente de determinada manera, pueden adoptar la forma aproximada de un cuerpo humano. Yod, He, Vav y He se convierten en cabeza, brazos, torso (o una corbata) y piernas. Lo inquietante de esa figura está en su construcción: el cuerpo que parece uno está hecho de elementos separados. La apariencia de unidad surge de fragmentos de lenguaje que, colocados unos junto a otros, consiguen sostener una forma.
El sujeto entra fracturado
Allí comienza la conexión con Lacan . El sujeto entra en el lenguaje fracturado. Un niño aprende, por ejemplo, a llamar “mamá” a una figura mucho antes de saber todo lo que esa palabra llegará a significar. La palabra reúne experiencias distintas bajo un mismo significante y, al hacerlo, abre una distancia entre aquello que ocurre y aquello que puede decirse acerca de lo ocurrido. La imagen de la madre, la experiencia de su presencia o de su ausencia y la palabra que intenta nombrarla nunca coinciden completamente. Algo consigue pasar al lenguaje y algo permanece sin poder hacerlo.
Esa distancia acompaña después cada intento de decir quién se es. Entre la imagen que alguien construye de sí mismo y los significantes con los que intenta explicarla queda siempre un resto. Incluso cuando una frase parece expresar exactamente lo que se quería decir, una parte de la experiencia permanece fuera de ella. Lacan escribe por eso al sujeto con una barra, $ . La unidad que después llamamos Yo surge como una construcción capaz de producir cierta continuidad entre elementos que nunca terminan de encajar completamente.
Las letras que forman aquel extraño cuerpo de YHVH pueden leerse entonces como vestigios gráficos de esa fractura. Al apilar las letras, se ven con claridad los espacios entre ellas. El cuerpo aparece como uno porque sus fragmentos han conseguido articularse a pesar de los espacios que los separan. La unidad es entonces una reconstrucción imaginaria de fragmentos.
Aparece entonces otra representación cabalística que parece repetir la misma intuición: el Árbol de la Vida. También allí una figura humana está construida mediante partes separadas.
Los nodos y los caminos
La mirada suele dirigirse primero hacia las sefirot, esas diez esferas distribuidas en tres columnas que parecen contener el secreto del alma. Pero también pueden mirarse de otra manera. Cada sefirá puede imaginarse como un punto de atracción para la máquina del deseo que somos, una posición alrededor de la cual el deseo se organiza, cambia de dirección y adquiere una forma provisional. Algo falta, algo llama, algo promete satisfacción, y el deseo comienza a desplazarse entre imágenes, palabras, identificaciones y posibilidades. Una sefirá sería entonces una posición capaz de dar forma al deseo , alterar su dirección y reorganizar el recorrido que este realiza a través del Árbol.
Pero ninguna posición existe aislada. Las sefirot están unidas por caminos, y es precisamente en esos caminos donde el Árbol comienza a parecerse a una máquina. Podemos imaginarlos como filamentos conductores que permiten que algo circule de una posición a otra. El deseo no permanece detenido en una sefirá. Se desplaza, vuelve, cambia de dirección, atraviesa diferentes configuraciones y establece relaciones entre posiciones que nunca llegan a confundirse completamente.
En esta lectura, uno de los lados del Árbol entra en resonancia con lo Imaginario, con las imágenes mediante las cuales el sujeto intenta reconocerse y dar consistencia a lo que desea, mientras el otro entra en resonancia con lo Simbólico, con las palabras, los nombres, la ley y las diferencias mediante las cuales ese deseo puede ser organizado y expresado.
Los caminos permiten que esas posiciones entren en relación. A través de ellos circulan imágenes, significantes, identificaciones, recuerdos y fantasías. Pero ningún recorrido consigue contener completamente aquello que pone en movimiento.
La incandescencia de lo Real
Lo Imaginario y lo Simbólico pueden cruzarse una y otra vez, pero nunca consiguen transmitir completamente aquello que circula entre ellos. Algo permanece imposible de inscribir, algo no encuentra una forma definitiva y, precisamente por eso, insiste. Regresa en la distancia entre lo que se dice y lo que se quería decir, entre aquello que alguien imagina ser y aquello que irrumpe como algo desconocido de sí mismo, sin encontrar un lugar estable dentro de esa imagen.
En cada recorrido comienza a hacerse visible lo Real.
Los caminos del Árbol pueden imaginarse entonces como los filamentos de una lámpara incandescente. El deseo los atraviesa como una corriente, desplazándose entre distintas posiciones, pero ese movimiento nunca permanece completamente encerrado dentro de cada filamento. De ellos surgen calor, luz y un resplandor que no puede reducirse simplemente a la corriente que circula ni al conductor que la transporta.
Ese resplandor ofrece una imagen posible de lo Real: hace visible aquello que el recorrido produce sin conseguir contener completamente. Algo excede la relación entre los puntos que el camino conecta. Algo se desprende del movimiento mismo del deseo.
Si dos posiciones del Árbol pudieran coincidir plenamente, el camino desaparecería porque ya no habría distancia que recorrer. Pero la distancia es parte del diseño. Algo permanece separado, algo queda sin integrar y el deseo vuelve a ponerse en movimiento. Por eso el recorrido se repite. No solo porque busca llegar a algún lugar, sino porque aquello que busca nunca queda satisfecho por el camino que acaba de recorrer.
Cuando el deseo encuentra un camino cerrado
Imaginemos, por ejemplo, una demanda, marcada en rojo, que parte de Tiferet, el Yo, y se dirige hacia Guevurá, el límite, formulando una pregunta cualquiera: ¿me amas? Desde allí, la demanda intenta continuar su recorrido hacia Chesed, la expansión, la permisividad, el amor sin límites. El sujeto ha construido una determinada idea del Otro y espera encontrar en él una respuesta amorosa. Sin embargo, en este ejemplo, el paso entre Guevurá y Chesed se encuentra obstruido: el sujeto desea amor, lo reclama e incluso lo busca, pero no logra aceptar recibirlo.
La demanda sale de Tiferet, encuentra el camino cerrado y regresa hacia Tiferet como una respuesta, marcada en azul. No porque Guevurá haya respondido propiamente a la pregunta, sino porque la imposibilidad de completar el recorrido es recibida por el sujeto como una respuesta.
Ese regreso marca el comienzo del circuito. Guevurá no consigue llevar la operación hasta Chesed y la tensión retorna hacia Tiferet. Pero Tiferet sigue necesitando una respuesta y dirige entonces la demanda hacia otras posiciones del Árbol. La pregunta puede descender hacia Hod, Yesod, Netzach o incluso Malkuth. Cada posición ofrece una manera distinta de producir algo que pueda regresar a Tiferet y ocupar, provisionalmente, el lugar de una respuesta. Tiferet recibe aquello que vuelve, intenta incorporarlo y lo confronta nuevamente con la pregunta original. Si lo recibido no basta, la señal vuelve a circular.
Ya no estamos entonces ante un simple desvío de un punto a otro. Aparece una pulsación. Tiferet se convierte en el lugar al que la señal regresa una y otra vez, marcado en verde, mientras el circuito alterna entre juicio, búsqueda, respuesta y comprobación. Cada vuelta produce un pequeño cierre, pero cada cierre vuelve a abrirse. La psique encuentra algo, lo prueba, obtiene cierta satisfacción y vuelve a preguntar.
Aquí empieza a aparecer el goce.
El goce no está contenido dentro de Hod, Yesod o Netzach como si cada sefirá almacenara una sustancia particular. Surge en la repetición misma del circuito, en la excitación sucesiva de una constelación de posiciones y en el retorno constante hacia Tiferet. Ninguna respuesta consigue clausurar definitivamente la pregunta, pero cada vuelta produce algo suficiente para mantener el movimiento. Hay tensión, una descarga parcial, una nueva tensión y otra descarga. El circuito puede acelerarse hasta adquirir una cualidad casi orgásmica sin necesidad de desembocar en un orgasmo: una satisfacción producida precisamente por el movimiento que nunca consigue terminar de satisfacerse.
La figura muestra tres circuitos posibles de una misma pulsación. En los tres casos ocurre algo semejante: la pregunta parte de Tiferet, encuentra cerrado el paso entre Guevurá y Chesed y regresa sin haber obtenido la respuesta que buscaba. A partir de ese momento, la psique intenta producir esa respuesta por otros recorridos del Árbol.
Las flechas rojas muestran la pregunta y su retorno después de encontrar el camino cerrado. Las azules representan los recorridos alternativos mediante los cuales se intenta encontrar algo que pueda regresar a Tiferet como respuesta. Las sefirot marcadas en verde son aquellas por las que el circuito comienza a pasar con mayor insistencia. No son tres lugares donde reside el goce, sino tres maneras distintas de hacer circular una pregunta que no consigue cerrarse.
- En Jφ, el goce fálico, la búsqueda desciende hacia Yesod y puede prolongarse hasta Malkuth. Lo que no pudo recibirse directamente como respuesta amorosa comienza a buscarse en el deseo, la fantasía, el cuerpo y finalmente en algo que pueda sentirse como realizado. La pregunta «¿soy amado?» puede desplazarse hacia otras formas: «¿me desea?», «¿me elige?», «¿quiere mi cuerpo?», «¿ocurrió realmente?». El circuito intenta así convertir una pregunta difícil de resolver en algo que pueda comprobarse, cuantificarse o realizarse. Cuando algo vuelve desde Yesod o Malkuth, Tiferet puede recibirlo durante un instante como una respuesta, una confirmación sobre sí mismo. Pero Guevurá vuelve a interrogarla y el circuito comienza de nuevo. La satisfacción no está simplemente en el cuerpo o en el acto, sino en volver una y otra vez a buscar allí una prueba capaz de responder la pregunta.
- En JS, el goce del sentido, el recorrido encuentra en Hod una vía mucho más corta. En lugar de buscar una prueba en el cuerpo o en la realización, la pregunta busca una explicación. «Me lo dijo», «ahora entiendo por qué ocurrió», «esto significa que sí», «finalmente todo encaja». Algo encuentra sentido y ese sentido vuelve a Tiferet como respuesta. Durante un momento parece que la pregunta ha quedado resuelta. Pero el sentido puede volver a ponerse en duda. Guevurá interroga otra vez aquello que parecía claro y el circuito regresa a Hod en busca de una nueva interpretación. La satisfacción aparece entonces en ese movimiento repetido de comprender, cerrar provisionalmente la pregunta y volver a abrirla para producir un nuevo sentido.
- En JA, el goce Otro , la respuesta ya no se busca principalmente en una explicación ni en una comprobación concreta. El circuito se desplaza sobre todo entre Yesod y Netzach. Yesod introduce la escena del deseo, la fantasía y la implicación del cuerpo, mientras Netzach aporta intensidad, insistencia y afecto. Aquí algo puede empezar a sentirse verdadero precisamente por la fuerza con la que es vivido: «nunca había sentido algo así», «esto me atraviesa demasiado», «algo tan intenso tiene que significar algo». La señal regresa entonces a Tiferet cargada no tanto de una explicación o de una prueba, sino de una experiencia cuya intensidad parece bastar por sí misma. La satisfacción se encuentra cada vez más en dejarse atravesar por esa intensidad y volver a ella.
Los tres goces son, desde esta perspectiva, formas distintas de hacer pulsar el Árbol alrededor de una pregunta que continúa abierta . En todas ellas Tiferet aparece repetidamente porque es allí donde las respuestas parciales intentan convertirse en una nueva forma de “Yo”. Y Guevurá reaparece porque la pregunta que inició el circuito continúa exigiendo una confirmación.
El síntoma empieza precisamente allí. Una ruta creada para responder a una imposibilidad comienza a producir suficiente goce como para necesitar su propia repetición.
La pregunta puede permanecer sin respuesta, pero alrededor de ella el sujeto ha aprendido a gozar.
Los recorridos de los caminos del deseo permiten pensar también una cuarta forma de goce vinculada con Da’at (Conocimiento) . Da’at, aunque suele representarse gráficamente como una sefirá adicional en la tríada superior, también puede entenderse como un estado de excitación global del Árbol , el momento en que Jφ, JS y JA dejan de pulsar por separado y comienzan a reforzarse mutuamente.
Entonces la respuesta ya no llega solamente desde el sentido, el cuerpo o la intensidad. El sujeto comprende algo, lo siente, lo experimenta corporalmente en su plenitud y encuentra al mismo tiempo signos que parecen confirmarlo. Cada circuito valida a los demás. El sentido confirma la experiencia, la experiencia confirma la intensidad y la intensidad confirma aquello que se piensa. El resultado ya no se vive simplemente como “lo entiendo”, “lo siento” o “lo experimento”, sino como algo mucho más poderoso:
Da’at sería, en este sentido, una especie de cuarto goce, el goce que aparece cuando el Árbol entero entra momentáneamente en resonancia y produce una certeza total. El conocimiento emerge porque muchas partes del sistema parecen estar diciendo simultáneamente lo mismo.
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