La Ley del Deseo
Si en Cuando el mundo desaparece se exploraba cómo la saturación de sentido clausura la experiencia del mundo al cerrar el espacio del deseo, ese recorrido formulaba ya, de manera implícita, un enunciado central sobre cómo surge el deseo en la vida humana:
Este enunciado conduce inevitablemente a una pregunta que suele formularse de manera confusa, pero que es decisiva:
¿Se puede producir deseo?
En el lenguaje cotidiano se habla de deseo para nombrar objetos, personas o prácticas sexuales. Sin embargo, en el marco lacaniano, el deseo no designa una carencia de objeto ni una necesidad encubierta. No es la falta de algo que pueda obtenerse, ni una tensión que se resuelva por acumulación o descarga.
El deseo nombra una falta estructural. No la falta de algo concreto, sino la imposibilidad de que el sentido se cierre por completo. Toda palabra, toda imagen, toda explicación deja un resto. Algo que no puede decirse del todo. Es precisamente en ese resto donde el sujeto queda implicado.
Por eso el deseo no se produce. No se fabrica, no se induce, no aumenta ni disminuye como una magnitud. No responde a estímulos, ni a técnicas, ni a estrategias de intensificación. Lo único que puede ocurrir con el deseo es que el lugar donde podría aparecer se cierre o vuelva a abrirse. En este sentido, el deseo no es gradual. Simplemente: hay o no hay deseo.
El deseo se apaga cuando el sentido se presenta como completo, garantizado y transparente. Cuando se cree que todo está ya dicho, explicado y asegurado. Y reaparece cuando el sentido falla, cuando algo no encaja, cuando el sujeto se confronta con un punto de no saber. El deseo no crece con la carencia ni con la abundancia. Existe únicamente en un intervalo preciso: allí donde hay límite, falta y pregunta.
A pesar de ello, en el uso común se confunde con frecuencia el deseo con la lujuria o con la urgencia de poseer un objeto. Desde una perspectiva lacaniana, eso que suele llamarse deseo intenso es, en la mayoría de los casos, otra cosa: la demanda.
Demanda
No se pide para tener. Se pide para ser.
La demanda es un fenómeno del lenguaje y del lazo social. No se dirige al mundo en bruto, sino al Gran Otro, entendido no como una entidad mística, sino como el entramado de normas, expectativas, discursos y miradas que organizan lo que cuenta, lo que vale y lo que confirma una existencia.
Cuando alguien pide sexo, trabajo, dinero, reconocimiento, amor, justicia o atención, no está expresando un deseo en sentido estricto. Está formulando una apelación dirigida al Gran Otro. No se pide un objeto. Se pide una respuesta.
Toda demanda dice más de lo que dice. Detrás de cualquier pedido explícito hay una exigencia implícita de reconocimiento:
Por eso la demanda nunca se satisface plenamente con el objeto pedido. El sexo puede ocurrir, el premio puede llegar, el reconocimiento puede otorgarse. Pero la demanda regresa. Regresa porque nunca estuvo dirigida al objeto, sino al Gran Otro, que debía confirmar algo más fundamental: la existencia misma del sujeto. Y esa confirmación no es estable ni definitiva. Se exige una y otra vez.
Aquí conviene subrayar un punto decisivo:
Vivir bajo esa lógica es entregarse, inevitablemente, a sufrir. No porque el mundo sea cruel, sino porque sostenemos la expectativa de que ciertas acciones o condiciones, si se cumplen, producirán resultados estables y definitivos en el tiempo. Y esa garantía no existe.
A diferencia del deseo, la demanda sí puede producirse artificialmente. Se fabrica mediante discursos, símbolos, promesas y dispositivos culturales que organizan qué es legítimo pedir y qué se supone que debería confirmarnos.
La publicidad no crea deseo. Crea demanda.
Los medios no crean conexión. Crean expectativas de reconocimiento.
Los discursos sociales no inventan la falta. Popularizan las formas aceptables para que esa falta sea colmada.
No todas las demandas son equivalentes. Algunas abren conflicto, otras lo anestesian. Algunas buscan transformar un orden, otras solo inscribirse en él. Pero cuando la demanda se naturaliza como forma dominante de relación con el mundo, el deseo queda desplazado. La demanda eclipsa el deseo tanto en quien la formula como en quien la recibe.
Antes de instalarse la demanda, puede haber deseo: curiosidad, apertura, interrogación. Pero cuando la demanda se fija, la pregunta se transforma en exigencia, la expectativa en obsesión, la relación en tarea y obligación. El deseo pasa a segundo plano, hasta volverse irrelevante. El emisor y el receptor de la demanda quedan atrapados en un circuito de cumplimiento sin deseo. Demanda y deseo no pueden existir simultáneamente.
El engaño contemporáneo
Recibir el objeto, perder la confirmación
Hoy este proceso ya no es solo simbólico. Se ha materializado técnicamente. Algoritmos, plataformas e interfaces funcionan como operadores del Gran Otro contemporáneo. Un Otro que no falta nunca. Que siempre tiene una respuesta lista. Que anticipa, personaliza y entrega contenido antes de que la pregunta se formule.
Estos dispositivos no buscan que el sujeto desee. Buscan que demande de forma constante y previsible.
En las redes sociales, en las noticias y en los flujos de contenido, se salta el deseo y se instala la demanda. Se ofrece una fantasía de reconocimiento: esto va dirigido a ti, esto te representa, esto te concierne, tú importas. En el fondo, se busca atención dedicada. Ver para verse reflejado. Es una estimulación narcisista primaria que apunta a la repetición. El algoritmo funciona como un Otro que nunca falta, que sabe lo que queremos, que nos cuida, el padre ideal, y por esa anticipación no deja lugar para el deseo.
El engaño es sutil y devastador. El objeto llega. El contenido se consume. El mensaje se recibe. Pero la confirmación buscada no se produce. Y entonces la demanda insiste.
Cuando la demanda se vuelve la forma dominante de relación con el mundo, la vida se organiza en torno a expectativas ya formuladas. Se pide, se espera, se reclama. Y cuando el circuito se cierra sobre sí mismo, cuando nada se resuelve aunque todo se obtenga, emerge un movimiento circular: la repetición de la esperanza de que, en la próxima vuelta, aparezca la respuesta que siempre se escapa.
Cuando la demanda se instala y el deseo no responde
Si la demanda es estructural al lenguaje y al lazo social, la cuestión no es cómo eliminarla, sino qué ocurre cuando se instala como forma exclusiva de relación con un otro y con el mundo.
Cuando la demanda se instala, el sujeto queda orientado hacia una respuesta esperada. Se pide algo preciso. Se espera algo definido. El Gran Otro es supuesto como garante. Incluso cuando la demanda es legítima, su lógica es siempre la misma: si obtengo esto, algo se resolverá.
Pero la obtención del objeto no resuelve lo que la demanda sostiene en silencio. La demanda no fracasa porque el objeto no llegue, sino porque nunca estuvo dirigida al objeto. Estaba dirigida al Gran Otro. Y el Otro no puede responder a la pregunta implícita que toda demanda arrastra: la de una confirmación definitiva de la existencia del sujeto.
Salir de la fijación en la demanda no significa dejar de pedir ni resignarse. Significa dejar de creer que el Otro posee la respuesta correcta. Cuando la demanda deja de cerrarse sobre una expectativa precisa y comienza a interrogarse a sí misma, se abre un intervalo. Ese intervalo no elimina la demanda, pero la descompleta. Y solo allí puede reaparecer el deseo.
Este punto se vuelve especialmente visible en el campo del deseo sexual.
Existe una dimensión corporal de la sexualidad que responde a la excitación, la tensión y la descarga. Esa dimensión puede satisfacerse sin el otro como sujeto. No implica reconocimiento ni elección. No es deseo en sentido estricto.
La demanda sexual, en cambio, no se dirige al cuerpo del otro, sino a su lugar simbólico. No dice simplemente quiero sexo. Dice, entre piernas y manos: me deseas, me eliges, sigo teniendo un lugar para ti, por lo tanto existo. Por eso la negativa del sexo no duele en el cuerpo, sino en el lazo. Toca la base misma de la identidad.
El deseo sexual no se confunde ni con la excitación corporal, ni con la demanda de confirmación, ni con la pulsión, que abordaremos a continuación. No aparece por exigencia, ni por derecho, ni por negociación. Solo puede aparecer cuando el otro no está reducido a una función ni a un garante, cuando permanece en parte opaco, no asegurado, no disponible del todo.
El deseo sexual necesita intervalo, distancia y no saber. Y es precisamente por esta naturaleza esquiva que se rige por una lógica paradójica:
Allí donde el sexo se pide como confirmación, el deseo se retira.
Allí donde el sexo se exige, el deseo se apaga.
Insistir no produce deseo. Produce más demanda o más cierre. No insistir no garantiza que el deseo reaparezca, pero es la única condición que impide que la demanda lo asfixie por completo. A veces el deseo vuelve. A veces no.
Y cuando no vuelve, lo que aparece no es un error ni un problema a resolver, sino el límite mismo del vínculo: la prueba de que el deseo no responde a la acción, sino a la suspensión de ella. No se trata de un fallo técnico (a veces no es falta de comunicación, de estímulos o de estrategias), sino del intento de imponer la lógica de la demanda en un territorio, el del deseo, que solo admite la incertidumbre.
Pulsión
Cuando la confirmación ya no llega
Cuando la demanda se vuelve recurrente y pierde su capacidad de formular una pregunta, puede derivar en una lógica pulsional. La pulsión no es una necesidad exagerada ni una demanda insaciable. Tampoco es deseo. La pulsión es repetición.
Su satisfacción no está en alcanzar un objeto ni en obtener una respuesta del Otro, sino en recorrer una y otra vez el mismo circuito. El circuito mismo es la forma de goce.
Mientras la demanda pide y espera una respuesta, la pulsión no espera nada. No busca reconocimiento ni confirmación. Se repite porque hay algo en el cuerpo, atravesado por el lenguaje, que no puede simbolizarse del todo. Ese resto imposible de decir retorna como movimiento. Un movimiento que tranquiliza, no porque resuelva algo, sino porque evita el encuentro con una pregunta insoportable.
Aquí aparece una lógica cercana a lo obsesivo, pero no en sentido clínico individual. No se trata necesariamente de una neurosis obsesiva, sino de una organización pulsional obsesivizada, donde la repetición sustituye a la pregunta y el movimiento sustituye al acto subjetivo.
Esto se vuelve visible cuando la demanda se naturaliza como forma dominante de relación con el mundo y se vacía de interrogación. El scrolling es la forma contemporánea de ese proceso.
No se desliza la pantalla para encontrar algo, sino para no quedar expuesto al vacío de la falta. Cada contenido parece responder momentáneamente a la demanda, pero ninguno confirma lo que realmente se busca. El objeto llega. La imagen aparece. El mensaje se recibe. Pero la confirmación no se produce. Entonces el movimiento continúa. El gesto se repite no por deseo, sino para evitar el vacío que aparecería si el circuito se detuviera. Detenerse implicaría confrontar la incómoda pregunta que la repetición mantiene a raya:
El scrolling no es curiosidad ni búsqueda. Es una demanda que ya no pregunta y una pulsión que mantiene al sujeto en movimiento sin implicación. No hay acto, hay tránsito. No hay elección, hay deslizamiento. Por eso la pulsión no se apaga con la descarga. La descarga reactiva el circuito. No hay cierre definitivo ni resolución posible. El alivio es momentáneo y la repetición vuelve a ponerse en marcha.
Conviene, sin embargo, introducir una distinción fundamental. No toda repetición es mortífera. Hay repeticiones que sostienen un ritmo, un borde, una práctica: escribir, trabajar una materia, ensayar un arte, caminar sin objetivo productivo. Estas repeticiones no eliminan el intervalo. Lo preservan. En ellas, la repetición no sirve para evitar la pregunta, sino para alojarla.
El problema no es la repetición en sí, sino aquella que elimina la espera, aplana la diferencia y anula la pregunta. Cuando todo se ofrece como respuesta inmediata, cuando el Otro no presenta ningún agujero, el deseo no se intensifica. Colapsa.
La Ley del Deseo
La Ley del Deseo no es una técnica ni una promesa. Es una paradoja, el deseo no surge frente a un objeto, sino frente a un intervalo:
Solo hay deseo allí donde el sujeto puede implicarse en la producción de sentido sin garantía de confirmación.
Reconocer que no deseas lo que crees, que en realidad buscas ser confirmado, no es una revelación tranquilizadora. Es una pérdida. Se pierde la ilusión de que el objeto correcto, la respuesta adecuada o la insistencia justa resolverán lo que duele.
Pero en esa pérdida algo se abre.
Cuando la demanda deja de gritar para ser escuchada y puede comenzar a escucharse a sí misma, el mundo deja de ser un dispensador de respuestas y vuelve a ser un lugar de encuentro incierto. No hay garantía de que el deseo aparezca. No hay técnica para producirlo. Hay solo una condición: que el otro no sea forzado a confirmar, que el sentido no sea cerrado a golpes de expectativa.
Allí donde se acepta que ninguna respuesta asegura la existencia, el sujeto deja de exigirle al mundo una prueba constante de su valor. Y en ese punto, a veces, sin haber sido llamado, el deseo vuelve a respirar.
No como objeto.
No como derecho.
No como promesa.
Sino como lo único que no se deja confirmar del todo.
No se sale de la falta; se sale de la exigencia de que el Otro la cierre. Esa es la diferencia entre vivir como ecuación y vivir como apuesta de libertad.
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