Sonoridad (Sonority)


La pérdida de la resonancia

Sonority

Cuando tenía cinco años, quería hablar y que me vieran, y me dijeron que cuando los adultos hablan, los niños callan.

Aprendí entonces que la mesa no era para mí. No podía hablar. No podía irme. Solo podía callar, y caer.

He caído muchas veces desde entonces. Se siente como un vacío en el pecho, un vértigo en el estómago sin borde al que aferrarse. Una desconocida al otro lado de una mesa, alguien que acabo de conocer, saca el teléfono a los cinco minutos y se pone a deslizar la pantalla en silencio mientras yo me vuelvo un mueble. Y antes de ella, otras. Y antes de ellas, la relación con «esa, la elegida». Esa fue la caída más larga de todas.

Con ella, la trampa no era solo mía. Yo nunca separé el espacio: mi trabajo se filtraba en cada habitación, en cada hora, de modo que siempre estaba a medias presente, a medias en otra parte. Ella nunca separó el tiempo: no había frontera entre la hora de trabajar y la hora de compartir. Así nuestras expectativas se cruzaban en la oscuridad. Yo dividía mi atención y lo llamaba devoción. Ella esperaba ser encontrada y solo sentía mi ausencia y decepción. Ambos pasábamos ese hambre de calor humano, esa necesidad de ser sostenidos en la mirada del otro, y ninguno de los dos sabía cómo darlo.

Dos personas en la misma mesa, cada una cayendo, cada una segura de que el otro era quien no levantaba la vista. Es fácil hacer de ella la que se fue. Es más difícil, y más cierto, ver que yo ya me había ido. Trabajando, dividido, cayendo, mucho antes de que ninguno de los dos lo nombrara.

Durante años creí que esas caídas eran la herida.

Pero la herida es más vieja que cualquiera de ellas, y lo sé ahora gracias a una película que hice hace unos quince años, antes de entender nada sobre mí mismo.

La película

La llamé Sonority. Trata de un niño que de pronto pierde el sonido. No la audición, sino su voz, su presencia, el sonido que el mundo te devuelve para probar que estás ahí.

Ya no puede oírse nada de él.

Los demás niños lo acosan por eso. La madre lo llevan a médico, a psiquiatras, y los médicos hacen lo que hacen los médicos con un silencio que no pueden nombrar: culpan al niño. El problema tiene que estar en él. Algo debe de estar haciendo mal.

Mi hijo interpretó al niño. Thomas. Era el único niño disponible, y así es claro que el silencio es mío, mi propio hijo, mi propia carne.  Pero no, no es cierto, hubo otros dos niños que interpretaron a los que lo atormentaban.

No la llamé ese corto Silencio. Incluso entonces, sin saber por qué, lo llamé Sonoridad. La película nunca trató de la ausencia de sonido. Trataba de la pérdida de la resonancia. La respuesta que vuelve cuando hablas y descubres que otro ser humano no te ha oído.

Thomas no pierde el ruido. Pierde la prueba de que existe en el oído de otro.

En la película no hay cura. El niño nunca recupera su sonido. Un anciano lo encuentra y le enseña otro camino: no recuperar la voz, sino escuchar detrás de los sonidos, en los sueños, bajo la superficie donde el mundo ordinario es demasiado ruidoso para oír algo verdadero. Y entonces el niño simplemente sigue caminando.

Una voz en off habla de escuchar en los sueños, de la esperanza de que un día los demás también escuchen. Pero esa esperanza habita dentro de una historia cuyo verdadero final es este: el silencio permanece. No hay recuperación. Solo hay adaptación. No cambias. Aprendes a vivir en el mundo tal como es, sin ser oído, y sigues adelante.

Un amigo me dijo, en aquel entonces, que la película era sobre mí. 

No lo vi. No podía.

Cuando hice la película, creí que trataba de mi música. Las composiciones que nadie entendía, los sonidos que caían en salas donde nadie los oía. El compositor no escuchado. Eso me pareció la revelación, y me aferré a ella un tiempo, porque era algo soportable de ser. Un artista que se adelanta a su público es un silencio noble.

Pero después de terminar el segundo libro, no quedó lugar donde esconderse. La película no trata de mi música. Trata de mi vida. Thomas, el niño que pierde su sonido, es el niño de cinco años al que mandaron callar. Es el hombre en la mesa que se vuelve mueble. Es el hombre ausente cuya mujer ya se había ido.

Los médicos que culpan al niño son cada persona que se topó con mi silencio y decidió que la culpa estaba en mí. Y peor, son yo mismo, volviendo cada indiferencia hacia adentro, convirtiéndola en el veredicto de que algo anda mal conmigo, de que no soy suficiente.

Lo que el arte supo antes que yo

Hice todo esto hace quince años y no lo sabía. Le entregué a mi hijo el silencio de mi propia infancia y le pedí que lo representara. El arte lo supo antes que yo.

El arte conoció la herida mucho antes de que yo pudiera nombrarla. Y supo, esta es la parte que me detiene, el final. Supo que no habría recuperación. Solo una forma distinta de escuchar, y una vida que continúa en el silencio.

Solía leer eso como una derrota. El niño no mejora; solo se adapta. Pero empiezo a pensar que Thomas era más sabio que el hombre que lo filmó. No devuelve ninguna respuesta. Quizá nunca la hubo. Solo está el silencio que me dieron a los cinco años, y el largo trabajo de aprender a escuchar detrás de él, y la fe callada, no probada, de que un día, aunque sea en sueños, los demás también escuchen.

Sigo cayendo.
Pero el niño de la película sigue caminando,
no se detiene, y solo, sin nadie que lo sostenga, aun así, 
no se ha hecho pedazos.


 lacanianonline.com

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