Amarás a tu prójimo como a un fantasma

- Cábala -

Amarás a tu prójimo como a ti mismo

«Ciertamente, como una sombra anda el hombre».
Salmo 39

Todos creemos saber qué significa esta frase. La hemos escuchado innumerables veces, incluso quienes no practicamos ninguna religión, y de tanto repetirla ha dejado de significar algo: es apenas un dicho más.

Pero si la escuchamos como si fuera la primera vez, algo no encaja. Está escrita en futuro, como una orden. Se puede ordenar no robar o no matar. ¿Se puede ordenar amar? El amor parece lo único que no obedece regla: llega o no llega, sin pedir permiso. Y, sin embargo, la frase no lo pide: lo manda. Todos hemos sentido amor por alguien, y de eso podemos hablar. Pero esta frase, además, fija una medida. No dice «ama mucho» ni «ama a todos».

La dificultad está precisamente allí, en su parte final: «ama como a ti mismo».

¿Y cómo se ama uno a sí mismo? Somos autoindulgentes: dormimos más de la cuenta, comemos lo que no nos conviene, nos concedemos pequeños placeres a escondidas. Y, sin embargo, también somos implacables. Nos perdonamos errores que no perdonaríamos a otros y nos condenamos por otros que sí les perdonaríamos. Creemos dominar nuestras emociones, y de pronto son ellas las que nos dominan. Algo nos atrae, algo nos repele, y no siempre sabemos por qué. Y sobre todo:

Creemos conocernos.

Quizá ese sea uno de los mayores pecados del ser humano: suponer que, por el solo hecho de existir, sabemos quiénes somos. Sobre él se levanta una arrogancia aún más dañina: creer que sabemos quién es el otro.

Pero ¿qué sabemos realmente?

Imaginemos que estamos en el centro de una esfera pequeña, de apenas dos metros en cada dirección. Los ojos abarcan menos de la mitad de ella, y casi todo lo que abarcan es borroso. Si extendemos el brazo, lo que vemos bien cabe en la palma de la mano, y lo que vemos con total nitidez, en solo una uña. El resto lo completa el cerebro. Los oídos captan sonidos que apenas distinguimos; la piel, señales que nunca llegan a nuestra atención. Y en ese mismo espacio el aire se mueve, la luz rebota, millones de cosas ocurren a la vez sin que nos demos cuenta.

Si pudiéramos comparar lo que la conciencia alcanza en un instante con todo lo que sucede dentro de esa pequeña esfera, desde el nivel atómico hasta el sensorial, el resultado sería una cifra casi imposible de pronunciar:

0,00000000000000000000000596 %

No es una medición real, pero da una imagen clara de la magnitud de lo que no sabemos. Y aun así se queda corta, porque en esa cuenta no entra el cuerpo. Nuestro propio cuerpo, que no controlamos, regula sin avisarnos casi todo lo que no duele ni se siente; ocurre en nosotros sin que nos enteremos. Y guarda más masa que todo el aire que lo rodea.

Ni siquiera sabemos con certeza dónde está. La señal que parte de los pies tarda unas centésimas de segundo en llegar al cerebro, y el cerebro necesita todavía más tiempo para convertirla en percepción. Lo que sentimos como presente ya pasó. Para no vivir con retraso, el cerebro no espera: reconstruye dónde estaban y predice dónde estarán, un instante después, las manos, los pies, el suelo, y corrige cuando se equivoca. El cuerpo que creemos habitar es, en buena parte, una hipótesis. Lacan no partió de la neurología, pero llegó a una intuición cercana: la unidad del cuerpo es una imagen, y por eso la sitúa en lo Imaginario. Si alguien pudiera vernos tal como somos, no vería la figura cerrada que creemos ser, sino una presencia sin contorno: algo que está y no está, que actúa y siente, pero que nadie, ni siquiera el que es visto, alcanza a precisar dónde está.

Vivimos inmersos en un mundo que funciona por inercia, en automático, y desconocemos prácticamente todo lo que queda fuera de nuestra reducida ventana de información, y también lo que ocurre dentro de nosotros. Como cuerpos, sin embargo, no estamos separados de ese mundo: el universo nos completa, estamos hechos de su materia, nos atraviesa y es parte de nosotros. Pero aunque pudiéramos registrarlo todo, no bastaría. El lenguaje mismo lo impide: la palabra, lo último que creemos dominar, nunca alcanza a decir del todo lo que nombra; siempre deja un resto. Y hace falta, además, otro que interprete para confirmar, más o menos, que lo que decimos tiene sentido. Lacan nos llama sujetos barrados ($): inmersos en el lenguaje, nunca coincidimos del todo con lo que decimos ser.

Lacan va todavía más lejos. Para él, un significante representa al sujeto para otro significante. Cuando digo «soy profesor», «soy padre», «soy así», esa palabra me nombra, pero en el mismo movimiento me reemplaza. Aparezco en una palabra y me eclipso en la siguiente. A ese desvanecimiento lo llama aphanisis, «desaparición», o con una palabra inglesa, fading: la señal que se apaga mientras se escucha.

No estamos en ninguna palabra: estamos en el intervalo entre palabras.

Y si desaparecemos en cada palabra que nos nombra, necesitamos que otro nos vea aparecer. Por eso necesitamos a los otros: buscamos en su mirada, en sus tratos y en sus maltratos, la confirmación de que existimos.

Ser confirmados en el mundo es una necesidad.

Y, sin embargo, desde esa ventana diminuta, del tamaño de una uña, del tamaño de una palabra, nos juzgamos, juzgamos a otros, al universo y hasta a Dios, decidiendo si existe o no. Desde ahí decidimos quiénes somos, qué merecemos y quién es digno de nuestro amor, empezando por nosotros mismos. Entonces,

¿cómo puedo amarme por completo si, en buena parte, soy un desconocido para mí mismo?

Y no solo yo: el otro es también un universo que no alcanzo a ver.

El «como» de la frase empieza a tambalearse. Supone una balanza: en un platillo, el amor que me tengo; en el otro, el que debo al prójimo. Pero una balanza, que sirve para medir, aquí no sirve para nada: no sé qué mide, porque desconozco lo que hay en ambos platillos.

La medición del otro

Yehuda Ashlag, uno de los grandes cabalistas del siglo XX, explica el amor al prójimo con una historia del Talmud que resulta desconcertante. En una versión actualizada, sonaría así:

Un millonario lo pierde todo. Durante años se desplazó en un coche con chófer que lo esperaba a la salida y le abría la puerta al llegar. Aquella costumbre hacía visible su posición y el reconocimiento del que gozaba.

¿Cómo deberíamos tratarlo cuando cae en la pobreza?

Lo razonable para muchos de nosotros sería ayudarlo con el techo, la comida y la ropa. Pues no: la tradición sostiene que también habría que darle el coche y el chófer. Y si no se encuentra a nadie que conduzca para él, uno mismo debería hacerlo, respetando lo que aquel hombre consideraba parte de sus necesidades.

Reconozco que la primera vez que lo leí mi reacción fue de rechazo. Pero el objetivo de la historia es delatar algo escondido: medimos al otro con nuestra propia vara.

Cuando decido que alguien necesita solamente lo que yo necesitaría en su lugar, o incluso menos, no lo estoy viendo a él, sino a mí mismo en su situación. Amar al prójimo como a uno mismo no sería darle lo que yo querría recibir, sino reconocer, antes de darle nada, lo que tiene valor para el otro, aunque para mí carezca de sentido. No en vano la frase empieza por el otro y no por mí: el yo aparece después, solo para ajustarse a esa medida.

Darle el coche y el chófer no es sostener un capricho: es evitar que pierda de golpe su dignidad, mientras aprende poco a poco a ser otro. Pero la enseñanza también reconoce un límite. Si lo que alguien pide le hace daño, como quien pide dinero para seguir bebiendo, darle lo que pide no es amarlo. Para Ashlag, amar al prójimo es sostener al otro en su caída para que se recupere, no complacer su petición.

Muchas veces damos lo que nos resulta cómodo dar. Consejos, cuando el otro quiere ser escuchado. Soluciones, cuando busca reconocimiento. Dinero, para evitar comprometernos.

Dar también puede ser una manera de imponer.

El arte de recibir

Hasta ahora hemos mirado al hombre caído desde quien le da. Pero el que está del otro lado ve las cosas de otro modo. Para quien estuvo acostumbrado a tener, recibir puede ser humillante. De esa vergüenza habla Ashlag en otra escena:

Una persona con dinero invita a un pobre a comer. El invitado tiene hambre, pero rechaza la comida porque le avergüenza recibir sin dar nada a cambio. El anfitrión insiste, y el invitado comprende que aceptar alegra a quien lo invita. Entonces come. El plato es el mismo y el hambre también; lo que cambió es la intención. Ahora recibe para darle placer al otro. Ashlag llama a esto recibir para otorgar.

Para él, la vergüenza de recibir sin dar ocupa un lugar central en la cábala. Es lo que la tradición llama el pan de la vergüenza: el que se recibe sin sentir que se ha merecido, sin haber trabajado por él. Detrás de esa vergüenza hay una idea que conocemos bien: que tenemos que ganarnos el lugar que ocupamos ante la mirada del otro, demostrar que valemos lo que recibimos. Que nos aman en la medida en que damos, y que ese amor hay que merecerlo. Es la misma balanza, ahora del lado de quien recibe.

Aprender a recibir desde el corazón y sin vergüenza es un acto espiritual, de hecho el primero, porque antes de dar todos hemos recibido: la vida, el nombre, la lengua, la cultura. Recibir es incluso más importante que dar: quien no sabe recibir siempre da de manera incompleta. Entre todas las leyes de la Biblia, los antiguos sabios eligieron la frase de la que parte este ensayo como la más grande, y siglos después los cabalistas la pusieron en el centro de su enseñanza. Su mensaje escondido, detrás del mandato «amarás», no está en dar, sino en saber recibir para dar.

Saber recibir es admitir que no somos autosuficientes, que somos lugar de paso de cosas, personas y emociones, que todo nos atraviesa y pasa y que, en el fondo, no poseemos nada.

Pero recibir también implica la humildad de aceptar algo que no controlamos: el otro puede ofrecernos lo que sea (amor, reconocimiento, regalos o cuidado) sin que sepamos exactamente qué ve en nosotros ni por qué nos lo da. Aceptar esa bondad sin preguntarnos si la merecemos es parte de la conciencia de pertenecer al todo, y de quitarnos la arrogancia de creer que vemos lo que no vemos y sabemos lo que no sabemos. La mirada de los otros nunca coincide por completo con la nuestra.

Y quizá una de nuestras dificultades más persistentes sea querer que coincidan.

Amarse a uno mismo

¿Cómo se ama uno a sí mismo?

Lacan encontró en el espejo una de las primeras paradojas de nuestra identidad. El niño reconoce una imagen unificada de su cuerpo cuando todavía no domina sus movimientos, y se identifica con ella. Esa imagen es nuestro primer fantasma: una figura que parece fija y entera, y que tomamos por nosotros mismos. Pero la experiencia nunca confirma esa unidad: deseamos lo que nos perjudica, rechazamos lo que necesitamos y a veces encontramos cierta satisfacción en nuestro propio sufrimiento, lo que Lacan llama goce.

Nunca terminamos de conocernos porque nunca terminamos de constituirnos.

Y, sin embargo, tomamos un fracaso, una herida, una palabra pronunciada hace años, y hacemos de ella una sentencia: «Soy así». Esa sentencia es un fantasma en el sentido que le da Lacan: una escena que se fija y desde la cual seguimos deseando, sufriendo y juzgándonos. El amor propio consiste en abandonar la exigencia de conocerse por completo para concederse el derecho a existir. Eso no es renunciar a la responsabilidad: puedo reconocer que hice daño y asumir sus consecuencias sin convertirlo en la definición de lo que soy.

Amarme no exige saber quién soy en mi totalidad.
Exige no reducirme a lo poco que sé de mí.

Hace un tiempo, alguien a quien amé mucho me hirió. Más tarde, la misma escena se repitió en otra carne. Así vuelven los fantasmas: no como recuerdos, sino como escenas que se repiten con otros rostros. El primero me dio amor en privado, pero no en público; la segunda, en público, pero no en privado. Me di cuenta de que, después de la herida y de la ruptura, esperaba de ambos lo mismo: que vieran sus propias fracturas, como se ven las grietas de un cristal a contraluz, y me dijeran «lo lamento». Y algo peor: creía que esa frase me completaría. Eran dos imposibilidades. A nadie le gusta mirar sus fracturas, y nada que nos digan va a hacernos sentir completos. Nunca me pidieron disculpas, y ya no las necesito: ninguna mirada puede probar quién soy, ni confirmar que existo, ni sostener mi deseo.

Amar a quien nos hace daño

Pero dejar de esperar una disculpa no es todavía amar a quien nos hirió. Queda la pregunta más difícil: ¿cómo amar a quien nos hizo daño?

La frase de la que parte este ensayo, curiosamente, ya lo había previsto. Casi nunca se cita entera. El versículo empieza antes:

«No te vengarás ni guardarás rencor a los hijos de tu pueblo, sino que amarás a tu prójimo como a ti mismo».Levítico 19:18

El versículo no nace pensando únicamente en el prójimo amable, sino también en aquel con quien existe una ofensa. Jesús lo llevaría más lejos: «Amad a vuestros enemigos».

Amar a quien nos hace daño no debe significar aceptar el daño ni volver a exponerse a él. El límite no es lo contrario del amor: es lo que impide que uno quede reducido a objeto del otro. Y el daño no necesita ser reconocido por quien lo causó para haber sido real.

Quizá actuó por miedo, por orgullo o por contradicciones que ni él mismo comprende; nunca lo sabremos del todo. Perdonar empieza ahí: en renunciar a saberlo, sin declarar inocente al otro ni olvidar lo sucedido. Quien nos hirió no es solamente su daño, del mismo modo que nosotros no somos solamente nuestras heridas.

Y soltar no siempre significa acercarse. A veces significa tomar distancia sin seguir viviendo dentro de la relación que nos hizo sufrir.

Como a ti mismo

Volvamos a la frase: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». Su dificultad no está tanto en el amor como en ese «ti mismo» que damos por conocido. Y lo que enseña es a dar y a recibir sin convertir la relación en una contabilidad. Porque para llevar cuentas hay que creer que se sabe: quién es el otro, cuánto vale lo que doy, cuánto me debe. Esa era la balanza del comienzo, la vara con que medíamos al millonario, la vergüenza del invitado. Vengarse es devolver; guardar rencor es anotar. Amar es dejar de medir al otro por lo que nos da, sin dejar de reconocer lo que nos hace. Y cuando hay una deuda, esa forma del amor se llama perdón.

La palabra perdonar lo guarda en su origen. En latín, donare es dar como regalo, sin esperar nada a cambio, y per significa «a través», por completo, como en perdurar, perforar o perfecto. La palabra comparte su forma con perder, que en latín es perdere, formado con per y dare: dar del todo, hasta soltarlo. Lo que el perdón da, y en cierto modo pierde, no es lo que nos quitaron, sino lo que creíamos que se nos debía:

la disculpa, el reconocimiento, la reparación que imaginábamos capaz de devolvernos lo que fuimos.

Siempre amamos al otro como a un fantasma: la figura que armamos de él para que nos devuelva lo que esperamos. Perdonar es dejar ir ese fantasma. No para descubrir por fin quién es el otro, sino para aceptar que nunca terminaremos de verlo: dejar que sea espectro, presencia sin contorno.

La Biblia lo dice con una sola palabra. Según el Génesis, fuimos creados a imagen de Dios. Y un salmo dice: «Ciertamente, como una sombra anda el hombre». En hebreo, esa imagen y esa sombra son la misma palabra: tselem. Lo que nos funda es también lo que nos hace pasajeros. No somos una figura fija, sino un paso: algo que se deja ver mientras se va.

Creados a imagen, caminamos como sombra.

Por eso la frase está escrita en futuro. «Amarás» no es una orden que se cumple de una vez, sino un aprendizaje que no termina. Amarás: aprenderás. ¿Qué? A perder. A perder al otro tal como creías que era. A perder la idea que hiciste de él. Y a perder, antes de darle nada, todo lo que esperabas que saliera de él: la gratitud, la respuesta, la devolución.

Entonces «como a ti mismo» deja de ser una medida. Tampoco a mí me tengo: soy el desconocido que pasa de una palabra a otra, la sombra que camina. Amarme es aprender a perder la imagen que hice de mí. Y amar al prójimo como a mí mismo es amarlo como a ese desconocido que también soy yo: sin fijarlo, sin poseerlo, sin cobrarle.

✦ ✦ ✦

Amar al prójimo como a uno mismo es aprender a dar. Pero solo da bien quien sabe recibir, y quien sabe recibir sabe que nada le pertenece: todo lo que llega, pasa. Aceptarlo es aprender a perder. Y quien aprende a perder aprende a perdonar. Porque amar no es prestar. Amar es perder, en el sentido más antiguo de la palabra: dar del todo.

Amarás a tu prójimo como a un fantasma: como a alguien que pasa, y a quien se ama mientras pasa.

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