El Entrelazamiento del Dolor

El Árbol de la Vida con el fantasma representado como un circuito interminable entre el abismo y el pozo
El fantasma como un circuito interminable entre el abismo y el pozo. Mem señala el borde del pozo; debajo se encuentra Malkhut, donde cae la pérdida.
- Cábala y Lacan -
El Entrelazamiento del Dolor

Quien haya atravesado la Noche oscura del alma habrá sentido el peso aplastante de la existencia. Las largas noches pobladas de recuerdos de otra vida. Los ojos cansados que cada mañana nos devuelven la mirada desde el espejo, luchando por aceptar la realidad. Sea cual sea la tragedia que nos haya ocurrido, no podemos deshacerla. Pero más allá de la aceptación, algo más se hace evidente: el peso del sufrimiento no proviene enteramente de la causa aparente del dolor, sino de otra cosa, de la atracción invisible de una fuerza oscura.

La pregunta que persiste:

«¿Por qué a mí? ¿Por qué ahora? ¿Por qué esto?»

Si Dios existe, quizá sea únicamente en el silencio donde puede manifestarse. Elías no encontró a Dios en el viento, ni en el terremoto, ni en el fuego, sino en un silencio tenue.

Y es en ese mismo silencio, compartido por la tragedia, la pérdida, la traición y la muerte, donde falta la respuesta capaz de dar paz a la mente. Allí se produce el entrelazamiento del dolor: acontecimientos sin relación entre sí, una vez que cruzan cierto umbral, pierden sus significados individuales y se convierten simplemente en dolor. Una relación perdida, un fracaso laboral, una vergüenza, un mensaje sin respuesta, el recuerdo de alguien que quizá no regrese. Sin darnos cuenta, comenzamos a anudar significantes que nada tienen que ver entre sí a uno solo: la pregunta existencial, que a su vez apunta hacia el vacío y a su silencio divino.

La Cábala y Lacan nos hablan, de maneras y por razones distintas, de una oscuridad que no puede comprenderse por completo. En el Árbol de la Vida puede representarse como un abismo; Lacan habla de la falta en el Otro, de la pregunta que no tiene respuesta y del fantasma que construimos para cubrirla. Son formas distintas de aproximarse a algo común: el malestar en la experiencia humana.

Solo quienes han atravesado el mar de la desesperación y han regresado para contarlo saben qué hay al otro lado. No es una respuesta, sino un descubrimiento. Un día despiertas y comprendes que el ardor, el olor de tu propia piel chamuscada en el fuego interminable del fracaso, duele tanto no por su causa aparente, sino por algo menos evidente: la oscuridad del abismo, que ha devorado cada dolor inconexo y lo ha magnificado hasta que incluso el roce más leve quema.

Y duele tanto, duele así porque no es un solo dolor, sino dos que se activan al mismo tiempo: el dolor de lo perdido y el dolor de existir sin una respuesta.

Hacemos casi cualquier cosa con tal de no mirar al vacío. Camus lo comprendió y todavía nos desafía desde su tumba a enfrentarlo: a no traicionarnos buscando consuelo en la religión, las posesiones, la sexualidad, los nombres, los títulos, los orgasmos o las relaciones que prometen una respuesta que no pueden ofrecer. Para él, el absurdo nace precisamente allí, donde nuestra exigencia de sentido se encuentra con el silencio del mundo. El universo conservará sus misterios mucho después de que la humanidad haya desaparecido. Estamos aquí, arrojados a la inmensidad vacía del espacio, y no sabemos por qué ni para qué. La sola idea de esa pregunta no pronunciada basta para hacernos temblar. Por eso buscamos razones, inventamos explicaciones, construimos relatos y regresamos una y otra vez al mismo lugar, sin certezas. Al final, incluso la peor creencia que aceptemos como verdadera acerca de nosotros, de los demás o del mundo, por más dolorosa que resulte, es preferible a no tener respuesta alguna.

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Detrás de esa pregunta sin respuesta, el abismo nos llama.

El abismo es oscuro, pero no con la oscuridad de la materia: es la oscuridad de un exceso de luz. La Cábala no concibe la oscuridad como el mero opuesto de la luz, y quizá sea esto lo que hace tan poderoso al abismo y explica por qué lo tememos tanto: no es la ausencia de lo divino, sino su desbordamiento. Jacob soñó con una escalera por la que subían y bajaban ángeles. Al despertar comprendió que Dios había estado en aquel lugar sin que él lo supiera, y tuvo miedo: «¡Qué terrible es este lugar! Es la puerta del cielo». No temió porque estuviera vacío, sino porque estaba demasiado lleno. El hebreo tiene una palabra para ese temor ante lo que desborda: nora. Y lo que desborda no solo asusta: también llama. Por eso el abismo nos atrae, y su atracción encierra una promesa de descanso.

Pero el abismo no es la única oscuridad del Árbol. Hay otra, la oscuridad de la materia: más baja, menos temible, más cercana al cuerpo y, por esa misma razón, aquella en la que todos caemos.

Cuando los hermanos de José lo arrojaron al pozo, este estaba vacío; no había agua en él. Los sabios leyeron atentamente esa frase: no había agua, pero sí serpientes y escorpiones. En la Cábala, José está asociado con Yesod, la sefirá de las relaciones y la sexualidad, situada entre Tiferet y Malkhut. La imagen es precisa. Un pozo sin nada que beber y, sin embargo, lleno de aquello que muerde, paraliza y retiene.

Encuentro aquí una correspondencia intrigante con la teoría lacaniana del goce. Más allá del placer ordinario, el goce produce repetición incluso cuando esa repetición trae no solo placeres sencillos, sino también dolor y sufrimiento. En mi lectura del Árbol de la Vida, los tres goces que Lacan propuso, el goce fálico, el goce del sentido y el goce Otro, se sitúan precisamente en la tríada inferior (Netzach, Hod y Yesod), porque los tres empujan hacia la descarga a través del cuerpo, y aquello que nunca llega a descargarse por completo continúa regresando. Este es el pozo. El sujeto sigue buscando reconocimiento, posesión, placer o sentido, aun cuando ninguno de ellos lo satisfaga plenamente. La repetición trae consigo algo que ciega y sujeta al ser. El abismo se cruza o no se cruza, pero el pozo no se cruza: uno cae en él y llega hasta el fondo.

La pérdida en sí misma es real; ocurre en el mundo, en Malkhut. Pero no nos quedamos con la pérdida. Giramos a su alrededor en el pozo y, desde allí, vislumbramos el abismo más allá. Cuando llega la tragedia, y llega inevitablemente, nos obliga a enfrentarnos a la pregunta existencial, al abismo que no tiene fondo. Para evitar mirarlo, volvemos a caer en el pozo, pues ese sí tiene suelo firme.

Imaginemos a alguien, cualquiera de nosotros, todos nosotros, cuya vida se haya construido alrededor de algo externo: el reconocimiento, el dinero, las posesiones, los títulos, el trabajo, la casa o el deseo de ser alguien a los ojos del Otro. Entonces llega la tragedia, uno de esos pilares se derrumba y el mundo se viene abajo con él, como un castillo de naipes. El dolor ya no se limita a lo que se ha perdido. Empieza a responder preguntas que la pérdida misma nunca había planteado.

Hace mucho tiempo escuché de alguien en quien alguna vez confié que un fracaso no te define. Es verdad, pero cuesta creerlo cuando toda una galaxia de significantes apunta hacia la misma pregunta. Así que no, no basta con pensarlo para detener el dolor que continúa debajo de la palabra.

Aquí, el fantasma lacaniano ofrece una posible explicación. El fantasma enlaza el pozo y el abismo en un solo circuito, y la corriente circula en ambas direcciones. Cada pérdida particular deja de permanecer en el pozo; es arrastrada hacia la pregunta existencial y magnificada. Y el terror del abismo, a su vez, desciende al pozo, porque el pozo al menos tiene un fondo. El fantasma le da a la pregunta un rostro, una historia, una explicación aparente. Me abandonaron. No valgo nada. Me merecía lo que ocurrió. Él se lo merece. Fue culpa mía. Ninguna de estas interpretaciones contiene toda la verdad. Duelen, a veces terriblemente, pero ofrecen algo que el vacío existencial se niega a dar: una respuesta, cualquier respuesta. Y así se cierra el circuito. En cuanto somos atraídos hacia el abismo, caemos en el pozo y quedamos sometidos a ambos: al dolor de la pregunta sin respuesta y a la falsa calma de la respuesta que nos damos, que también duele, porque convierte lo sucedido en un veredicto sobre quiénes somos.

En esta imagen, Tiferet se convierte en el lugar donde el «yo» lucha por mantenerse unido, atrapado entre el abismo de arriba y el pozo de abajo. Como una embarcación sujeta por dos cadenas de ancla demasiado cortas mientras sube la marea, no puede elevarse con el agua y el mar termina hundiéndola. Es allí donde el sufrimiento cambia de naturaleza. La pérdida ya no es simplemente la pérdida de una casa, una pareja, un automóvil o un trabajo. Lleva consigo el peso insoportable de la existencia.

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Pero ¿qué ocurre si el pozo y el abismo se desentrelazan?

No negando la pérdida. No convenciéndonos de que el sufrimiento era imaginario o de que la pregunta existencial por fin ha encontrado respuesta. La pérdida sigue siendo real. La herida de la infancia puede seguir doliendo. La persona que se marchó quizá nunca regrese. Solo aceptando que existe un dolor que pertenece a la existencia misma y permitiendo que el universo siga tan silencioso como siempre. El pozo no se llena y el abismo no se cierra. Solo se deshace el circuito que los une. Y una vez que sus fuerzas de atracción se separan, algo cambia en nosotros. El alma se vuelve más ligera.

Dejamos de experimentar todos esos dolores como si fueran uno solo. El final de una relación ya no demuestra que no merezcamos amor. El silencio de otra persona ya no es una acusación. Un fracaso ya no es un veredicto sobre la existencia.

Pero el circuito no se deshace por el simple hecho de comprenderlo. Uno puede salir del pozo equilibrando la repetición y la necesidad de reconocimiento sin dejarse consumir por ellas. Sin embargo, mientras el circuito permanezca intacto, la próxima pérdida será arrastrada directamente hacia él. Podemos comprender el mecanismo a la perfección y seguir repitiéndolo. El fantasma no se equilibra; hay que atravesarlo. Solo entonces pierde su dominio sobre la experiencia, de modo que cada dolor puede recuperar su propio significado y sus límites, y ninguna pérdida nueva se convierte en la confirmación de un antiguo veredicto sobre nosotros mismos. Lo que ocurrió ayer no tiene por qué cargar con el peso de todo lo ocurrido antes, ni responder a la pregunta de por qué estamos vivos.

Desentrelazar no elimina el dolor; reduce su peso. Hace que nuestra alma sea más ligera.

Este es el regalo de la Noche oscura del alma: descubrir que el abismo no necesita desaparecer, que las preguntas pueden permanecer sin respuesta, que el otro que nos hirió no es responsable de todo el dolor que hemos sufrido y que podemos vivir sin convertir cada pérdida en un veredicto sobre la existencia.

José no llenó el pozo; salió de él. Y volvió a caer: su prisión egipcia recibe, curiosamente, el mismo nombre, bor, el pozo. La segunda vez salió como intérprete de sueños, alguien capaz de dar sentido sin quedar atrapado en él. Y no se limitó a escapar: el faraón lo puso al frente de Egipto, y el que había estado en el fondo del pozo terminó repartiendo el pan de todo un país, incluso a los hermanos que lo habían arrojado allí.

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Pero salir del pozo todavía no es alcanzar la alegría. Desentrelazar aligera el alma, pero aún no la hace libre. Más allá queda algo: atravesar el propio abismo.

Tres etapas en el Árbol de la Vida: entrelazamiento, separación y atravesamiento hacia Da’at
Entrelazamiento, separación, atravesamiento. El fantasma une el abismo y el pozo en un solo circuito; después, ambos circuitos permanecen, pero ya no comparten un mismo recorrido; finalmente, de Tiferet a Da’at, por el centro. Los antiguos circuitos siguen allí, pero ya no gobiernan.

Atravesarlo no significa que la pregunta encuentre respuesta; significa que ya no necesitamos la respuesta del fantasma. Este no es el salto contra el que advertía Camus, porque al otro lado no se promete nada. Lo que allí se encuentra tiene un nombre: Da’at, la undécima sefirá, la que no se cuenta. Muchas interpretaciones del Árbol la sitúan justo más allá del abismo. Está allí, pero no es una cosa más que podamos poseer. Da’at es conocimiento en el sentido bíblico, como cuando Adán conoció a Eva. No un conocimiento acerca de la vida, sino una intimidad con ella. Juan de la Cruz sabía que su noche no terminaba en una respuesta, sino en la unión.

Pero nadie vive allí permanentemente; lo atravesamos, volvemos a caer y lo atravesamos de nuevo, porque la vida es principalmente material. Cada vez que vivimos desde nuestro propio deseo en vez de hacerlo desde la demanda del Otro, cada vez que actuamos sin esperar que el universo se explique primero, estamos viviendo, por un instante, en Da’at. Y quizá sea esto lo único que podemos hacer con la pregunta suspendida: no responderla, sino atravesar el abismo y regresar transformados. No permanecer en ningún lado, sino subir y bajar, como los ángeles en la escalera de Jacob, y traer esa luz a la oscuridad de la materia: a las casas, a los trabajos y a las personas, aunque luego se marchen, y vivir aquí sin exigirle a cada pérdida que responda por la existencia.

El mar puede seguir subiendo. Una embarcación amarrada a dos anclas se hundirá; con una sola, quizá flote; pero solo una embarcación que leve sus anclas podrá navegar... y alcanzar la otra orilla.

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Pasajes bíblicos: 1 Reyes 19:12; Génesis 4:1, 28:17, 37:24, 41:14.

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