El sentido de estar vivo

El sentido de estar vivo. Una ventana del tamaño de una uña

- Cábala -

El sentido de estar vivo

וְאַחַר הָאֵשׁ קוֹל דְּמָמָה דַקָּה

«Y después del fuego, una voz de silencio delgado.»

1 Reyes 19:12

El hueco

Cuenta la cábala que, antes del mundo, el Infinito, el Ein Sof, lo llenaba todo. No había lugar para nada más. Así, para que algo distinto de él pudiera existir, tuvo que retirarse en sí mismo y dejar una especie de hueco. Los cabalistas llamaron a ese gesto tzimtzum: la contracción. En ese espacio tuvo lugar la creación.

Quizá con nosotros ocurra algo semejante. Nos pasamos buena parte de la vida intentando ocupar el centro: ser vistos, reconocidos, escuchados, tener razón, defender aquello que creemos ser o acusar a quienes hacen mal según lo que dicta nuestro yo. Pero mientras todo gira alrededor del Yo, lo admitamos o no como centro, apenas queda espacio para que aparezca algo distinto de nosotros. Solo cuando nos apartamos un poco de ahí, algo más puede aparecer. Llámalo Dios, creación, inspiración, arte, amor, el otro o, simplemente, la vida misma.

En la tradición cabalística existe otra palabra que puede ayudarnos a comprender ese movimiento: bitul (anulación). No significa desaparecer, despreciarse ni dejar de existir, sino renunciar a la pretensión de ser el centro de la existencia. El yo sigue ahí, pero deja de reclamar para sí la totalidad de la escena.

Una de las grandes ilusiones de la vida es creer que existimos... por separado. Nos llamamos individuos, como si fuéramos unidades cerradas, independientes del resto. Desde Descartes repetimos «pienso, luego existo»: existo yo antes que el otro o, peor, existo yo, y del otro no sé si existe, pues no tengo pruebas de que piense. Así convertimos la certeza de que yo pienso en la ilusión de que somos entidades autosuficientes.

Pero nadie piensa, ama ni existe aisladamente. Las palabras con las que decimos «yo» ya estaban aquí antes de que naciéramos. Estamos hechos de encuentros, palabras, experiencias, las historias no contadas de nuestros padres y, especialmente, de ausencias, de esperanzas rotas, de desencuentros, que son las que forman las grietas del alma; sin ellas no tendríamos personalidad. Nuestras vidas están entrelazadas con las de otros a tal grado que algunos dicen que no existe el libre albedrío, pues nuestras decisiones provienen de esa red de significantes que no nos pertenece: lenguaje e historias, éxitos y derrotas. Una trama que se extiende mucho más allá, y más hondo, de lo que podemos imaginar.

No elegimos las palabras que nos precedieron ni las primeras historias que dieron forma a nuestros deseos. Pero no estamos condenados a repetirlas. La libertad no consiste en ser el origen de nuestros actos, sino en transformar nuestra relación con aquello que nos determina.

El ejercicio es sencillo de formular y difícil de practicar: 

salir del centro una y otra vez, hasta convertirlo en un hábito de vida. 

Ser el abogado, el médico, el ingeniero, el ciudadano, el estudiante, pero sin confundirse enteramente con ninguno de esos personajes. Cumplir cada función, asumir cada responsabilidad, participar plenamente en una vida que vivimos pero que no poseemos, y permanecer, de alguna manera, un paso detrás de aquello que creemos ser. Como una sombra que acompaña sin reclamar protagonismo.

Poder ser y, al mismo tiempo, no ser. No como una excusa para eludir nuestras responsabilidades, sino como el reconocimiento de que ninguna identidad puede contenernos por completo. Es cierto que soy quien actúa, aunque no siempre sé por qué. Soy la consecuencia de mis decisiones, aprendizajes y experiencias. Soy quien toma los argumentos para elaborar un pensamiento, pero no soy dueño de todo lo que pienso, pues desconozco de dónde vinieron las fórmulas con que disecciono el mundo, y las fantasías y esperanzas con que lo miro. Soy quien vive, pero esta vida no me pertenece entera: solo una parte pequeña, muy pequeña.

La pregunta no es ser o no ser. No hay pregunta. Hay una afirmación: ser y no ser.

Un texto antiguo, los Dichos de los Padres, lo dice con una letanía:

Contra tu voluntad fuiste formado, contra tu voluntad naciste, contra tu voluntad vives, contra tu voluntad morirás…

Y quizá sea precisamente allí donde comienza a sentirse cierta libertad: cuando dejamos de defender continuamente la imagen de nosotros mismos, porque mucho escapa a nuestra voluntad y no somos dueños de nada. Cuando dejamos a un lado eso que tanto nos importa, parecer coherentes, y reconocemos que en verdad estamos hechos de fragmentos. Entonces podemos empezar a responder la pregunta:

«¿qué sentido tiene todo esto?»:

no estamos frente a la creación como espectadores, ni por encima de ella como propietarios, ni debajo de ella como víctimas, sino dentro de ella, participando como cocreadores.

El yo que imaginamos como una unidad separada, autónoma y dueña de sí no existe. Lo que existe es esta trama de relaciones de la que formamos parte. Y allí, en ese estrecho margen de acción, está nuestro libre albedrío. En algo podemos elegir y en algo no. Algo somos y algo no somos.

Moisés Cordovero, cabalista del siglo XVI, pensó esta trama hasta su raíz. Sostenía que la esencia divina está presente en todas las cosas y que nada existe por sí mismo. Imaginar que el Infinito termina en algún punto y que más allá comienza algo ajeno a él sería dividir lo indivisible. Por eso advertía: «No digas que esto es una piedra y no Dios». La piedra es piedra, pero está atravesada por lo divino. Es y no es, al mismo tiempo: existe como algo distinto, pero no existe independientemente de aquello que la sostiene. Dios es todo lo que existe, decía Cordovero, pero no todo lo que existe es Dios.

Con la carne pasa lo mismo. Existe, se cansa, se hiere, sufre, decide. Pero no se sostiene sola: lo que la mueve la atraviesa, como la luz al cristal. Eso no me quita los actos. Salen con mi forma, y respondo por ellos.

✦

Para qué

Hace poco escuché a un cabalista decir que el sentido de la vida es encontrar aquello con lo que vibra el alma: cada alma traería una misión que debe descubrir. Me pareció cierto, pero incompleto.

Nada vibra solo. Una cuerda no suena por sí misma: la despierta una mano que la roza, o el sonido lejano de otra cuerda, que la nombra a través del aire, sin tocarla. Así nos llega lo que mueve el alma: a veces como un empuje que sube desde adentro, a veces como un eco que viene de lejos. Y aunque lo llevemos guardado en lo inconsciente, nunca fue nuestro: también allí hablan voces ajenas, frases que alguna vez escuchamos, comparaciones que alguna vez nos hicieron. Lo que me hace vibrar no es mío, pero la forma en que vibro sí.

Pero hay otra manera de sonar: la del micrófono demasiado cerca de su propio altavoz, el sonido que entra, sale y vuelve a entrar, cada vez más fuerte, hasta volverse un chirrido.El psicoanálisis llama goce a esa intensidad, pero no todo goce es igual. Hay goces que expanden: investigar, escribir, tocar un instrumento aunque uno esté cansado, porque algo todavía no ha sonado. Y hay goces que retienen, que gozan de no soltar: los bucles mentales, el remordimiento, la espera de que alguien venga algún día a salvarnos. Son los que desgastan el alma, hasta dejarnos solos y desnudos, sentados sobre las cenizas de lo que fue.

La diferencia no está en la actividad. Se puede escribir para encontrar algo o para que otros confirmen quién creemos ser; investigar por curiosidad o para tener razón; buscar a Dios o buscarse a uno mismo en el espejo de lo sagrado. La diferencia está en si todavía se oye algo verdaderamente distinto de uno. Cuenta el relato que Elías no encontró a Dios ni en el viento ni en el fuego, sino en lo que vino después: una voz de silencio delgado, cuando el ruido, el del mundo y el suyo propio, dejó de ocuparlo todo.

Cada uno tiene su cueva: el aislamiento, el silencio donde a veces, por fin, se oye algo. Pero esa voz no pide quedarse allí. A Elías lo devolvió al camino y a los otros. La cueva es una situación y un tiempo, no un lugar donde quedarse. Las chispas de cada uno, dice la cábala, están dispersas por el mundo, también en los demás. Nos vemos en ellos y ellos se ven en nosotros: así se forma el yo, siempre frente a un espejo, como una construcción hecha de imágenes. Pero el espejo no basta. El otro nos transforma cuando, además de reflejarnos, nos muestra algo que no esperábamos ver o nos dice algo que no esperábamos oír.

Entonces, ¿para qué se está vivo? No para cumplir una misión escrita de antemano: si está escrita, solo podemos leerla hacia atrás, cuando la vida ya vivida parece haber conducido hasta allí, y no hacia adelante, porque nada garantiza que lleguemos. Tampoco para alcanzar una meta de una vez: quien llega a ella y no tiene otra por delante queda sin dirección. El sentido no se agota en lo que cumplimos. Creo que la respuesta está en ese silencio delgado: dejar pasar la luz que nos atraviesa y darle, una y otra vez, nuestra forma, como un cristal que la abre en colores que llevaba ocultos. La misma luz pasa por cada uno, pero cada uno la revela a través de sus fracturas y sus imperfecciones. Siempre sale distinta.

Esas grietas no son un error. Son mi firma.

Recibir la luz y devolverla al mundo con los colores que llevaba ocultos: eso es el tikkun, la reparación. Y al hacerlo ocurre algo más. Quien escribe cansado y sigue escribiendo ya no está en el centro: está la frase, el problema, la forma que pide salir. El yo no desaparece, pero deja de reclamar el centro. Eso también es bitul, y no solo como renuncia: es el gesto humano que replica el divino. Como el autor que se retira de su obra, el Infinito se retiró para crear. Nosotros nos retiramos creando.

Conviene decirlo con claridad: ninguna actividad, placentera o más allá del placer, cierra la falta. Casi la cierra, pero siempre vuelve a abrirse. Los cabalistas decían que hay que vaciarse una y otra vez, porque solo vaciándose uno puede volver a llenarse: se llena y se vacía, en una oscilación constante, como un pulso de vida. La paz no está en haber encontrado el sentido de una vez, como quien llega a la meta de una carrera, sino en aceptar ese ritmo y vivirlo.

Encontrar lo que vibra tampoco lo resuelve todo. Queda cómo vivir de ello. A veces uno vive de una cosa y vibra en otra: es el abogado, el ingeniero, el ciudadano, desde atrás. El sentido no exige que lo que vibra pague el alquiler. Exige que no se apague.

Lacan lo dijo sin rodeos: de lo único de lo que uno puede ser culpable es de haber cedido en su deseo, de haber renunciado a él.

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Vine para

Soñamos con ser especiales. Con existir para alguien. Decir «yo vine para» es un gran paso hacia la paz interna. Pero tiene un riesgo: que el propósito se convierta en una deuda. Que «vine para» se vuelva un juez que me pregunta cada noche si estuve a la altura. Lo mismo puede pasar con el bitul, y hasta con el deseo. Entonces ya no nos atormentamos por no ser suficientemente importantes, sino por no ser suficientemente humildes. El yo sigue ocupando toda la escena, incluso cuando intenta desaparecer.

Contra tu voluntad naciste, decía la letanía. Nadie eligió nacer. Y una deuda que no contrajimos no se paga. El propósito puede buscarse; la existencia no se debe a nadie.

La letanía termina así: «y contra tu voluntad rendirás cuentas ante el Rey de reyes». Si hay un tribunal, llega al final, no cada noche. Y juzgará lo que hicimos, no que hayamos nacido. Incluso ese llega contra nuestra voluntad. El único que convocamos nosotros es el que se reúne cada noche.

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Una corona sin rey

Dicen que en el principio Adán y Eva no estaban desnudos. Los cubría una piel de luz, lisa y brillante como la uña. Cuando dejaron el jardín, esa luz se apagó en casi todo el cuerpo, menos en la punta de los dedos. Desde entonces, a veces, alguien acerca las manos a una vela y mira brillar sus uñas: un brillo tenue, el de una parte de nosotros que casi no reconocemos. En ese brillo no se ve el paraíso. Se ve un resto. Y en ese resto, del tamaño de una uña, imaginamos todo lo demás: lo que no está, lo que pudo ser.

Estar vivo pide el mismo gesto del Infinito, al revés. Apartarme un poco. Dejar de ser el centro de mi propia noche: el rey, el acusado y el juez, el que espera y el que no llega. No para que otro ocupe mi lugar, sino para que el lugar quede libre.

Porque en ese centro no hay nadie. No hay imagen, porque nada de lo que imaginamos alcanza a representarlo. Imaginar no es poner una imagen en ese centro. Es dejarlo abierto.

En hebreo, «yo» (ani, אני) y «nada» (ayin, אין) se escriben con las mismas letras, dispuestas en distinto orden. El yo no es lo contrario de la nada: es la nada ordenada de una manera singular. No hace falta destruirlo para encontrarla: el trabajo está en cambiar el orden. Retirarse del centro es eso: que el yo, sin desaparecer, deje lugar a la nada de donde todo viene.

Hay una corona sin rey.

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Y la corona brilla, como brillan las uñas a la luz de una vela.

No en el paraíso, sino en el resto.

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