La palabra como hechizo.
Cábala
La palabra como hechizo
La cábala como mística de la palabra.
Hace casi dos mil años, durante el período llamado talmúdico, los sabios que estudiaban los detalles de la Biblia se reunían para discutir el significado de cada palabra, cada letra y cada espacio entre letras. Comprendieron que había un misterio en el habla: la raíz de las palabras, las que compartían letras e incluso la forma en que se dibujaban sobre los gastados rollos parecían guardar otra capa de significados.
Se preguntaban por qué una palabra había sido elegida en lugar de otra, qué significaba su ausencia, qué se ocultaba en sus repeticiones y qué nuevos sentidos nacían cuando sus letras cambiaban de posición. Una sola palabra podía sostener una discusión durante generaciones, y un pequeño signo, apenas visible sobre el pergamino, podía abrir un universo entero de interpretaciones.
Siglos después, la cábala heredaría aquella convicción de que ninguna letra estaba allí por casualidad. Otras disciplinas darían luego nombres como semántica, semiótica y simbolismo a algunas de las preguntas que aquellos sabios se habían formulado milenios antes, aunque sus propósitos fueran distintos.
Para los cabalistas, la palabra era algo más que un vehículo del pensamiento. Podía crear, transformar, dar vida y abrir una herida. Dios había creado el mundo mediante la palabra y, según el Sefer Yetzirá, uno de los textos precursores de la cábala, la creación se había desplegado a través de treinta y dos senderos de sabiduría: diez esferas o sefirot y veintidós letras. Las letras no eran simples marcas sobre una superficie, sino los elementos con los que había sido concebido el universo. El mundo podía leerse como un texto, y el ser humano, creado a imagen de Dios, también.
El Sefer Yetzirá ofrece una imagen extraordinaria de este poder. Las palabras hebreas óneg (ענג), deleite, y nega (נגע), aflicción, contienen exactamente las mismas tres letras. Solo cambia su orden. El libro las presenta como extremos del bien y del mal. Las letras giran como una rueda, y aquello que es deleite puede convertirse en aflicción, y viceversa. Nada se ha añadido ni se ha quitado. Las mismas letras, dispuestas de otra manera, conducen de un extremo al otro.
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ענג
óneg · deleite
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⇄ |
נגע
nega · aflicción
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Pero las palabras no permanecen encerradas en los libros. Atraviesan el aire y llegan a otros seres humanos. Algunas pasan sin dejar huella. Otras nos irritan apenas un instante. Y hay palabras que, pronunciadas casi sin esfuerzo, despiertan una oscuridad que puede acompañarnos durante años.
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Una vez decidí contarle un chiste a una amiga cercana. Lo había ensayado con otras personas y todas se habían reído. Un chiste suele funcionar porque contiene un giro inesperado al final, una ruptura de lo que anticipábamos. Nos reímos más de la sorpresa que de lo que se ha dicho. Pero ella no se rio. Por el contrario, se molestó de una manera que jamás habría imaginado. Lo que para otros había sido motivo de risa, para ella fue motivo de una profunda indignación. Después de una larga discusión, le pregunté si alguna vez había vivido algo parecido a lo que contaba el chiste. Me confesó que sí, que durante su infancia había pasado por una experiencia muy similar.
Aquella conversación me hizo comprender algo sobre el poder de las palabras. Yo había contado el chiste con la intención de hacerla reír, pero había desencadenado un torbellino de emociones dolorosas. Las mismas palabras que habían producido alegría en unos habían despertado sufrimiento en otra persona. Una palabra pronunciada con una buena intención podía abrir un espacio para el mal. La palabra viajó por el aire y entró en ella, tocando algo que no había resuelto, algo que en la cábala se llama falta de rectificación. Eso que puede llamarse mal no estaba en la palabra estaba en ella: esperaba un encuentro, y la palabra hizo que se manifestara.
El mal no está en la palabra, ni siquiera en la intención de quien la pronuncia, sino en el encuentro entre esa palabra y la historia de quien la recibe. La intención pertenece a quien habla, pero las consecuencias nacen de la historia de quien escucha. Entre ambas existe un espacio que ninguno de los dos controla completamente. El mismo acontecimiento puede ser vivido como una bendición por alguien y como una desgracia por otro. Y quien conoce la herida del otro puede usar la palabra como un hechizo.
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El hechizo comienza cuando la palabra del otro deja de pertenecerle. Alguien nos llama egoístas, cobardes, feos o fracasados, y, si algo en nosotros le responde, seguimos escuchando aquella voz mucho después de que se haya extinguido. La discutimos, la negamos, reunimos pruebas contra ella. Pero cuanto más intentamos demostrar que no somos aquello que nos han llamado, más presente se vuelve la palabra. No porque hayamos descubierto una verdad, sino porque alguien ha pronunciado en voz alta lo que nosotros mismos temíamos que fuera verdad. El otro puede habernos olvidado. Nosotros, en cambio, hemos comenzado a repetir su palabra. Y cada repetición vuelve a abrir la herida.
En términos sencillos, el ser humano se parece a una C (también podría usarse la letra hebrea bet, ב, símbolo de la división, tiene valor de dos), una figura abierta que, sin embargo, no está incompleta. Su abertura forma parte de lo que es. Nunca termina de cerrarse. Por ella circula el mundo, con su luz y su oscuridad, sus sueños y sus fracasos, el amor, la pérdida, la alegría, el dolor y las palabras de los otros. Pero vivimos intentando convertir esa C en una O (o en la mem final hebrea, ם, cerrada por sus cuatro lados), un círculo perfecto, sin principio ni fin, donde nada falte, nada sobre y nada pueda perturbarnos. Queremos cerrar el espacio por donde entra lo inesperado. Queremos saber definitivamente quiénes somos, qué valemos y qué lugar ocupamos en el mundo. Y buscamos esas respuestas en la mirada y en las palabras de los demás.
Una sola palabra puede entonces adquirir el poder de un hechizo. «Eres un fracasado», nos dicen. No «has fracasado», que describe algo que ocurrió, sino «eres», que pretende definir todo lo que somos. Y no siempre se trata de un insulto. «Eres extraordinario», «eres mi salvación» también pueden cerrar el círculo, y de esas palabras nos cuesta mucho más desconfiar.
Los sabios dejaron una contradicción reveladora. El Talmud enseña que, aunque todo el mundo te considere justo, debes verte como si fueras malvado. Pero también se advierte que no debes considerarte malvado. Quizá la enseñanza esté precisamente en esa tensión: no permitir que ninguna sentencia tenga la última palabra sobre lo que somos, ni la que nos condena ni la que nos halaga.
Cada una de esas sentencias promete un cierre, una respuesta definitiva a una pregunta que nunca termina de formularse. Podemos rechazarla, indignarnos, combatirla durante años. Pero mientras sigamos organizando nuestra existencia alrededor de ella, continuaremos intentando cerrar el círculo. El hechizo no consiste solo en que el otro pretenda definirnos, sino en que nosotros participamos en el intento de convertir su palabra en nuestra verdad. Ahí comienza una forma del mal: cuando una sentencia deja de ser un juicio y se convierte en destino.
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Aquella discusión con mi amiga no terminó cuando uno de los dos tuvo razón. Terminó cuando dejé de defender mi chiste y le pregunté si había vivido algo parecido. Una sentencia se responde con otra sentencia, y el círculo se cierra un poco más. Una pregunta, en cambio, le devuelve a la C su abertura.
El hechizo no se rompe con la palabra contraria. Responder a «eres un fracasado» con «soy un triunfador» solo cambia una O por otra. Tampoco basta con saberse abierto, porque incluso la abertura puede convertirse en una imagen que defender. El movimiento que deshace el hechizo es el inverso al de la O: no cerrarse, sino recogerse. Volverse un punto.
No hacerse pequeño ante la mirada del otro, que es lo que la palabra pretende, sino dejar de necesitar esa mirada. Un punto no tiene partes que una palabra pueda separar ni superficie donde pueda escribirse una sentencia. En la tradición occidental sobrevive como la «jota» del Evangelio («ni una jota ni una tilde pasará de la Ley», Mateo 5:18): la letra más pequeña, aquella con la que, según los cabalistas, comienza el trazo de todas las demás. Es la yod (י), inicial del nombre de Dios, que también podría ocupar el lugar del punto.
Las letras de la aflicción son las mismas que las del deleite. Lo que las separa no es su materia, sino que la rueda pueda seguir girando. Y una rueda solo gira alrededor de un centro que no se mueve.
C
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