La silueta humana y la violencia de interpretar al Otro
No sufrimos por lo que nos pasa, sino por el significado que le imponemos a eso que ocurre.
El dolor no es necesariamente lo insoportable. Lo insoportable suele ser el tribunal que construimos encima del dolor: la urgencia de convertir la herida en explicación, la pérdida en sentencia, el vacío en culpabilidad. En el fondo, la mente humana no busca verdad. Busca estabilidad. Los textos anteriores, La ley del deseo, El resentimiento como patología del ser y Culpable, no culpable y la tercera vía, describen tres respuestas distintas a un mismo problema: la necesidad de fabricar sentido para no colapsar ante la vida.
Detrás del deseo, del resentimiento y de la culpa siempre opera la misma maquinaria silenciosa, hambrienta de significados: la silueta humana.
No convivimos con personas: convivimos con siluetas
El ser humano entra en un mundo repleto de significados, lo que Lacan llama el mundo simbólico. Todo tiene un nombre, una explicación, un sentido, y nosotros formamos parte de ese engranaje. Pero cada símbolo, cada idea, cada palabra, es en el fondo una relación hueca: ninguna cosa se explica por sí misma, todo se define por referencia a otra cosa, en una cadena interminable de significantes.
Así como los símbolos no poseen un contenido propio y estable, el ser humano también aparece como una silueta vacía. No se define desde un núcleo sólido interior, sino desde lo que lo rodea: el discurso del Otro, la familia, la cultura, la profesión, el lugar social. Por eso no se relaciona con el contenido del otro, sino con el lugar que el otro ocupa en su universo simbólico. No vemos personas: vemos funciones, estereotipos, modelos que la mente construye para orientarse. Ver una silueta sin significado aterra, porque deja al sujeto frente a un contorno sin guion. Y si una silueta no puede asignarse a una posición, entonces el sujeto pierde referencia.
Y lo más inquietante es esto: esas siluetas nunca quedan vacías. La mente no tolera un contorno sin contenido. Si la silueta no trae significado, se lo inventamos. Si no trae historia, se la imponemos. Si no trae intención, se la atribuimos. Así el Otro se vuelve soportable, pero en ese mismo proceso de nombrar deja de ser libre.
Esa lectura empieza antes de la palabra. En silencio y sin notarlo se registra la vestimenta, su costo o su desgaste, la postura, la energía del cuerpo, la piel, la edad aparente, la salud, la amenaza o la vulnerabilidad. Después llega la voz, el ritmo del habla, la precisión, la evasión, la duda, la firmeza. Y en segundos ya se decide, sin deliberación, si es confiable, si es inteligente, si es peligroso, si es “uno de los nuestros” o un extraño. Todo ocurre a la velocidad de la luz, en capas inconscientes, atravesadas por la cultura, ese software que clasifica sin descanso.
Así el otro entra a nuestra vida como significante, no como individuo. Y el significante trae consigo una red entera de expectativas, heridas, fantasías, miedos y deudas. Por eso el otro es juzgado antes de ser escuchado, clasificado antes de ser conocido, condenado antes de hablar. La violencia humana empieza ahí, en esa operación silenciosa: la reducción.
Reducir al otro, de silueta vacía a espantapájaros, es una taxidermia existencial: rellenarlo de paja conceptual para que se quede quieto en nuestra vitrina mental. Sé quién eres, entonces estoy preparado. Una vez convertido en muñeco, el otro ya no es alguien con quien se dialoga. Es algo que se usa, se teme o se destruye.
Y esos muñecos no nacen solo en el individuo. Son moldes heredados, plantillas transmitidas por la cultura, la religión, la familia, la política, la historia. “Madre”, “padre”, “enemigo”, “jefe”, “extranjero”, “refugiado”, “africano”, “víctima” no son solo interpretaciones privadas: son categorías socialmente disponibles, a veces socialmente obligatorias. Reducir a alguien a una figura fija es también una forma de administración y de violencia. No es solo un mecanismo mental: también es una arquitectura social.
Pero la reducción no se limita a las personas.
La misma operación se aplica a la vida entera. No solo metemos al Otro en una caja, también metemos los hechos. La pérdida, el desempleo, la enfermedad, la vejez, el fracaso, el silencio de una pareja, incluso la alegría. Todo es reducido a una explicación, a una categoría, a un relato.
Porque una situación sin sentido no es solo incómoda: es una amenaza. La mente no soporta lo indeterminado. Necesita decidir qué significa lo que ocurre para poder seguir existiendo dentro de ello.
Así como convertimos al otro en un muñeco, convertimos la realidad en un guion. No para comprenderla, sino para volverla soportable.
La interpretación como patología moderna
La modernidad ha convertido la interpretación en una compulsión. Todo debe ser explicado, etiquetado, diagnosticado. El otro con el que convivimos ya no se encuentra: se procesa, se filtra, se traduce en categorías.
Ortega y Gasset subrayó que no existe un yo puro separado del mundo, que toda vida está atravesada por una circunstancia histórica y social. Freud, desde otro ángulo, mostró que la cultura no solo organiza la convivencia, sino que disciplina, reprime y estructura la vida psíquica. En ambos casos aparece una misma intuición: nunca accedemos a la realidad desnuda, siempre la atravesamos mediante formas.
Lacan toma esa intuición y la lleva más lejos. No se trata solo de que la cultura influya en el sujeto, sino de que el sujeto se constituye en el lenguaje, en esa red de significantes que lo precede y lo organiza. Y como esa red no está cerrada, el sujeto tampoco lo está. No hay una identidad estable, sino una construcción en movimiento. Por eso las siluetas que rellenamos cambian con el tiempo y con la historia, y nunca son definitivas.
El problema aparece cuando una interpretación momentánea se fija como si fuera esencia. Hemos cambiado la experiencia del encuentro por una etiqueta. El diagnóstico se vuelve anestésico del encuentro. La interpretación no es el problema. El problema es olvidar que interpretamos, olvidar que cada explicación es una construcción provisional, no un acceso directo a la cosa. Cuando el sujeto cree que su interpretación es la realidad, la herramienta se vuelve prisión, mental y también espiritual.
Sin embargo, la vida ofrece otra pista. Cuando caminamos en un bosque no intentamos comprender cada hoja, no catalogamos cada sombra, no convertimos cada forma en sentencia. Simplemente habitamos. Lo real no se vuelve menos real por no ser explicado. Se vuelve más respirable. El problema humano no es la falta de sentido, sino la urgencia por clausurarlo todo.
El ser humano no mata por odio. Mata por certeza.
Pero esta compulsión por clausurar no nace de la cultura solamente. Nace de algo más profundo: la estructura misma del deseo.
El deseo no pide objetos: pide sutura
El deseo es el hambre de algo que no se sabe qué es y, por lo tanto, no se satisface por la posesión de ningún objeto. El objeto es solo un parapeto visible, una pantalla momentánea que calma la inquietud sin resolverla. Lo que el sujeto busca es otra cosa: una sutura, una manera de cerrar la abertura que lo atraviesa.
En La ley del deseo se insinuaba esto: la vida psíquica está estructurada alrededor de una grieta. Pero esa grieta no es una metáfora poética. Es una amenaza real para la identidad, porque una identidad sin garantía no es identidad, es vértigo: el terror de no saber qué se es, o incluso si se es. De ahí que los objetos se vuelvan prolongaciones del ser, pequeñas prótesis simbólicas que prometen consistencia.
La ley del deseo es simple: el sujeto solo se interesa en aquello que puede hacer suyo, porque no tolera la falta. Y si ve una forma de colmarla, lo hace, con una interpretación, una acción o un relato. Aquello sobre lo cual no puede intervenir no lo moviliza, no lo atrae, no lo estimula. Por eso la enseñanza pasiva rara vez produce alumnos brillantes: no basta con exponer contenidos, hay que despertar preguntas. Por eso los consejos casi nunca funcionan: porque no activan al sujeto, no lo obligan a intervenir, a construir, a interpretar, a crear. El deseo necesita un punto de enganche, un vacío que reclame ser trabajado.
Y es precisamente ahí, cuando nace el relato como sutura, donde nace también la violencia: en el momento en que el otro deja de ser un sujeto abierto y se convierte en una figura fijada, encerrada dentro de una interpretación. No porque interpretar sea malo, sino porque el sujeto interpreta para calmarse, interpreta para clausurar, interpreta para dejar de sentir la ausencia de sentido.
En esa búsqueda de sentido, el sujeto encierra las siluetas de los otros en prisiones del alma hechas de conceptos, arquetipos, prejuicios y juicios, y de esas jaulas nacen el resentimiento, la culpa o la idea de un propósito trascendental como salidas posibles.
El resentimiento: deseo convertido en contabilidad moral
El resentimiento no es simplemente rabia. Es una forma de organización del mundo. Cuando el sujeto no recibe reconocimiento, cuando el Otro no responde, aparece una herida que no tiene dónde inscribirse. El resentimiento es una respuesta que evita el vacío. Es una satisfacción sustitutiva: se sufre, pero al menos se sufre con explicación. Si el otro no me reconoce como individuo, el resentimiento funciona como un golpe de Estado íntimo: una rebelión contra el orden simbólico para restituir un poder perdido.
El resentido no desea, el resentido calcula: calcula quién le debe algo, quién lo ignoró, quién lo humilló, quién tiene la culpa de que la vida no sea como debería. El resentimiento transforma la incertidumbre en estructura, y la estructura en acusación. Sin embargo, conviene introducir un matiz: aunque el resentimiento esconde una patología del ser, a veces contiene una verdad que merece ser escuchada, la evidencia de una injusticia concreta, de una traición, de un daño verdadero.
El problema no es que el sujeto nombre el daño. El problema aparece cuando el daño se vuelve identidad y el juicio se vuelve hogar. Hay una diferencia entre acusar para hacer justicia y acusar para existir. Y es ahí donde el resentimiento se vuelve destino.
Pero el resentimiento no solo acusa. También rellena. Le da peso a una silueta interna que se estaba vaciando. Convierte al sujeto en alguien definido, aunque sea definido por la herida. Es preferible ser víctima que ser indeterminado. Es preferible ser alguien injustamente tratado que ser nadie.
La culpa: el precio que pagamos por un mundo con sentido
En Culpable, no culpable y la tercera vía, la culpa aparece como algo más profundo que un sentimiento moral. La culpa es un mecanismo ontológico: una manera desesperada de reconstruir un orden cuando el orden se ha derrumbado. Es el precio que pagamos por vivir en un universo inteligible.
Porque si soy culpable, entonces existe una ley.
Si existe una ley, entonces existe un juez.
Si existe un juez, entonces el universo no es absurdo.
Y si el universo no es absurdo, entonces el sufrimiento no es gratuito.
La culpa convierte el caos en sistema. Y por eso tranquiliza incluso cuando destruye. Es una satisfacción sustitutiva perfecta: duele, pero al menos explica.
El propósito trascendental: el sentido como tecnología de supervivencia
No solo la culpa o el resentimiento fabrica sentido. También lo hace el propósito trascendental. La mente no se limita a acusarse o a acusar a otro: también inventa misión, destino, aprendizaje, redención, martirio por un Otro. El sujeto puede soportar el dolor no solo cuando lo justifica con culpa, sino cuando lo recubre con una utilidad. A veces no es la culpa lo que salva al sujeto del colapso, sino la idea de que el sufrimiento sirve para algo.
En ambos casos, el mecanismo es el mismo: transformar lo intolerable en estructura simbólica, rellenar la silueta para no caer en el vacío.
Este mecanismo se ve con claridad en la figura de Jesús en la cruz. El sufrimiento absoluto es casi imposible de sostener sin una narrativa que lo contenga. O se asume culpabilidad y el dolor queda justificado, o se culpa a alguien por el dolor propio y el hecho se vuelve una injusticia que clama venganza. Pero existe otra posibilidad, quizá la más eficaz de todas: darle propósito al dolor, convertirlo en misión, en destino, en sacrificio necesario.
Culpa propia, culpa ajena o propósito trascendental: todo opera como una misma tecnología. El sentido.
Si el dolor tiene propósito, el sujeto resiste. Si no lo tiene, el sujeto se desintegra. Desde fuera, esa fe puede parecer delirio, incluso una forma de psicosis: un relato impuesto a lo intolerable. Pero esa acusación es superficial, porque la humanidad entera funciona así.
En el texto anterior se insinuaba una tercera vía, la cual se condensa en: no dejar de interpretar, sino no convertir la interpretación en sentencia, la posibilidad de separarse del relato, de suspender el impulso de convertir la herida en explicación. Lo que este texto intenta mostrar es que esa tercera vía no es una negación del sentido, sino una disciplina. No se trata de vivir sin interpretaciones, sino de recordar que toda interpretación es construcción, no esencia. El desafío no es encontrar el sentido correcto, sino sobrevivir al instante en que el sentido se ausenta sin convertirlo en veredicto.
Y quizá por eso la cruz, vista desde un punto de vista psicológico y no devocional, es más importante que la resurrección para entender al ser humano. La resurrección, si llega, no borra el grito. No lo corrige. Solo lo atraviesa. Pero el instante decisivo sigue siendo ese: cuando se sufre sin límite visible, cuando se suplica auxilio y no hay respuesta, cuando se pide reconocimiento y solo se recibe silencio.
Suspender el sentido, lo que llamé la tercera vía, no significa eliminar el deseo, pues es imposible, pero tampoco significa abolir el prejuicio, tejido en nuestra arquitectura más primaria. Juzgar, interpretar y decidir son inevitables. Incluso amar implica elegir una lectura del otro, una apuesta, una clausura parcial. El problema no es cerrar significados. El problema es cerrar y luego creer que ese cierre es la verdad definitiva, convertir el pasado en prueba irrefutable del futuro.
Vivir en sociedad exige interpretar. Vivir con otros exige también la capacidad de volver al blanco: dejar que el otro se mueva, escuchar antes de fijar, permitir que lo dicho hoy no se convierta en esencia mañana. Ese vaivén no elimina la incertidumbre, pero impide que la certeza se vuelva arma.
Nadie puede sostener la ausencia de significados todo el tiempo. La vida requiere cierres. La mente necesita descanso. Pero la ética no consiste en vivir sin clausura, sino en recordar que la clausura es un refugio momentáneo, no una verdad absoluta.
Por eso la invitación no es a abandonar las categorías, sino a sostenerlas con ligereza: recordar que son siluetas, no cuerpos; abrir la interpretación y abrazar la duda. Contornos, no seres. El deseo no se apaga cuando falta explicación. El deseo se apaga cuando la explicación es total, porque el deseo vive de lo incompleto.
El problema no es la silueta: es creer que la silueta es el hombre
Y aquí está el punto más incómodo: no solo el Otro es silueta. También lo soy yo. También el “yo” es un contorno rellenado con historias, roles, heridas, expectativas, lenguaje heredado. El sujeto no habla con palabras propias, sino con la gramática del Otro. No existe fuera de esa red.
Y sin embargo, algo en el sujeto sabe que todo esto es montaje.
No lo sabe como conocimiento, lo sabe como incomodidad.
Como falta. Como un resto que no encaja.
Pero reconocer esto no conduce al cinismo. Conduce a una forma rara de libertad: la libertad de recordar que aquello que creemos ser no es esencia, sino montaje. Que aquello que creemos ver en el otro no es verdad, sino relleno. Y que gran parte de la violencia humana no nace de la maldad, sino de la urgencia por fijar un sentido.
El resentimiento, la culpa y el propósito trascendental son modos distintos de hacer lo mismo: rellenar una silueta para no caer en la angustia de lo incompleto. Convertir el vacío en estructura. Convertir la incertidumbre en veredicto. Convertir al otro en un muñeco.
La tercera vía no consiste en dejar de interpretar, porque eso sería imposible. Consiste en recordar que toda interpretación es provisional. En retrasar el juicio. En permitir que el otro no encaje del todo. En soportar por unos segundos más la incomodidad de no saber.
Y hay una dificultad adicional: no solo etiquetamos. También somos etiquetados. El mundo nos fija, nos clasifica, nos reduce. No existe una libertad total frente a esa maquinaria, porque el sujeto no existe fuera del lenguaje. Pero existe una libertad mínima, la única que importa: no confundirse con la etiqueta. No permitir que el relleno impuesto por el Otro se vuelva destino.
Quizá ahí comienza algo parecido al amor. No cuando entendemos al otro, sino cuando dejamos de exigir que el otro sea entendible. Cuando dejamos de usar la certeza como arma. Cuando aceptamos que el ser humano no es un contenido, sino una silueta que siempre excede lo que podemos decir de ella.
Como uno mismo.
Si te pareció interesante este post, dale like.
Comments
Post a Comment