Cuando ni el elogio ni el insulto te afecten.

- Cábala y Lacan -

Hay algo que parece susurrarse en la Cábala: la Corona está vacía.

En la parte más alta del Árbol de la Vida, esa estructura con la que la Cábala medieval comenzó a pensar la manifestación de lo divino, el movimiento de la luz, la dinámica del alma y el camino de regreso hacia la fuente, está Kéter, la Corona. El nombre contiene ya un misterio: una corona parece anunciar a un rey, pero el rey no aparece en ningún lugar del Árbol. Aquella posición superior podría haberse llamado Rey, Señor o Dios. Los cabalistas eligieron, en cambio, Corona, algo que señala una soberanía sin mostrar a quien la posee, suspendida sobre el resto de una estructura hecha de atributos.

Y al intentar comprender aquellas hojas cristalinas ocurre algo extraño: cuanto más se asciende hacia aquello que la tradición sitúa más allá de toda forma, menos puede decirse con seguridad que haya alguien allí. Si ascendemos desde abajo, los nombres de las demás hojas de ese árbol son igualmente abstractos:

Reino Fundamento Esplendor Victoria Belleza Fuerza
Bondad Entendimiento Sabiduría
Corona

Todos atributos de un Rey, pero el Rey mismo sigue ausente.

Los cabalistas, percatándose de esa ausencia, situaron más allá de Kéter el Ein Sof, literalmente el “sin fin”: no al Rey, sino aquello que ninguna corona, ningún atributo y ningún nombre consigue contener. Ese Dios que el Árbol nunca llega a mostrarnos no tiene borde, rostro, imagen ni forma suficiente para ser pensado. Incluso llamarlo nada sería demasiado, porque la nada sigue siendo algo que podemos convertir en concepto. Los cabalistas eligieron, en cambio, una expresión que se resiste a delimitar aquello que nombra: no dice qué es, sino que niega que podamos encontrarle un término. Como si un gran misterio apareciera precisamente allí donde el lenguaje comienza a fallar.

La arquitectura mística parece encontrarse, siglos después, con una de las propuestas más radicales del psicoanálisis: vivimos inevitablemente en el campo del Otro, entre sus palabras, sus leyes, sus deseos y sus demandas, pero ese Otro no posee el conocimiento definitivo que le atribuimos. Para Lacan, no existe en algún lugar secreto una instancia que posea la respuesta absoluta acerca de quiénes somos, qué debemos desear, qué está realmente bien o mal, o cuál es el sentido último de nuestra existencia. Tampoco existe un Otro detrás del Otro capaz de tener la última palabra.

La Cábala y Lacan, partiendo de mundos completamente distintos, parecen encontrarse entonces en una misma imagen:

El trono está vacío y la sala está llena de voces que reclaman la Corona, pero ninguna posee la última palabra. Después de cada certeza, siempre aparece otra voz.

Nuestra fantasía sienta un rey imaginario en el trono vacío. Una y otra vez colocamos allí a alguien, hasta descubrir que también es imperfecto, y entonces buscamos otro: el padre, el amante, el maestro, el sacerdote, el analista, el jefe, la idea de Dios, una religión, incluso el propio yo. Así aliviamos el peso de decidir, entregando a alguien más la autoridad de decir qué es la realidad, qué debemos hacer y qué lugar ocupamos en ella.

Atravesar la fantasía, en términos lacanianos, implica encontrarse con algo muy incómodo: el saber que atribuíamos al Otro no está allí. El Otro sigue existiendo en el lenguaje, en la ley, en la Biblia, en el deseo y en las demandas que nos atraviesan, pero deja de ser aquel al que suponíamos una respuesta definitiva. Sus palabras pueden orientarnos, interrogarnos o transformarnos, pero ninguna consigue cerrar para siempre la pregunta por quiénes somos o qué debemos hacer. Y si existe un Dios, se escapa a toda palabra e imagen con la que intentemos definirlo.

Quizá sea esa la razón por la cual los cabalistas terminaron susurrando, entre garabatos, letras, diagramas, permutaciones y discusiones interminables, algo mucho más inquietante: la verdad definitiva no está en manos de nadie.

Pero todo esto podría quedarse en una hermosa especulación. ¿Cómo saber, en la vida cotidiana, si todavía seguimos sentando a alguien en la Corona? ¿Cómo saber cuánto poder conserva el Otro sobre nosotros?

Hace tiempo escuché una frase que no he logrado olvidar. Ahora empiezo a entender por qué:

Cuando ni el elogio ni el insulto te afecten.

No parece pertenecer a una sola tradición, sino ser una condensación de una enseñanza que reaparece con sorprendente insistencia.

Dhammapada

Lo formula mediante la imagen de una roca que no se mueve con el viento: el sabio no se mueve ante el elogio ni ante la censura.

Bhagavad Gita

Describe de manera semejante a quien considera iguales la alabanza y el reproche.

Epicteto

Desde un mundo completamente distinto, llega a decir que quien progresa filosóficamente, si es elogiado, se ríe para sí, y si es censurado, no corre a defenderse.

Cábala

Plantea prácticamente la misma prueba bajo el nombre de hishtavut, una forma de serenidad interior ante el elogio y el desprecio.

En un relato conservado por la tradición cabalística se cuenta que un maestro pregunta a un estudiante si quien lo honra y quien lo insulta son iguales ante sus ojos. Cuando este responde que el elogio todavía le produce placer y el insulto dolor, el maestro concluye que aún no está preparado para la elevación espiritual.

El sabio no es una piedra. Puede dolerle el insulto y alegrarle el elogio. Lo que cambia es que ninguno consigue llevárselo consigo.

La cuestión no es volverse inmune, sino distinguir entre dos cosas muy distintas:

ser afectado y ser definido.

Podemos perder el centro por un instante. Lo importante es poder encontrarlo de nuevo.

No somos aquello que recibimos, pero tampoco permanecemos intactos después de recibirlo. Cada experiencia, cada palabra, cada juicio atraviesa nuestro cristal; algo queda y algo vuelve al mundo reflejado o refractado. Pero queda todavía una pregunta: ¿quién decide finalmente lo que ese cristal es?

El elogio y la crítica ofrecen dos respuestas fáciles. El elogio puede decirme quién quisiera creer que soy. La crítica puede amenazar con decirme quién temo ser. La hishtavut abre otra posibilidad: escuchar a ambos sin entregarles la Corona.

Y eso vale también para el juicio que produzco sobre mí mismo. No basta con expulsar al padre, al amante, al maestro, a la esposa o a la idea de Dios de la Corona para sentarme yo en ella. Mi propia interpretación de quién soy tampoco puede reclamar la última palabra. El cristal no puede contemplar una de sus refracciones y declarar que finalmente ha descubierto su forma definitiva.

Cada luz que nos atraviesa revela algo más de cómo estamos hechos. Conocernos no es descubrir una forma definitiva, sino aprender continuamente cómo recibimos, refractamos y devolvemos aquello que nos llega.

La prueba, entonces, no está en permanecer imperturbables, sino en aprender a responder. La serenidad no nos dice qué hacer. Solo crea el espacio desde el cual podemos decidirlo. A veces la sabiduría será reconocer que nos equivocamos y pedir disculpas. Otras, reparar el daño, cambiar de rumbo o aceptar una crítica verdadera. También puede consistir en no defender una imagen, no perseguir el elogio o no intentar conservar el reconocimiento de alguien. Y habrá ocasiones en que, después de escuchar y mirar con cuidado, la respuesta más sabia sea no hacer nada.

Allí, el vacío de la Corona adquiere una consecuencia concreta. No se trata de pensar que nadie puede juzgarme, sino de dejar de organizar cada movimiento alrededor de un tribunal imaginario. 

Meister Eckhart llevó esta renuncia todavía más lejos. En uno de sus sermones llega a formular una petición desconcertante: “Ich bitte Gott, dass er mich Gottes ledig mache”“Le pido a Dios que me libre de Dios.” No pide ser liberado de lo sagrado, sino del Dios que podemos convertir en imagen, concepto, autoridad o respuesta definitiva. Si aquello que llamamos Dios excede realmente nuestras palabras, entonces incluso nuestra idea de Dios puede terminar sentándose en la Corona. Quizá acercarse a lo divino exija también dejar vacío ese lugar.

Incluso entonces permanece una última trampa. Podría pensar que ya entendí, que finalmente no necesito reconocimiento, que he alcanzado la serenidad. Podría convertir la propia hishtavut en una nueva identidad y comenzar a admirarme por haber dejado de necesitar la admiración.

Entonces alguien se ha sentado otra vez en la Corona.

Yo mismo.

Por eso la Corona vacía no es una conquista ni un estado al que se llega. Es un lugar que debe permanecer disponible, una vacante que hay que volver a abrir cada vez que alguien intenta ocuparla.

Quizá la sabiduría consista precisamente en eso: aprender a vivir sin Rey, sin dejar de decidir.

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