Girar apenas el cristal.

Cábala  ·  Bittul  ·  Luz

Girar apenas el cristal

❋❋❋

Sobre la luz que nos atraviesa, lo que queda en nosotros y la posibilidad de participar en su dirección.

En el camino espiritual suele pensarse que el objetivo es encontrar la luz. Pero en mi recorrido singular, entre un Lacan para quien Dios podía estar muerto y aun así seguir hablando desde el inconsciente y una Cábala donde lo divino parece atravesarlo todo, empiezo a sospechar que el problema nunca fue encontrar la luz.

La luz siempre está ahí.

El problema es darse cuenta.

Vivimos rodeados de cosas que apenas registramos. Personas, palabras, ideas, gestos y acontecimientos pasan frente a nosotros sin entrar realmente en nuestro mundo. Y de pronto algo sí entra. Algo brilla. Una persona entre miles. Una frase que no conseguimos olvidar. Una pérdida. Una humillación. Una pregunta que vuelve una y otra vez.

¿Por qué esto brilla para mí?

Cuando algo empieza a brillar, algo en nosotros se pone en movimiento. Reconocemos allí algo nuestro, algo que sentimos ausente. Y es precisamente esa ausencia la que pone en marcha el deseo: acercarnos, comprender, poseer, recuperar, ser reconocidos, saber más. A veces ese deseo se traduce como amor. A veces como curiosidad. A veces como miedo. A veces como una pregunta que no nos deja tranquilos.

Creemos que aquello que brilla nos completa. Pero el recorrido termina devolviéndonos a nosotros mismos. Ningún objeto satisface del todo, porque en aquello que buscamos hay siempre algo que excede al objeto mismo. El objeto cambia. La pregunta permanece: ¿qué de mí estoy buscando ahí?

Quizá porque nunca fue el objeto mismo lo que buscábamos. Buscábamos el brillo: la luz que, por un instante, lo atravesó y lo hizo resplandecer para nosotros. Ningún objeto puede retener ese brillo para siempre. La luz pasa, encuentra otra forma, aparece en otro lugar. Y esa luz que nos alcanza a través de las cosas es la luz de la que hablan los místicos.

A veces la luz llega clara, como salud, belleza, abundancia o conocimiento, y entonces parece fácil recibirla. Otras veces llega oscurecida, como una luz oscura tan intensa que enceguece, y toma la forma de una pérdida, una enfermedad, una contradicción fundamental, una humillación o un dolor capaz de partirnos en dos.

Si lo divino atraviesa todo, la oscuridad tampoco puede estar del todo fuera de la luz. La luz oscura sería entonces la luz en su forma más difícil de reconocer.

La cuestión no es entonces encontrar la luz. Es qué hacemos con ella cuando llega y nos quema la piel.

I  ·  Bittul

La Cábala tiene una palabra que me ayuda a pensar todo esto: bittul, ביטול. Suele traducirse como anulación. Aplicada al yo, siempre me resultó difícil. Anular el yo parecía significar desaparecer, volverse insignificante, renunciar a aquello que nos hace singulares.

Ahora empiezo a entenderlo de otra manera.

El yo ordinario tiende a apropiarse de todo: mi conocimiento, mi dolor, mi mérito, mi deseo, mi iluminación. Aquello que recibimos se vuelve rápidamente propiedad, y aquello que sentimos como propiedad termina con facilidad confundiéndose con lo que creemos ser.

Pero si la luz no empieza en mí, tampoco puedo proclamarme su fuente. La luz no es mía. La sabiduría no es mía. Incluso aquello que doy no nace enteramente de mí.

Pasa a través de mí.

En la tradición, bittul llega a significar la anulación del yo ante lo infinito: nada existe del todo separado del Ein Sof (el Sin Fin), ni siquiera yo. Pero esto se puede leer de otro modo. Bittul no significaría desaparecer, sino renunciar a una pretensión: creer que somos origen, propietarios y destino final de aquello que nos atraviesa.

No somos la luz. Somos uno de los lugares donde la luz toma forma.

La Cábala habla del ser humano como un recipiente capaz de recibir luz. Pero una imagen más cercana para mí es la del cristal. El cristal recibe la luz, deja pasar parte de ella y modifica su trayectoria. Así podemos pensar también la psique humana.

El cristal no produce la luz ni puede reclamarla como propia. Pero tampoco es pasivo. Nuestra historia, nuestra infancia, nuestros deseos, nuestras heridas y nuestra manera particular de mirar participan en lo que ocurre con aquello que recibimos.

La luz entra en un cristal.

Y algo ocurre.

II  ·  Lo que queda dentro

Todos lo hemos sentido alguna vez. Algo termina afuera y, sin embargo, continúa dentro: una conversación, una pérdida, una decisión, una palabra pronunciada hace años.

Volvemos sobre ello porque esperamos comprender algo más. A veces ocurre. Pero llega un momento en que dejamos de descubrir y empezamos simplemente a repetir.

No todo pensamiento transforma. Hay pensamientos que abren una posibilidad y otros que giran sobre sí mismos, manteniendo una experiencia circulando dentro de nosotros.

Una traición hace esperar otra traición. Un abandono vuelve sospechosa cualquier distancia. Una humillación puede hacer que encontremos desprecio incluso donde no lo hay.

Y el mundo no sabe nada de nuestra herida.

El mundo sigue llegando con personas, gestos y posibilidades nuevas, pero nosotros ya no somos el mismo cristal. Algo nos atravesó y dejó una marca.

Eso es inevitable. Algo de lo que recibimos queda en nosotros. Una pérdida deja memoria. Un amor deja una forma de mirar. Una humillación puede dejar vergüenza o rabia. Incluso el conocimiento cambia la estructura que lo recibe.

El problema no es que algo quede. El problema aparece cuando aquello que quedó empieza a ocuparlo todo y termina confundido con nuestra identidad.

Entonces ya no tenemos un dolor. Nos convertimos en el dolor.

Ahí el movimiento se detiene.

III  ·  Refractar la luz

Cuando la luz atraviesa un cristal, no le ocurre una sola cosa. Parte se refleja en la superficie y vuelve sin llegar a entrar. Parte es absorbida y su energía se transforma, por ejemplo en calor. Parte lo atraviesa y sale por el otro lado, refractada, con otro ángulo. La estructura del cristal participa en todo lo que le sucede a esa luz.

Con nosotros ocurre lo mismo.

Podemos reflejar lo que recibimos, devolverlo al mundo casi sin haberlo tocado. Nos humillan y humillamos. Nos abandonan y aprendemos a abandonar antes de que vuelvan a abandonarnos. Nos insultan e insultamos. La luz toca la superficie y rebota. Vuelve al mundo bajo la misma forma en que llegó, sin haber atravesado nada de nosotros.

Podemos absorberla. Y en parte es inevitable.  Cuando la luz es absorbida, deja de continuar como luz y su energía se transforma, por ejemplo en calor o en una reacción química. Algo semejante ocurre con nosotros. Una experiencia puede convertirse en tristeza, miedo, vergüenza, resentimiento, conocimiento o incluso orgullo. Lo recibido ya no sigue bajo la misma forma, pero continúa actuando en nosotros. El problema aparece cuando esa transformación queda encerrada en el yo y empieza a confundirse con lo que somos. Entonces aquello que recibimos deja de circular y termina alimentando siempre la misma estructura. Absorber es inevitable. Quedar atrapados en lo absorbido no lo es.

Podemos refractarla. Dejar que entre, que pase por nuestra historia, por nuestras heridas, por nuestros deseos, por aquello que sabemos y por aquello que todavía no comprendemos, y que salga después con otra dirección. La luz nos atraviesa, nosotros quedamos transformados y participamos en la trayectoria que tomará después.

La cuestión es qué hacemos después.

El movimiento espiritual aparece cuando logramos refractar la luz de manera que vuelva al mundo mejor de como llegó a nosotros.

Pero eso no ocurre necesariamente.

Una herida puede transformarse en compasión o en crueldad. Una humillación, en humildad o en deseo de humillar. El conocimiento puede abrir una puerta o cerrarse en dogma.

Que algo se transforme no significa que se transforme para mejor.

Por eso hacer algo con lo que recibimos no consiste simplemente en cambiarlo. Consiste en participar de su dirección.

Una pérdida puede convertirse en música. Una herida, en un límite que antes no sabíamos poner. Algo que casi nos destruyó puede terminar, años después, convertido en la capacidad de reconocer el dolor de otro.

Entonces aquello que nos ocurrió empieza a dejar de ser solamente nuestro.

Recibimos.  Somos afectados.  Transformamos.  Devolvemos.

Y la luz sigue.

IV  ·  La luz OSCURA

Todo esto parece relativamente sencillo cuando lo que recibimos es amor, belleza, conocimiento o reconocimiento.

La dificultad aparece cuando lo que llega duele.

Una pérdida puede revelar una dependencia que no conocíamos. Una humillación puede mostrar cuánto necesitábamos la mirada de otro. Una enfermedad puede poner frente a nosotros el deseo de vivir. Una separación puede mostrar una forma de amor que sólo conseguimos reconocer cuando aquello que amábamos ya no está.

El dolor no sólo duele, también revela.

Y a veces revela de una manera que ninguna luz amable habría conseguido.

Los cabalistas hablan de descensos que sirven al ascenso. Cada vez entiendo mejor por qué. Hay posiciones desde las cuales quizá nunca nos habríamos movido si algo no las hubiera roto.

La luz oscura puede hacer precisamente eso. Golpea, desordena, rompe una imagen de nosotros mismos y vuelve imposible continuar como antes.

Lo sé porque algo de esa luz oscura me tocó alguna vez, como a todos. Me partió el alma. Y después comenzó la reconstrucción.

No comprendí enseguida para qué había ocurrido. Tampoco necesito fingir que el dolor dejó de doler. Pero sí puedo reconocer que algo que yo habría querido evitar terminó obligándome a mirar lugares que antes no miraba, a hacer preguntas que antes no tenía y a reconstruir una relación distinta conmigo mismo, con los otros y con aquello que llamo el Infinito.

Los lacanianos dicen frente a aquello que nos ocurre que “hay que hacer algo con eso”.

Cada vez entiendo mejor la frase.

Algo llegó. Algo me atravesó. Algo quedó en mí. Pero el recorrido de la luz no tiene por qué terminar en mí.

V  ·  Girar apenas el cristal

La vida llega con sus luces de colores y nosotros hacemos con ellas lo que podemos. No elegimos todo lo que va a tocarnos. Tampoco elegimos de inmediato lo que queda en nosotros. Pero podemos llegar a reconocer cómo responde nuestro cristal y así aprender a no detener la luz que nos atraviesa.

Hay ocasiones en que reaccionamos antes de haber visto siquiera qué está pasando. Algo toca una vieja herida y el resto ocurre casi solo. Interpretamos, respondemos, nos defendemos, repetimos.

Después llamamos a todo eso realidad.

Por eso detenerse puede ser uno de los actos más importantes. No detener la luz, sino interrumpir por un instante nuestra respuesta habitual y mirar qué está ocurriendo antes de devolver al mundo exactamente aquello que recibimos.

El pensamiento sirve mientras abra una posibilidad que antes no estaba. Cuando vuelve una y otra vez sobre la misma pregunta, deja de producir algo nuevo y se convierte en circuito cerrado.

A veces basta con reconocer el punto donde solemos cerrarnos y girar el cristal unos pocos grados. No para escapar de lo ocurrido, no para fingir que no dolió, no para volver a ser quienes éramos antes. Sólo lo suficiente para que la luz no vuelva al mundo exactamente por el mismo camino por el que llegó.

Porque aquello que realmente nos atraviesa deja marcas. Girar el cristal no significa borrarlas, sino aprender a orientarnos con ellas.

Recibir sin poseer. Dejarse afectar sin convertir cada experiencia en identidad. Transformar sin proclamarse origen. Dar sin creer que aquello que damos nació entero de nosotros.

Quizá bittul sea precisamente eso. No desaparecer. No convertirse en una superficie por la que nada deja huella. Sino dejar de creer que todo aquello que nos atraviesa debe terminar en nosotros.

❋❋❋

Yo no soy la luz.

Soy el lugar donde puede entrar, dejar una marca, cambiar de dirección y seguir.

Este ensayo continúa una serie sobre la luz, el deseo y la Cábala. Sobre el descenso de la luz y su retorno como sentido, La luz que revela el Árbol. Sobre por qué el mal es luz atrapada, y no su ausencia, La lámpara del mal.

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