La locura de los amantes. La ilusión de estar completo.
- Cábala -
La locura de los amantes
La ilusión de estar completo
אִם אֵין אֲנִי לִי, מִי לִי? וּכְשֶׁאֲנִי לְעַצְמִי, מָה אֲנִי?
«Si yo no soy para mí, ¿quién será para mí? Y si solo soy para mí, ¿qué soy?»
El ensayo anterior giraba alrededor de una frase que parecía sencilla: «amarás a tu prójimo como a ti mismo». Descubrimos que la dificultad no estaba tanto en el prójimo como en ese «ti mismo» que damos por conocido. Y descubrimos que entre nosotros y quien nos hirió suele quedar una deuda. Esperamos que se pague en orden: una disculpa, una reparación, un reconocimiento. Cuando eso no llega, perdonar es la única salida del rencor que vuelve una y otra vez: dejar de cobrar, en un solo movimiento, regalándole al otro lo que nos quitó.
Pero hay otra deuda, y quizá sea la más difícil.
La deuda que uno tiene consigo mismo.
Y debajo de ella, algo que no es una deuda, sino una petición.
✦Debí
Todos conocemos esa voz. Aparece en la noche, en la ducha, en el camino al trabajo:
Debí haberlo visto. Debí decirlo. Debí irme antes. Debí quedarme.
El verbo deber nombra a la vez una obligación y una deuda. Otras lenguas lo dicen todavía más claro: en alemán, Schuld es culpa y es deuda; en arameo, ḥôbâ es deuda y es pecado, y por eso el Padrenuestro de Mateo pide «perdónanos nuestras deudas» donde el de Lucas dice «nuestros pecados». La culpa se vive como una deuda que exige ser saldada.
«Debí» habla de algo que ya ocurrió como si todavía se pudiera pagar. Y supone algo extraño: un yo que, en aquel momento, ya sabía lo que solo sé ahora.
Ese yo nunca existió.
El que fui no sabía lo que sé. Decidió con lo que tenía: sus miedos, su deseo, su ventana del tamaño de una uña. Y lo juzgo desde aquí, con la claridad de la mirada retrospectiva.
Pero el «debí» casi nunca termina donde parece. Debí ser más fuerte, más atento, más valiente. ¿Para qué? Para que me quisieran. Para que me eligieran. Para que no se fueran. Suena a reproche, pero debajo hay una petición. Y hace algo todavía más peligroso: me pone en el centro. Bajo presión, cuando hay que decidir, responder o cumplir, cada tarea deja de ser una tarea y se vuelve un veredicto sobre mí. Y el centro pesa: cuanto más estrés, más me coloco en el centro; cuanto más en el centro, más estrés.
✦Lo que realmente pide el sujeto
Lacan lo dijo con precisión: toda demanda, pida lo que pida, es además demanda de amor. Se pide algo concreto, pero se espera otra cosa: la señal de que se existe para el Otro (con mayúscula: no una persona, sino el lugar desde donde se nos reconoce). Que desde algún lugar se diga «eres esto, y está bien». Por eso el reconocimiento no basta. Alguien valora el trabajo, un amigo agradece, y algo sigue faltando. Lo que se pide es lo que sobra cuando ya dieron lo que se pedía.
Esa petición nace de algo que no se cierra. Lacan lo llamó la «falta en el ser»: nunca coincidimos del todo con lo que decimos ser. No es un error que corregir; es lo que nos hace preguntar, desear, amar. En castellano, falta nombra a la vez la carencia y la transgresión. La lengua ya sabía que confundimos una con otra.
Ahí está la trampa. Saber que lo que pido nadie puede dármelo es insoportable. Pensar «yo fallé» es más llevadero, porque conserva la esperanza: si fue mi error, había arreglo; algún día me lo darán, algún día seré otra vez alguien para esos ojos que se cerraron.
La culpa convierte en deuda lo que era imposible.
✦La luz atrapada
Me sirve una imagen que me acompaña desde hace tiempo. Soy un cristal por el que pasa la luz del mundo. Yo no soy la luz. La recibo, la desvío según mi forma y la dejo salir. Cada vez que pasa, algo cambia en mí, apenas.
Pero sobre el cristal cae también otra luz. Viene rebotada, como en un espejo, desde la mirada de otros: lo que se esperaba de mí, lo que «debía» ser. Esa imagen la tomo por mía, y desde adentro empieza a medir. Llega una situación, la memoria dice qué debería salir, y sale otra cosa. No coinciden, y concluyo: debo estar mal.
Pero nunca podían coincidir. Lo esperado se calculó para un cristal sin forma, sin miedos ni historia: el mismo yo que nunca existió. Lo que sale de mí sale desviado porque el cristal tiene una forma, una densidad, una historia. Ningún cristal refracta exactamente igual que otro. Esa desviación no es un error. Es mi firma. La culpa lee como error lo que es forma propia.
La mente, cuando funciona, corrige su expectativa ante lo que no esperaba: aprende. La culpa hace lo contrario. Deja intacta la imagen y condena lo que salió.
Casi siempre empieza afuera. Un correo, una mirada, un silencio. La luz entra y, en lugar de atravesar, empieza a rebotar adentro, cada vez más rápido. Así funciona la fibra óptica: cuando la luz alcanza la superficie interior con un ángulo que impide su salida, queda atrapada en una sucesión de reflejos internos. Rebota una y otra vez. Así funciona también el «debí» que da vueltas en la noche.
¿Qué falla ahí? No es la luz: entra como entra. Tampoco es que el cristal se rompa. Es el ángulo. El cristal está inclinado hacia la imagen, hacia la mirada que lo mide, y desde esa inclinación ninguna salida le sirve.
Bajo estrés, el cristal se agita. Gira buscando la salida, pero gira sobre sí mismo, y cada vuelta lo deja otra vez mirando hacia sí. Todo lo que entra parece hablar de mí, y cuanto más habla de mí, menos encuentra la salida. Visto desde afuera, un cristal que retiene la luz parece oscuro; por dentro está saturado. Es la luz negra de la culpa: no ilumina nada, solo gira.
¿Por qué no la deja salir? Por miedo, sí. Pero también por otra cosa: mientras la luz gira adentro, el cristal es el centro de todo.
Retener la luz es una manera de seguir siendo el centro.
Frente a ese centro hay tres lugares posibles. Los dos primeros se quedan en él.
✦El acusado
Toda deuda necesita un acreedor. Freud le dio nombre: el superyó. Y observó algo desconcertante: la conciencia moral se vuelve más severa cuanto más renunciamos. La fuerza de lo que no nos permitimos no desaparece; el superyó la recoge y la vuelve contra nosotros. Cada pago le da al cobrador más fuerza para volver a cobrar. Ante él, desear ya es deber. Por eso quien más se esfuerza por ser bueno es quien más se acusa.
Ese cobrador casi siempre tiene rostro: aquel cuyo amor perdimos, cuyo silencio nos dolió. En la melancolía, decía Freud, los reproches que alguien se dirige son muchas veces reproches contra alguien amado, vueltos contra el propio yo: «la sombra del objeto cayó sobre el yo». Ronald Fairbairn vio por qué: el niño al que un padre le falla prefiere creer que la culpa es suya. Así el padre sigue siendo bueno y el mundo conserva su orden. Es como si el niño se dijera, con palabras de Fairbairn: «Mejor ser un pecador en un mundo gobernado por Dios que un santo en un mundo gobernado por el diablo». Hay una fidelidad secreta en la culpa.
Pero la culpa me da algo más: un lugar. Cuando soy culpable, el mundo entero apunta hacia mí. Soy aquel de quien se habla, aquel que debe. Por fin existo. Por eso hay un goce en la culpa, disfrazado de dolor. Freud encontró en la clínica a quien necesita el castigo más que el perdón, e incluso a quien comete un delito para darle un motivo a una culpa que ya tenía.
Y el otro, quizá, ni siquiera me acusa. Quizá ya siguió con su vida. Soy yo quien se pone detrás de su mirada, quien sostiene el tribunal, escribe la sentencia y la firma. Lacan llamó fantasma a esa escena que uno monta para saber qué lugar ocupa ante el Otro.
Si lo que pido es ser alguien para el Otro, la culpa me ofrece una versión barata: ser alguien ante su tribunal.
✦El ídolo
El segundo lugar parece una salida: perdonarse. «Perdónate», repiten los libros de autoayuda. Pero cuando Jesús perdonó a un paralítico, los escribas se preguntaron escandalizados: «¿Quién puede perdonar pecados sino solo Dios?» (Marcos 2:7). Su pregunta era teológica; aquí ilumina otra cosa. Quien dice «me perdono» se pone en el lugar desde donde se perdona. El tribunal sigue en pie; solo cambió el veredicto. El yo que se condenaba ahora se absuelve, y en los dos casos es él quien juzga.
La Biblia tiene una ley para esto, aunque se escribió con otro propósito: «No te harás imagen» (Éxodo 20:4). La palabra hebrea es pésel, de una raíz que significa tallar: la imagen esculpida, fija. Lo vivo cambia, y el error es tallar la imagen en piedra y después arrodillarse ante ella. El acusado se arrodilla ante su imagen ideal, o ante su reverso, «no soy digno de amor», que también está tallado. El que se absuelve se arrodilla ante otra: la de sí mismo como juez clemente. Es la idolatría del yo: el yo en el lugar de Dios.
¿Por qué no funciona? Lacan distinguía entre el otro, el semejante, y el Otro con mayúscula: el lugar desde donde se habla y se juzga. Una persona puede ocupar ese lugar un tiempo, pero no es ese lugar. Y añadió: no hay Otro del Otro. Detrás del lugar desde donde nos juzgan no hay nadie que garantice el veredicto. Quien lo ocupa también está marcado por su falta.
Nadie tiene la última palabra sobre lo que soy. Ni el otro, ni yo.
Por eso lo que pido no puede llegar, y por eso tampoco puedo dármelo yo. Los actos se pueden juzgar: hice daño o no lo hice. Lo que no se puede juzgar es el ser entero, ni para condenarlo ni para absolverlo.
✦Fuera del centro
La Cábala de Isaac Luria imaginó el comienzo del universo como una retirada. Antes de la creación, lo infinito (el Ein Sof, o «sin fin», como los cabalistas llaman a Dios más allá de todo nombre) lo ocupaba todo. Para que pudiera existir algo distinto de él, se contrajo y dejó un espacio vacío. Luria llamó a esa contracción tzimtzum. Si hasta lo infinito tuvo que salir del centro para que hubiera un mundo, el yo no tiene por qué quedarse en él.
En otro ensayo hablé del bitul, la anulación del yo en la tradición mística. El cristal no produce la luz ni puede reclamarla como suya, pero tampoco es nada: tiene estructura, marcas, ángulos. Salir del centro es girar apenas el cristal. No cambia la luz ni se rompe el cristal; cambia hacia dónde mira. Y la luz que daba vueltas encuentra por dónde salir.
Pero el bitul no es una idea para después. Decirse al final del día «eso no me define» llega tarde: para entonces la luz ya dio mil vueltas. El bitul se practica en el momento en que la luz entra. Hay un verso del Salmo 16 que la tradición convirtió en práctica diaria: «Pongo al Señor delante de mí siempre». Hay quien lo cuelga frente a sí, para tenerlo a la vista. Leído desde aquí, es una práctica concreta: poner delante algo que no soy yo. El centro queda fuera.
¿Cómo se ve en un día cualquiera? Llega un correo urgente, un plazo, una reunión difícil. La pregunta del centro es: ¿qué van a pensar de mí? La pregunta de quien se pone al lado es: ¿qué necesita esto? La primera hace girar el cristal sobre sí mismo; la segunda lo orienta hacia la tarea. No es indiferencia. Se trabaja igual, a veces mejor, porque la fuerza que se gastaba en defender la imagen queda libre para el trabajo.
Un sabio del Talmud lo dijo en la Ética de los Padres (2:16): «No te corresponde terminar la obra, pero tampoco eres libre de desistir de ella». La primera mitad saca al yo del centro: la obra no es mía, y el resultado no depende solo de mí. La segunda impide confundir eso con desentenderse. Y en hebreo hay un detalle: «desistir» es libatel (לִבָּטֵל), de la misma raíz que bitul (בִּטּוּל). Leída desde aquí, la frase traza un límite: el bitul anula el yo, no la tarea. Me retiro del centro, no del trabajo.
¿Y yo? ¿Tampoco soy dueño de mí?
Quizá no. La culpa trata la propia vida como una propiedad mal administrada. Pero la vida, los talentos, los errores pasan a través de uno. El «debí» necesita a un dueño que falló; si nadie es dueño absoluto de lo que es, tampoco puede exigirse haber controlado todo lo que fue. Uno responde por sus actos, pero no por la falta que lo constituye.
Pero cuidado: el bitul no es desprecio. «No soy nada», dicho con desprecio, mantiene al juez intacto; solo que ahora condena en voz baja. El cristal no dice «no valgo». Dice «no soy la luz». Uno es humillación. El otro es libertad.
Salir del centro no borra el pasado. Una antigua enseñanza dice que el retorno (teshuvá), cuando se hace por amor, convierte las faltas en méritos. No las borra, porque incluye reparar lo reparable. Pero el retorno no es volver atrás: es volverse hacia la luz, girar apenas el cristal. Entonces el pasado cambia de lugar: no se paga, se relee. El «debí» lee el pasado para acusar; el retorno, para incorporarlo. La tradición mística lo lleva más lejos: ninguna caída es definitiva, y todo descenso es para un ascenso. El que fui habrá sido el que me trajo hasta aquí. Cada desvío y cada caída (y lo dice quien las ha tenido todas) se volvieron necesarios al releerlos. «¿Piedras en el camino? Las guardo todas; un día construiré un castillo», escribió el brasileño Nemo Nox. Y si quito una sola, el castillo se cae. ¿Y por qué no aprendí antes? Esa pregunta es el último «debí»: supone, una y otra vez, un yo que ya sabía. Aprendí cuando fui capaz de entender. Las marcas del cristal no se borran; se vuelven forma.
✦Amarse
Lacan dijo que amar es dar lo que no se tiene. El perdón lo muestra de manera casi literal: quien perdona da lo que ya no tiene, porque se lo quitaron. Pero también cuando no hay nada que perdonar, amar es eso. No damos lo que poseemos: damos nuestra falta. Mostramos dónde somos vulnerables, con la esperanza de que el otro no nos hiera ahí.
Y ahí está la paradoja: volvemos a pedir lo imposible. Lo que el otro puede darme, incluso cuando me ama de verdad, es también su falta, no su plenitud. Yo pedía plenitud; el otro me da su falta. Dos locos amantes sentados a la luz de la luna, prometiéndose el todo.
Frente al otro, la falta sale de mí como un don: tiene destinatario. Frente a mí mismo, no hay a quién entregarla: se queda. Lo que puede cambiar es lo que hago con ella. Si amar al otro es dar lo que no se tiene, esperando en secreto que el otro me complete, amarse a uno mismo es dejar de exigirse lo que no se tiene. Y dejar de esperar estar completo.
Por eso perdonarse no es absolverse. El ídolo se sienta en el lugar del juez y dicta otra sentencia. El que sale del centro se levanta y deja ese lugar vacío. Cuando el lugar queda vacío, la falta deja de ser un expediente y vuelve a ser lo que siempre fue: aquello que nos hace desear.
Kepler descubrió que los planetas no giran en círculos, sino en elipses. Una elipse tiene dos focos: el Sol ocupa uno; el otro está vacío. Y la forma de la órbita se define por los dos. Quizá una vida fuera del centro se parezca a eso: gira alrededor de algo que la ilumina y de un punto vacío que nadie ocupa. Ese vacío no es un defecto de la órbita. Es la mitad de su forma.
Dejar de pedir no es dejar de desear. Busco, amo, elijo, me equivoco, reparo lo que se puede reparar. Lo que cae es la petición de garantía. Y lo que pedía, ser parte de algo más grande que yo, no llega como un regalo que alguien me entrega. Pero pasa. El cristal no es dueño de la luz; sin embargo, mientras la deja pasar, no está separado de ella.
La brecha no se cierra.
Pero deja de acusar.
✦ ✦ ✦
Perdonar al otro es dejar de tenerlo como deudor. Perdonarme a mí mismo no es sentarme en el lugar del juez para absolverme, sino dejar ese lugar vacío. Entonces el otro deja de cumplir un papel en mi fantasma y vuelve a ser lo que siempre fue: alguien que no termino de conocer. Igual que yo.
Hillel lo dijo en dos preguntas. «Si yo no soy para mí, ¿quién será para mí?»: nadie puede responder por mis actos en mi lugar. «Y si solo soy para mí, ¿qué soy?»: no soy el centro ni el dueño de lo que me atraviesa. No hace falta borrar el yo para dejar de adorarlo. Basta con sacarlo del centro.
Lo que pedía nunca fue una necesidad. Era una demanda de amor, y toda demanda de amor pide lo mismo: que el Otro me complete. Eso es lo que nadie puede dar, porque nadie lo tiene. Por eso puedo decirlo sin negar la falta:
No necesito lo que nadie puede dar.
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